Morbosía

Excursión al Congreso de los Diputados

Estamos en la última semana lectiva antes de los exámenes finales en la prestigiosa Universidad Complutense de Madrid. El verano se aproxima con sus calores sofocantes y las minifaldas provocativas… y la profesora de Historia del Pensamiento Político ha decidido llevarnos al Congreso de los Diputados para que lo conozcamos desde dentro, con los dirigentes en pleno funcionamiento.

Actualmente, en España gobierna un capullo… o quizás lo represente una rosa repleta de espinas, coronada por una soberbia monumental. En la oposición destacan dos partidos de derechas: uno liderado por alguien que ya no lleva gafas, y otro por un showman con barba. Por supuesto, hay algunos más pululando por ahí. Espero tener la oportunidad de sacarme fotos con ellos en cuanto entremos al hemiciclo. Dios dirá.

Tras subir las escaleras que conducen al interior del hemiciclo junto a mis compañeros de clase, flanqueados por dos leones que nos observan con solemne indiferencia, cruzo la puerta gratamente sorprendido: la entrada es espectacular. En los pasillos, políticos por doquier: ellos, trajeados con aires de estar salvando el mundo; ellas, coquetas, perfectamente maquilladas y moviéndose como si desfilaran por una pasarela institucional; y también algunos perroflautas, de esos que repiten “todos y todas” con devoción casi litúrgica. Por desgracia, no reconozco a ninguno. Aunque, pensándolo bien, es comprensible: de política sé lo justo y necesario. Nada más. Con memorizar los apuntes tengo suficiente.

Transitando por el interior, me siento el rey de España: sin trono y con zapatillas deportivas, pero con la mirada puesta en cada rincón. Me gusta contemplar, con todo lujo de detalles, cada persona u objeto que mis ojos alcanzan a percibir. Además de políticos, también hay periodistas. Prácticamente, todos hombres. Tampoco consigo reconocer a ninguno. ¡Maldita sea! Tras más de cuatro años en el Grado de Periodismo, no saber el nombre de profesionales que, seguramente, más de uno esté desempeñando sus labores en televisiones nacionales… ¡merezco el exilio por mamón!

Justo en el instante en que el aburrimiento me alcanza —rodeado por la profesora y mis compañeros de clase— y aprovechando que ella no mira, decido escabullirme para explorar las instalaciones por mi cuenta. El hambre aprieta, y necesito encontrar una máquina expendedora que me salve: con suerte, una palmera de chocolate, un bollo de mantequilla o, en su defecto, unos jumpers. Error mío por no haber desayunado antes de salir de Usera.

Mientras recorro los pasillos del Congreso de los Diputados, escaneando el entorno de izquierda a derecha, diviso algo a lo lejos: una máquina expendedora. Lo curioso es que, justo frente a ella, hay una mujer trajeada, de cabello castaño y presencia llamativa. ¡Madre mía, qué sexy es y eso que solo la veo de espaldas! Ahora el hambre, por desgracia, me ataca por dos frentes distintos.

Corporalmente, no es una mujer esbelta como las que suelo frecuentar, pero tampoco diría que es rellenita. Tiene ese algo, no sé si es el estilo, sus rizos, o la forma en que sostiene la bolsa de conguitos, que la vuelve imposible de ignorar. Al girarse, su mirada se cruza con la mía. Esos ojazos marrones, al posarse sobre mí apenas unos segundos, despiertan un deseo súbito de querer besarla.

Después de una breve sonrisa suya como contestación, decido entablar conversación. Se trata de una política de unos cuarenta años, con voz solemne y una presencia que impone respeto. No sé por qué razón evita darme su nombre, aunque sí me revela su profesión: licenciada en Derecho, aunque actualmente no ejerce por motivos evidentes. A tenor de la cultura y la elegancia que desprende con cada palabra, algo me dice que es una mujer de derechas. La simpatía con la que me trata despierta en mí el impulso de invitarla a un café. Aunque al principio se lo piensa, finalmente termina aceptando la propuesta.

En el interior de la cafetería del Congreso de los Diputados no para de hablarme con total confianza. Al principio, las conversaciones giran en torno a la política y el trato que se da entre los distintos políticos que coexisten en nuestro país. Con el paso de los minutos, se abre un poco más, compartiéndome aspectos de su vida personal: hobbies, sueños por cumplir… Al lanzarle un piropo por esos ojazos que me hipnotizan, acompañado de una sonrisa, responde que tiene novio. ¿Mi respuesta? ¡Que no soy celoso! ¿Su réplica? Echarse a reír. Creo que mi descaro le gusta, porque no está acostumbrada a convivir con la sinceridad.

