Si hay una cosa que todos aquellos que han estado en los últimos años cerca de Sánchez destacan es su control absoluto, su deseo de saberlo todo y dirigirlo todo. Sus ansias por hacer uso de su poder hasta las últimas consecuencias. Sánchez, en el terreno que controla es un absolutista, y no se conforma nunca con controlar poco, siempre quiere más, lo quiere todo, y siempre trabaja por aumentar su poder… y eternizarse en él. Esto es lo que caracteriza al sanchismo y, en gran medida, lo define.
Este es el principal motivo que nos lleva a pensar lo complicado que sería que el secretario general del PSOE y Presidente del Gobierno no supiera nada de toda la corrupción que le rodeaba, y de lo que se cocía a su alrededor, tal y como hoy mismo ha declarado. Sánchez huye siempre hacia delante. Niega o rechaza lo que pudiera unirle a elementos peligrosos, ya lo hizo, como San Pedro, con Ábalos, aunque la mayoría social, como a él le gusta decir, hoy en día lo compararía más con Judas respecto a los intereses de la podría ciudadanía española. Y no todo vale.
Por esto mismo, cuando se observan ciertos comportamientos la sociedad no debería tolerarlos, debería aprender y saber actuar en consecuencia. Por eso era tan importante, cuando muchos denunciamos su connivencia con la extrema izquierda, con PODEMOS, con la que semanas antes dijo no iba a pactar porque de hacerlo no podría dormir por las noches, o cuando hizo lo mismo con Bildu, algo que también negó antes de las elecciones; o cuando negoció con los separatistas independentistas contra las sentencias del Tribunal Supremo su indulto e, incluso, beneficios fiscales, económicos y la cesión de competencias del Estado a cambio de su apoyo, para mantenerse en el poder. Nunca la sociedad española debió permitir esos comportamientos. No ya porque él mismo cambiara de parecer a conveniencia, sino porque éticamente eran y son sumamente reprochables, van contra la dignidad de la Justicia, contra las propias instituciones del Estado y contra nuestra historia democrática.
Tenemos un gran problema porque el hecho de que se estén destapando tantos presuntos casos de corrupción, la mayoría alineados unos con otros y en los que esa red de corrupción se retroalimenta, siempre al servicio de los intereses del propio Sánchez, ha convertido a nuestro Presidente en un personaje, y cuando esto ocurre, la persona pierde no solo la confianza de quiénes le rodea sino que se convierte en sujeto cuestionable en cualquier aspecto sobre el que pudiera presentar dudas. Su continuada forma de mentir a la ciudadanía, el desprestigio de todo lo que ha proclamado en cuestiones de dignidad de colectivos, como el de las mujeres, manteniendo en su círculo de poder a personajes que o han abusado presuntamente de mujeres o bien han hecho uso de la prostitución usando, según dicen los autos, fondos públicos, demuestra que el absolutista lo es hasta el extremo de mantener un relativismo moral que en un Presidente del Gobierno de España es estremecedor.
Nunca en la Historia de nuestro país el Gobierno ha sido visto como hoy en día, como un negocio, un negocio del que el propio poder hace uso como si fuese propio, y que se produce con el apoyo de terceros que también dependen de ese apoyo para saciar sus frutos personales o políticos, o para vivir del cuento, un cuento de una izquierda que está demostrando niveles de moralidad que chocan frontalmente con el concepto de casta que querían atribuir a otros. La casta sois vosotros y con vuestro continuo apoyo a este personaje lo estáis demostrando.
Dice uno de los refranes más españoles que “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Y sí, efectivamente, esto formaba parte de la estrategia. Desconsiderar la credibilidad de medios de comunicación, de periodistas concretos, de la judicatura y de jueces concretos; de todo aquél que pudiera ser una amenaza contra el verdadero fango y la miseria que no han dejado de anidar en el Gobierno y el PSOE desde que Pedro Sánchez ha sido su Presidente y su secretario general.
Para mí, personalmente, una de las cosas más tristes de todo lo que hoy sabemos es el enorme daño que este personaje ha hecho y sigue haciendo, sin escrúpulos, a un partido en el que muchas personas creyeron. Pero también lo ha hecho, por desgracia, con la complicidad y en ocasiones siendo el cómplice de una izquierda trasnochada que llevó a extremos nada realistas realidades que necesitaban de seriedad, de prudencia y de acciones decisivas y efectivas como son los temas de igualdad y derechos de la mujer o los derechos LGTBI, pero también la miseria que han producido con el tema de la inmigración.
Y sí, en esto hoy voy a ser más duro que nunca y voy a acusar a Sánchez y a su Gobierno de ser cómplices de muchas muertes. Y de serlo por omisión de su deber de proteger las fronteras, su deber de dar una respuesta adecuada a los procesos migratorios y a la necesidad de recibir a esta población en nuestro país y Europa y de no establecer los cauces y las fórmulas adecuadas para que este proceso hubiese evitado que cientos de miles de personas arriesgaran o perdieran su vida en el intento de llegar a nuestras costas. Haber diseñado un modelo migratorio basado en las necesidades reales, castigando la migración irregular y controlando en todo momento quién entra y quién no en Europa y en nuestro país hubiese alejado a muchos la idea de echarse al mar dejando allí sus vidas. Esto, por no hablar de no haber perseguido consecuentemente las mafias que trafican con seres humanos a través del Estrecho. Por esto, entre otras cosas, será recordado en la Historia de este país.
Pero, principalmente, será recordado como el que compró a cualquier precio su mantenimiento en el poder; o si no, que se lo digan a los saharauis, vendidos después de décadas y décadas por una izquierda que se desgañitaba en protestas y que ahora también ha callado no por defender los intereses de Sánchez, sino por los suyos propios. La indignidad a la que ha llegado el poder y la izquierda en nuestro país es inconmensurable. Y lo peor de todo es que han destapado que todo es mentira, que nada les importa más allá de aparentar que le importa lo ajeno cuando lo único en lo que se dejan la vida, la de los demás, es en defender lo propio.
La izquierda necesita una lección en las urnas, pero también una reinvención de sí misma, una justificación real de su existencia bajo criterios objetivos y de moderación y, para ello, deben comenzar por asaltar el poder del PSOE, echar a su secretario general, y reconstruir bajo las ruinas de cenizas que este Nerón ha dejado de su Roma, un nuevo proyecto político que verdaderamente entusiasme y que responda en propuestas, en acciones y, sobre todo, en personas comprometidas con España y los españoles, a la realidad de un país que verdaderamente está sumergida en una gran crisis… y la que nos espera.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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