España

El búnker de Ferraz

Hay mañanas en las que la realidad política no se lee en los periódicos, sino que se ve directamente en las puertas de las sedes de los partidos políticos. Lo vivido esta semana con la entrada de la Unión Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil en la sede central del PSOE por una presunta trama de ilegalización ilegal no es un titular más; es el acta de defunción simbólica de una etapa: la del sanchismo.

Cualquiera que observe el panorama con un mínimo de objetividad se dará cuenta de una verdad clamorosa que es absolutamente incuestionable: el Gobierno de Sánchez está clínicamente muerto. Sin embargo, frente al colapso evidente, la respuesta de la izquierda y, en particular, del PSOE de Sánchez no es la dignidad parlamentaria ni la asunción de responsabilidades, sino el enroscamiento. Ferraz y Moncloa se han convertido en su búnker, del cual no tienen pensado salir hasta 2027, pase lo que pase.

La pregunta que miles de españoles se hacen hoy desde sus casas, mientras contemplan el goteo de registros de la Audiencia Nacional a los altos cargos socialistas, es la siguiente: ¿Qué finalidad tiene seguir vendiéndonos como si no pasara nada, prolongando esta agonía? Aunque hay otra cuestión que tampoco hay que obviar: ¿por qué ese pánico visceral a someterse a una moción de confianza o, sencillamente, a pulsar el botón rojo para convocar unos comicios electorales?

El bloque de investidura que dio el poder a Pedro Sánchez ya solo existe en el papel. Para entender el miedo del PSOE a las urnas, primero hay que desmantelar la gran mentira sobre la que se sostiene esta legislatura: la existencia de ese supuesto bloque progresista o de estabilidad, que muchos llamamos Frankenstein. Ese bloque, queridos lectores, ya no existe y, además, nunca fue un proyecto de país, sino un pacto de necesidad mutua que el tiempo y las ambiciones cruzadas han terminado por devorar.

En la actualidad, el Ejecutivo no tiene la mayoría suficiente como para sacar adelante unos Presupuestos Generales del Estado. Las leyes duermen el sueño de los justos en los cajones del Congreso de los Diputados porque cada votación, para los de Sánchez, es un calvario repleto de chantajes cruzados, y los socios parlamentarios lo saben, hasta el punto de oler la debilidad del presidente del Gobierno como tiburones que detectan sangre en el agua.

El Frankenstein creado por este Gobierno se ha vuelto indomable. Cada partido de esa amalgama —desde los separatistas hasta la extrema izquierda radical— está ya pensando en su propia supervivencia electoral, marcando las distancias con un PSOE asfixiado por los escándalos policiales. Gobernar no es resistir en el colchón de Moncloa, es transformar, legislar, dar estabilidad económica a un país y certezas jurídicas a una nación. Cuando tu única actividad política consiste en negociar in extremis por los pasillos del Congreso de los Diputados para no perder votaciones por unos votos, no estás gobernando, sino sobreviviendo… y la supervivencia de un líder político no puede ser el proyecto de vida de todo un país.

El pánico azul está presente en Sánchez. Tiene ese miedo insuperable a las urnas que se huele a kilómetros. ¿Por qué la izquierda tiembla ante la sola mención de una simple cuestión de confianza? En un sistema parlamentario maduro como el nuestro, cuando un presidente pierde el control de su mayoría o se ve cercado por sospechas graves que afectan a la línea de flotación de su organización, lo democrático, limpio e institucional es presentarse ante la Cámara y decir: “Aquí estoy, revaliden mi confianza o elijan una alternativa”. Pero el sanchismo opera bajo otra lógica: sabe perfectamente que este tipo de moción, de ejecutarse hoy en día, terminaría abriendo la caja de Pandora, obligando a sus socios a retratarse en público, a decidir si quieren seguir hundiéndose abrazados a un mástil de barco que hace aguas por todas partes o si prefieren soltar amarras. El miedo del PSOE no es solo a la oposición; es el miedo a quedarse completamente solo en el hemiciclo, expuesto en su absoluta debilidad. Y si el miedo a una moción de confianza en el Parlamento es grande, el pánico a unos comicios electorales directamente para ellos es un abismo.

