¿Puede un gobierno, sea de la ideología que sea, destruir un monumento nacional con la excusa de que este fue construido durante una dictadura? Imagino que a ningún gobierno se le ocurriría dinamitar las pirámides de Egipto porque fueron construidas por esclavos en la época donde predominaban los faraones. Sin embargo, la mente enfermiza de determinados políticos de izquierdas pretende destruir, de la forma más burda, la Cruz del Valle de los Caídos y, de paso, la basílica o, lo que es peor: convertirla en un parque temático lleno de chorradas creadas para sus caprichos más absurdos.
A quien corresponde evitar semejante despropósito es la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, paralizando tal proyecto, pero no le da la gana o prefiere hacerse la sueca protegiendo otros bienes que carecen de interés real. Evidentemente, tal monumento y su construcción son grandes desconocidos y la gente, por desgracia, acaba creyéndose el relato oficial establecido por este Gobierno como si fuera el Padrenuestro cantado por el Papa.
La creación del Valle de los Caídos obedeció a un deseo de reconciliación de ambos bandos tras la terrible guerra civil y, por ello, allí se encuentran enterrados fallecidos tanto del bando nacional como del republicano. Pero, empezando por el ahora imputado José Luis Rodríguez Zapatero y el mentiroso compulsivo Pedro Sánchez, a ambos les interesa reabrir viejas heridas, ya que un pueblo dividido es más fácil de vencer y manipular. Mientras tanto, la Iglesia Católica se dedica a mirar hacia otro lado como si la cruz más impresionante del cristianismo no fuera asunto suyo, lo que demuestra que obedecen a otro amo distinto a Cristo y a otros intereses que no son religiosos.
Sin duda alguna, esto será aquello de “entre todos la mataron y ella sola se murió” y, si nosotros, el pueblo, permitimos esta atrocidad, también seremos cómplices por indolentes y tibios. Defender aquello que nos identifica como pueblo es nuestra responsabilidad, porque los gobiernos pasarán, pero la Fe cristiana prevalecerá y, si además el monumento sirve para recordarnos lo que jamás debió suceder, bajo ningún concepto debemos permitir su desaparición; de lo contrario, cualquier día oiremos cantar desde los minaretes y nadie vendrá a rescatarnos.
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