“Los españoles primero” es la frase dicha por el líder de un partido político y que ha desatado un sinfín de reacciones, buenas, malas, pero sin duda no ha dejado a nadie indiferente. Por mi parte, no entiendo que algo tan obvio cause tanto revuelo, ya que incluso la caridad bien entendida empieza por uno mismo y nadie piensa que es solo egoísmo.
Evidentemente, si esa frase la trasladamos al ámbito familiar, tenemos que, por mera supervivencia, el ser humano tiende a salvar antes a los suyos que a auténticos desconocidos o, lo que es lo mismo, si llega a su barrio y ve arder su casa y la del vecino, por puro instinto correrá a salvar la suya antes que ninguna otra. A eso se le llama sentido común.
Atender las necesidades propias antes que las ajenas parece un principio sustentado en la defensa y el perfecto equilibrio de una nación avanzada. Dado que los Estados no disponen de recursos infinitos, lo lógico es aceptar una inmigración controlada que no desestabilice unos presupuestos, ya de por sí muy ajustados.
Sin embargo, en España desde hace unos años asistimos atónitos a la entrada masiva de hombres principalmente del continente africano, muchos de ellos analfabetos con escasos conocimientos a los que, por supuesto, mientras estén aquí hay que mantener. Casa, comida, sanidad… una triada mínima que le cuesta a las arcas del estado millones y que a día de hoy sólo se financian a través de impuestos la mayoría abusivos.
Llegados a este punto y cual Pilatos, se nos debería dar la oportunidad de decidir, a través de un referéndum, si estamos dispuestos a quitarnos el pan de la boca para alimentar a la población vecina sin recibir nada a cambio. Aunque, por desgracia, el asunto es mucho más complicado de lo que parece, ya que alrededor se mueven tanto instituciones, ONGs e incluso el propio Gobierno; es decir, que genera una fuente de dinero público repartido muchas veces de forma dudosa. Si el pueblo decidiera que hay que cerrar fronteras y “los españoles primero”, posiblemente muchos chiringuitos tendrían que cerrar y dejar de recibir dinero, lo que, evidentemente, no gustaría a determinadas personas.
La situación es catastrófica y debe buscarse una solución ya. Si fuésemos un país rico, quizás mantener a personas que no producen riqueza sería algo, a corto plazo, asumible, pero somos un país en quiebra, pobre y con tendencia a endeudarse de manera desorbitada. Decidir qué queremos hacer con la riqueza que generamos es una decisión propia; por ello, el Gobierno debe preguntar: ¿qué hacer? y respetar el deseo de un pueblo que a día de hoy se siente invadido. Amor por el prójimo, sí; tomadura de pelo, no.
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No se puede explicar mejor. Un saludo