La izquierda española actual sabe de sobra que las matemáticas en la calle no les acompañan. El relato de la “alerta antifascista” y de los “bloques” se ha desgastado tanto que ya no consigue inmovilizar ni a los suyos. El ciudadano medio, dé igual lo que votara en el pasado, siente el impacto de la inflación y observa con estupor la degradación institucional, además de contemplar atónito cómo la policía accede a la sede del partido que gobierna por presunta financiación irregular. Para el PSOE, convocar unas elecciones generales ahora sería ir directamente al matadero electoral. Prefieren desgastarse lentamente, agonizar a diario y apelar al sálvese quien pueda antes de devolverle la palabra a los españoles, aceptando el veredicto de la soberanía nacional.

Y, digo yo, ¿para qué prolongar la agonía? Si el diagnóstico es el de un Gobierno paralizado, sin apoyos estables y acorralado por los juzgados, cabe insistir en el motivo de esta resistencia numantina. ¿Qué ganan estirando el chicle unas semanas o meses más? La respuesta se divide en tres claves estratégicas que nada tienen que ver con el interés general de España, las cuales os voy a exponer a continuación.

La primera tiene que ver con el uso de las instituciones como escudo legal y mediático; mientras mantengan el control del Boletín Oficial del Estado (BOE) y la capacidad de nombramiento de órganos clave, poseerán el poder de influencia necesario para sobrevivir. El control de los tiempos de la maquinaria estatal permite amortiguar los golpes judiciales, activar campañas de distracción mediática a través de los terminales públicos y controlar el relato. El gobierno sabe que fuera del poder, la tormenta jurídica caerá sobre ellos con toda su fuerza y sin el paraguas protector que da estar en La Moncloa.

Como segunda, tenemos la estrategia asociada a la supervivencia de las redes clientelares. Un partido que lleva años gestionando el poder tanto a nivel estatal como territorial genera una inmensa red de cargos de confianza, asesores, contratos y subvenciones que dependen directamente de su permanencia en los despachos. Convocar elecciones y perderlas significaría el desmantelamiento más absoluto de esa estructura y, por ende, “perder esa inmunidad”. Para el aparato del PSOE, estirar la legislatura es literalmente una cuestión de mantener los puestos de trabajo de miles de cuadros intermedios, algo que necesitan a toda costa.

Y la tercera y última va en relación con la esperanza milagrosa de un “cisne negro”. En la mentalidad del actual liderazgo socialista existe una fe ciega en la resistencia. Confían en que, si aguantan lo suficiente, ocurrirá algo —una crisis internacional, un error de la oposición ante un evento imprevisto— que cambie el eje del debate público, permitiéndoles resetear la situación. Es la estrategia del ludópata: apostar las pocas fichas que le quedan al país en la ruleta de la política con la esperanza de que el próximo giro les salve de la bancarrota.

Sin duda alguna, España no puede ser el rehén de un partido político. Mantener un gobierno zombi es un lujo que no podemos permitirnos. La parálisis legislativa se traduce prácticamente en falta de inversiones, algo que conlleva a que se ahuyente a los mercados y el espectáculo de la corrupción carcoma la confianza de los ciudadanos en sus propias instituciones democráticas. No estamos ante una simple crisis de gobierno, sino de Estado, ocasionada por la negativa de un líder que no asimila que su tiempo gobernando ha expirado.

La izquierda liderada por Sánchez y respaldada por Yolanda Díaz y otros tantos, aquella que no para de llenarse la boca hablando de democracia o de salud democrática y de regeneración, es la misma que no le quiere consultar al pueblo si está de acuerdo o no con ellos. Son los mismos que secuestran el debate o que se atrincheran tras las paredes de Ferraz mientras la UCO revisa ordenadores. A eso hay que sumarle que, mientras sucede esto, pretenden vender al mundo que no sucede nada. Increíble su ejercicio de soberbia.

En definitiva, la agonía de este Gobierno no es solo la suya propia, sino la de toda la nación. Cuanto más tarden en convocar elecciones por miedo a perder el poder, más duro y profundo será su despertar, además de profundo el agujero del que los españoles tendremos que salir. Hay que dejar los cálculos partidistas a un lado, asumir la realidad de lo que tenemos y devolverle el futuro de España a quienes verdaderamente les pertenece, que no es otro que a los españoles.

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