El calor de Madrid me ahogaba: estudios, metro abarrotado, aire cargado y sucio. Necesitaba mar, sal, viento que oliera a otra cosa. Elegí el norte: la playa de La Arena, en Vizcaya. El Cantábrico no perdona el bochorno; aquí el sol pega, pero la brisa corta como una navaja.
Llego a primera hora. La arena aún ríe bajo mis pies, mientras el oleaje gris-verde rompe con fuerza. Me quito la camiseta y extiendo la toalla cerca de unos matorrales bajos que separan la zona nudista de la familiar. Cien metros hasta el agua. Instalo la sombrilla y saco un libro erótico que compré por impulso en la estación de Chamartín. Sus páginas ya huelen a protector solar y a deseo anticipado.
Voy leyendo despacio, lo suficientemente despacio como para que las palabras me calienten por dentro. El protagonista se pierde en una playa parecida a esta; la imaginación hace el resto. De pronto, levanto la vista… y la veo.
Se trata de una mujer preciosa que camina descalza, con paso tranquilo, como si la playa le perteneciera. Rondará los veintitantos; su cabello negro está recogido en un moño deshecho por el viento, y su piel morena revela veranos enteros en Tenerife. Lleva un bikini negro de tirantes fijos, de esos que se clavan ligeramente en la carne. Bronceada de manera uniforme, sin rastros de solárium. Clava su sombrilla a unos veinte metros y, a continuación, extiende una toalla grande de rayas azules para sentarse mirando al agua, de espaldas a mí.
Aparte de su belleza, hay algo en ella que me atrapa poderosamente: su manera de moverse, segura… pero sin arrogancia. Justo al darme cuenta de que la estoy mirando, gira la cabeza y me sonríe.
Es entonces cuando saco el bote de crema solar. Un truco clásico, pero natural en una playa así: funciona precisamente porque parece espontáneo. Decido acercarme con total seguridad, caminando despacio y sintiendo la arena pegarse a mis pies, hasta situarme a un metro de ella. Al verme tan cerca, se gira. Sus ojos son verdes, casi grises bajo el sol. Me estudia un instante y asiente apenas, cuando señalo mi espalda y el bote.
Nada más sentarme frente a ella, de espaldas, sus manos frías por la crema recorren mi piel en círculos lentos. Huele a coco y a sal marina. Cada pasada, hasta que termina, logra elevarme la temperatura corporal. ¿Debo preguntarle si puedo corresponderla?
Tras hacerlo, la desconocida duda un instante, aunque al minuto se tumba boca abajo con un gesto de asentimiento. Empiezo por los hombros: crema fría que se calienta al contacto. Bajo despacio por la columna y siento cómo su respiración cambia cuando mis dedos rozan sus costados.
Al llegar a la curva de la cintura, intento evitar estratégicamente el trasero por un momento, pero mis pulgares terminan deslizándose por los laterales, rozando el elástico del bikini. Ella suspira, casi inaudible. Continúo: mis manos cubren sus glúteos mientras masajeo con presión firme. La tela es fina; siento el calor de su piel debajo.
Separando un poco las piernas, hago que un gemido se le escape cuando mis dedos se deslizan por el interior de los muslos, rozando apenas. Ese ligero contacto la hace, de repente, girarse boca arriba.
Nuestras miradas se encuentran de inmediato. No hace falta más para que me incline y la bese como si no existiera un mañana. Sus labios, salados, saben a agua y crema. Sus manos, en cambio, buscan mi nuca, tirando con fuerza de mi cabello. El beso se vuelve urgente, dientes que se rozan, respiración entrecortada. La excitación nos impulsa a levantarnos y dirigirnos hacia los matorrales. El viento mueve las hojas; el rumor del mar ahoga cualquier sonido.
Es entonces cuando nos agachamos entre la vegetación baja: arena en las rodillas y en las palmas. Tumbados, le quito de nuevo la parte de arriba con un tirón suave; sus pechos se liberan, los pezones endurecidos por el aire fresco. Bajo besando su cuello, recorriendo el hueco de la clavícula y el abdomen que sube y baja acelerado. Ver cómo ella intenta bajarme el bañador aumenta aún más mi excitación.
No hay tiempo para preliminares largos; podrían vernos. El riesgo flota en el aire: voces lejanas de niños jugando, una pareja paseando a lo lejos. Eso hace que cada roce y caricia sea más intenso. La siento junto a mí, rozando su piel con cuidado, explorando despacio, aumentando la tensión entre nosotros sin dejar de ser consciente de nuestra vulnerabilidad.
Ella muerde mi hombro para contener un grito. Sus uñas se clavan en mi espalda mientras el vaivén de nuestros cuerpos se acelera. El aire huele a sal, arena caliente y deseo compartido.
Alcanzamos el momento de éxtasis compartido, prácticamente a la par. Ella arqueándose, soltando un gemido ahogado contra mi cuello, y yo sintiendo cómo nos fundimos en un placer intenso y abrumador.
Por un momento, nos quedamos quietos, respirando con fuerza. El murmullo del mar nos llega como un latido constante. Después, al vestirnos, nos echamos a reír bajito, nerviosos por lo compartido. Nos miramos en silencio un instante. Ella extiende la mano en un gesto casi formal, como si acabáramos de conocernos. La tomo, beso sus nudillos y, sin promesas, nos decimos un hasta siempre… o hasta que el destino quiera que nuestros caminos se crucen de nuevo.
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