Ha pasado más de media hora y seguimos charlando en la cafetería. Justo cuando pienso en pedirle el teléfono, se acercan, visiblemente atónitos, varios compañeros de su formación política: dos hombres de unos cincuenta y pocos años. La expresión en sus rostros revela su sorpresa al ver a su compañera compartiendo café con un desconocido que, además, es estudiante de periodismo. Y eso que aún ignoran que tengo quince años menos que ella. Pobres diablos, menospreciando a Jonko Blanco. No saben que, sin necesidad de mentir, siempre consigo lo que me propongo. No soy como ellos, ni como el presidente del Gobierno.

Una vez se marchan, ambos retomamos el diálogo. La conexión entre nosotros es tan intensa que el café queda como un detalle nimio, y decidimos continuar la conversación fuera del Congreso de los Diputados. Por azares de la vida —o más bien porque tomo la iniciativa sobre nuestro rumbo— acabamos en mi coche. Contra todo pronóstico, acepta subirse a mi modesto vehículo.

Para conquistarla, teniendo en cuenta su mentalidad conservadora, decido llevarla a un lugar romántico donde la naturaleza sea el verdadero protagonista. Cuando me pregunta adónde vamos, le respondo que es una sorpresa. A tenor de su sonrisa, confía ciegamente en mí. Me gusta: el plan está saliendo a la perfección. Qué deseo tan intenso de sentir la cercanía de su piel, sin barreras.

Al llegar a nuestro destino y tras salir del coche, ella me confiesa que no está acostumbrada a lugares como este, sino a restaurantes caros, hoteles de cinco estrellas y otros sitios donde el dinero es el protagonista. ¿Mi respuesta? Que con pequeños detalles puedo alcanzarle la Luna… y muchas cosas más, si así lo quisiera. Su expresión atónita deja entrever que está descolocada por mi contestación, momento que aprovecho para acercar mis labios a los suyos.

El paraje natural se convierte en testigo silencioso de nuestro encuentro ocasional. Ella, una mujer acostumbrada a los lujos más desorbitados y de mentalidad conservadora, se va dejando llevar, entre beso y beso, al compás que yo marco. El roce de sus labios carnosos sobre los míos me arrastra hasta el abismo del placer. Deseo que nuestros cuerpos se fundan sin espacio entre piel y piel, hasta que solo exista el deseo hecho carne.

Entre beso y beso, terminamos despojándonos de cada prenda que vestíamos al principio. En el instante en que nuestros cuerpos se funden y se entregan durante más de media hora, llega la culminación. El placer no entiende de distinciones, profesiones ni clases sociales. Tal vez sea su condición de política lo que me impulsa a desear pasar más tiempo a su lado. Sus suspiros son el chute que me mantiene en pie, la chispa que enciende mi resistencia… hasta el infinito y más allá.

La abogada y política, tras ese momento de intimidad, me abraza como si fuera un koala. Su aparente dureza no es más que una fachada. Qué lástima que nuestros caminos estén destinados a separarse en cuanto regresemos al Congreso de los Diputados. No me queda más remedio que asumir que, en el mejor de los casos, solo podré contemplarla a través de la televisión. ¿Será por su condición política, por tener pareja, o por la necesidad de aparentar estabilidad dentro de su formación al representar los valores del conservadurismo? Quién sabe.

Nada más llegar a nuestro destino final, la abogada de profesión y yo, tras aparcar el coche, nos dimos un último beso. Su mirada refleja tristeza, pero toca asimilar la realidad: estamos en mundos distintos, por razones que escapan a nuestro control. Ella debe representar los intereses de unas siglas políticas y vive bajo el escrutinio público; yo, en cambio, soy un simple estudiante de periodismo que aspira a terminar la carrera el próximo curso… si la vagancia y el desfase no me lo impiden.

Al salir del coche, salió escopetada hacia el Congreso de los Diputados. Su voto es necesario para evitar que este Gobierno cometa la mayor de las tropelías. Cariño, defiende España en nombre de todos los españoles. Tu recuerdo, del momento que hemos vivido, lo llevaré para la posteridad en el alma.

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