Cada semana, cuando me siento a escribir un artículo, hago siempre el mismo ejercicio: busco la noticia más importante del mundo. Cada semana, me ocurre exactamente lo mismo: cuando creo haberla encontrado…, ya ha desaparecido. No porque el problema se haya resuelto. No porque la guerra haya terminado. No porque las víctimas hayan dejado de sufrir. Simplemente, porque ya no hablamos de ello. Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda: ¿cómo desaparece una noticia?
La noticia no suele desaparecer de golpe. No hay un botón rojo, ni una orden secreta, ni un señor con puro decidiendo que, a partir de mañana, toca mirar hacia otro lado. Ojalá fuera tan fácil. Sería casi tranquilizador. La realidad es más elegante y bastante más inquietante: una noticia desaparece porque llega otra. Y luego otra. Y luego otra más.
Hace unos días hablábamos de una guerra. Después, de un terremoto. Luego, de una ola de calor. Más tarde, de los mercados. Mañana hablaremos de otra cosa. Mientras tanto, la guerra sigue, las casas siguen rotas, el calor sigue matando y las decisiones económicas siguen produciendo consecuencias. La realidad continúa. Lo que se mueve es nuestra mirada.
Durante mucho tiempo, pensamos que estar informados consistía en saber lo que pasaba. Hoy empiezo a sospechar que eso ya no basta. Porque vivimos rodeados de noticias, sí, pero también rodeados de sustituciones. Cada titular nuevo no solo añade información: muchas veces borra emocionalmente el anterior. No porque sea más importante. Porque es más reciente.
Y ahí está la trampa. Nuestro cerebro no está diseñado para recordar lo importante. Está diseñado para atender a lo nuevo. A lo urgente. A lo que brilla, asusta, sorprende o indigna. Las redes no han inventado esa debilidad humana. Solo la han convertido en autopista. Por eso, el poder ya no necesita esconder demasiado. A veces, le basta con acelerar. Con poner delante otro titular, otra alarma, otro escándalo, otro vídeo, otra polémica perfectamente masticable. No hace falta prohibir una conversación cuando puedes sustituirla por diez más.
Nos preocupa mucho que alguien manipule lo que pensamos. Y está bien que nos preocupe. Pero quizá deberíamos empezar a preocuparnos también por algo anterior: quién decide durante cuánto tiempo pensamos en algo. Porque una noticia que dura veinticuatro horas en nuestra cabeza no tiene el mismo poder que una noticia que permanece semanas, meses, años, hasta convertirse en memoria colectiva. Y eso es lo que estamos perdiendo: no información, sino memoria.
Nunca habíamos sabido tantas cosas y nunca había sido tan difícil conservar una. Saltamos de una indignación a otra con la velocidad de quien cree estar entendiendo el mundo porque lo actualiza cada cinco minutos. Pero actualizar no es comprender. Comprender exige tiempo. Contexto. Repetición. Silencio. Y, sobre todo, una cosa que casi nadie parece dispuesto a conceder ya: permanencia.
Quizá por eso algunas noticias nos emocionan tanto y duran tan poco. Nos conmueven, las compartimos, decimos “qué horror”, “qué mundo”, “esto no puede ser” … y, al día siguiente, ya estamos ocupados con el siguiente incendio, real o metafórico. No somos malas personas. Somos personas saturadas. Y una sociedad saturada no siempre distingue entre lo urgente y lo importante. A veces solo distingue entre lo nuevo y lo viejo.
Lo curioso es que las consecuencias no funcionan así. No tienen nuestro ritmo. No desaparecen porque dejemos de mirarlas. Una guerra no se adapta a nuestra capacidad de atención. Un terremoto no reconstruye casas cuando se apagan las cámaras. Una decisión política no se vuelve irrelevante porque haya dejado de ser viral. La vida real no hace scroll. Tal vez el pensamiento crítico ya no consista solo en leer varios periódicos, contrastar fuentes o desconfiar del primer titular. Tal vez empiece antes, en una pregunta mucho más sencilla y mucho más incómoda: ¿qué he dejado de mirar esta semana sin darme cuenta?
Porque quizá la noticia más importante no sea siempre la que ocupa la portada. Quizá sea la que acaba de salir de ella. Y quizá el mayor poder del siglo XXI no consista en escribir la noticia de mañana. Consista en conseguir que olvidemos la de ayer. Por eso, cuando vuelva a sentarme la próxima semana delante del ordenador, intentaré no preguntarme solo qué está pasando hoy. Intentaré preguntarme otra cosa: qué no estoy dispuesta a olvidar.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam
En la España actual, un país que parece caminar sobre el filo de la navaja…
Hoy podemos decir que los andaluces hemos sufrido una traición generalizada del conjunto de las…
A Pedro Sánchez le cuesta aceptar una realidad incuestionable: su ciclo al frente del Gobierno…
«Liber est qui causa sui est» —«es libre quien es causa de sus propios actos»—…
Hubo un tiempo, no tan lejano en la escala histórica, en el que los movimientos…
Ver comentarios
Hay que saber rastrear las noticias