De Noelia en particular y asesinato en general

Hubo un tiempo, hace no mucho —aunque lo parezca—, en que se hablaba de vida digna. De un derecho inapelable y fundamental para los seres humanos. De un tiempo a esta parte, eso ha quedado relegado, proliferando el término “muerte digna”: el derecho a terminar con tu vida como quien finiquita un contrato… y así se ha ido dando más valor a morir que a vivir.

En el año 2021, tuvo lugar la legalización de la eutanasia en nuestro país, un término que no es otro que el suicidio asistido para personas con una enfermedad terminal y/o incurable, con la intención de evitar que el ser humano tenga un sufrimiento intolerable.

El caso de Noelia ha abierto, a gran escala y de forma volcánica, el debate moral sobre esta práctica, de lo más cuestionable. Si hubiéramos visto a una joven postrada en la cama, entubada o con sollozos de dolor en su única y última entrevista, quizás no habría habido debate. Seguro que, entre los lectores, hay gente como yo que podría llegar a entender el método de la eutanasia en determinados casos, pero jamás en el de una chica de 25 años.

A tenor de la entrevista realizada antes de morir, Noelia se dedicó a hacer más hincapié en sus trastornos psicológicos que en los dolores físicos. Hablaba de las horribles experiencias vividas, de cómo llevaba en tratamiento psiquiátrico desde los 13 años, de sus autolesiones y múltiples intentos de quitarse de en medio, de la soledad, de los problemas con su familia y su padre. Todo muy incongruente, a pesar de ese comité de expertos que ha ratificado, una y otra vez, la decisión de Noelia de morir.

Durante la hora y 11 minutos que dura el programa, todo gira alrededor de su TLP, diversos traumas y su mala relación con el padre. Del mismo modo, la madre se dedicó a hacer hincapié en todos los trastornos mentales de su hija, así como en infinitos y reiterativos reproches al padre, cosa que nos ha chirriado a muchos de sobremanera.

Me llama poderosamente la atención que el dolor neuropático que dicen que sufría Noelia acabó mencionándose de refilón. De hecho, la propia Noelia apenas llegó a destacarlo, a pesar de que su madre comentó que sufría dolores y que tomaba medicación para ello. Un comentario que quedó como un comentario, dejando el dolor físico fuera del centro: todo gira en torno al trastorno y al dolor psicológico.

No me cabe la menor duda de que Noelia se trata del primer caso de eutanasia por depresión en España, cosa moral y éticamente inaceptable que, además, rompe el juramento hipocrático. Eso sí, un apunte de imperiosa importancia: un medicamento que la madre quiso que le retiraran a Noelia y no se hizo resulta que, supuestamente, provoca comportamientos de querer quitarse de en medio.

Por desgracia, no se habla de los antidepresivos, que está demostrado que a medio plazo empeoran el cuadro de depresión, sobre todo entre personas jóvenes. Los antidepresivos son de los fármacos más prescritos en nuestro país; datos del 2025 apuntan que su uso ha ido aumentando al 25%. Imaginémonos la cantidad en países como Estados Unidos, donde me consta que recetan combinados de PROZAC y ZOLOFT a niños de 12 años. Una anécdota: el ZOLOFT es habitual para tratar cuadros de estrés postraumático en los soldados.

El sufrimiento normal de la vida es intolerable de cara a la sociedad actual, y los antidepresivos se han convertido en una válvula de escape para combatir situaciones, en muchos casos, naturales. Esto, sumado a la intensa promoción de las farmacéuticas, con un claro conflicto de intereses, y a una oleada de psiquiatras que sobredimensionan algunos trastornos, tachando de trastorno mental condiciones humanas normales y flexibilizando el diagnóstico, da como resultado lo que parece una “pesca de pacientes” y un maquiavélico plan de fuente de órganos para trasplantes.

A esto deberíamos añadirle el ansia de exaltación al individualismo hasta extremos patológicamente egoístas, la devaluación de nexos tradicionales y valores, así como la eliminación de Dios de la ecuación. Todo sumado convierte la mente humana en un campo con abono ideal para que proliferen ideas suicidas, normalizando la eutanasia como solución a problemas existenciales, al tiempo que el sueño húmedo del Foro Económico Mundial y los precursores de la diabólica Agenda 2030, la reducción de la sociedad occidental tal y como la conocemos, se va materializando.

Radicalizarse es de imperiosa necesidad, no por cuestiones políticas, sino por cuestiones básicas de moral, ética y supervivencia. Hemos pasado de denegar la eutanasia a una mujer de 70 años, con una enfermedad grave incurable y dolores insoportables desde hacía 14 años, a matar a una joven de 25 años por padecer trastornos mentales, en un país donde hay asesinos que merecen pena de muerte y, sin embargo, ni pisan la cárcel. A ellos sí se les protege y permite vivir por tener patologías mentales.

En Canadá, por ejemplo, más de 15.000 personas al año solicitan la eutanasia, número que va en aumento. No solo eso, muchas personas que toman esa decisión están siendo presionadas por su entorno o, incluso, por los médicos, que proponen el suicidio asistido antes de que lo plantee el propio paciente. Si esto no fuera ya suficientemente nauseabundo, en 2022 una firma de moda lanzó un anuncio romantizando la eutanasia, recogiendo imágenes y pensamientos de una mujer de 37 años que, por cuestiones de salud, decidió el suicidio asistido. El año pasado, tras una revisión, se identificaron casos de eutanasia administrada a personas sin patologías, pero con problemas económicos o de soledad.

Asimismo, en Bélgica ya hay varios casos de eutanasia permitida por depresión, como el de Siska, muy parecido al de Noelia, ya que desde 2002 se ha legalizado para personas con “sufrimiento físico o mental”. Pero la semilla del diablo no para de echar raíces, porque Bélgica también se convirtió en 2016 en un país donde se permite aplicar la eutanasia a menores. Es más, he tenido que hacer un extremo ejercicio de autocontrol al escribir este largo, pero necesario, artículo de opinión, ya que me pasan por la cabeza palabras y pensamientos intrusivos de tintes muy Tarantino, dedicados a todos aquellos que, por acción u omisión, son parte de esta repugnante aberración.

El que algo sea legal no quiere decir que sea aceptable; tergiversar la ley natural en pro de leyes moralmente reprobables no es libertad, es un inmundo libertinaje que pudre todos y cada uno de los derechos básicos del ser humano, matando la forma de vida tradicional que tenemos obligación y derecho de defender, que se rige por principios universales inmutables y superiores. Como dijo Nikola Tesla: «La ciencia no es más que perversión en sí misma, a menos que tenga como objetivo último mejorar la humanidad».

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1 Comment

  1. La sociedad ha aceptado ya el suicidio asistido, lo que equivale a decir que hay vidas que no merecen existir.

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