España

La pandemia terminó… el miedo no

Un crucero, virus, tres fallecidos… y, de repente, algo extraño volvió a aparecer en el ambiente. No el hantavirus. Algo anterior. Algo mucho más reconocible. Ese silencio raro antes del pánico. Ese impulso automático de abrir noticias cada cinco minutos. Esa sensación de que, quizá, el mundo vuelve a torcerse otra vez.

Pasó esta semana con el crucero que intentaba llegar a Canarias mientras los titulares crecían más rápido que la información. Bastaron unas cuantas palabras -“virus”, “aislamiento”, “fallecidos”- para que medio planeta volviera, mentalmente, a aquellos años donde aprendimos a mirar al otro como una posible amenaza con patas. Algunos ya estaban mirando la bicicleta estática del trastero como quien prepara unas minivacaciones.

Y entonces ocurre algo fascinante. Los expertos explican que no estamos ante otra COVID. Que el hantavirus no se transmite así de fácil. Que el riesgo real era muy limitado. Pero da igual. Porque el miedo nunca entra por los datos. Entra por el recuerdo. El virus viajaba en el crucero. El miedo ya estaba esperando en tierra. Y quizá esa sea la verdadera noticia: no el brote, no el barco, no las ratas. Nosotros.

La pandemia terminó hace tiempo. Pero hay gente que sigue mirando las noticias como quien escucha pasos en una casa vacía. Porque algo cambió durante aquellos años. Y no hablo solo de mascarillas, vacunas o confinamientos. Hablo de algo más difícil de medir: la sensación permanente de que todo puede torcerse en cualquier momento. Como si hubiéramos aprendido a vivir en alerta. Quizá porque, durante meses, aprendimos a vivir el mundo a través de una pantalla. Mucha gente no recuerda comunicados oficiales. Recuerda voces en televisión, gráficos rojos y cifras subiendo cada noche como si fueran el marcador de una guerra. Y lo más inquietante es que ya casi ni lo notamos.

Nos hemos acostumbrado a revisar compulsivamente titulares “por si pasa algo”. A vivir conectados a una ansiedad elegante disfrazada de información. A sentir que estar al día equivale a estar protegidos. Ya no consumimos noticias. Consumimos tranquilidad momentánea. Un titular. Cinco minutos de calma. Y vuelta a empezar. Porque la calma tiene un problema terrible: no mantiene a nadie mirando una pantalla. El miedo sí.

Precisamente por eso, cualquier brote se convierte inmediatamente en espectáculo. Cualquier incertidumbre necesita gráficos, expertos, mapas, conexiones en directo y veinte personas anunciando el colapso mundial desde el sofá mientras recalientan la pizza y escriben: “esto no nos lo están contando”. Y lo más extraordinario es que, en el fondo, todos sabemos que hay algo ridículo en esta escena… pero, aun así, participamos. Refrescamos. Leemos. Buscamos. Esperamos. Como si, en algún lugar de internet, existiera una frase capaz de devolvernos la sensación de normalidad que perdimos hace tiempo.

Y quizá ahí está la verdadera herida de todo esto. No en el virus. En la desconfianza. Porque la COVID dejó una sociedad extraña. Una sociedad cansada, hiperalerta y profundamente desconfiada. Desconfianza en gobiernos, en medios, en expertos, en farmacéuticas y, muchas veces, incluso en el propio vecino.

La próxima crisis sanitaria, si llega, no dividirá a la sociedad entre sanos y enfermos. La dividirá entre quienes creen… y quienes ya no creen nada. Y eso es muchísimo más peligroso. Porque, cuando una sociedad pierde la confianza colectiva, empieza a reaccionar desde el cansancio, desde el trauma o desde la sospecha. Ya no piensa igual. Ya no escucha igual. Ya no vive igual. Por eso este crucero ha generado tanta obsesión. No porque fuera el inicio del apocalipsis, sino porque tocó algo que sigue ahí debajo, respirando despacio. Como esas brasas que parecen apagadas… hasta que alguien sopla.

Y quizá el verdadero legado de aquellos años no fueron las mascarillas. Ni los confinamientos. Ni siquiera el miedo. Fue algo mucho más silencioso: haber convertido la incertidumbre en una forma de vida. Porque el verdadero problema no es vivir con miedo. El verdadero problema es olvidar cómo era vivir sin él. Y cuando una sociedad pasa demasiado tiempo sobreviviendo, mirando pantallas como quien vigila el horizonte esperando la próxima tormenta… termina olvidando algo fundamental: cómo se vive con normalidad.

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