
A lo largo de la historia, las guerras civiles nunca las ha provocado la ciudadanía, sino que han sido consecuencias de decisiones políticas. En todo caso, los pueblos se han unido para combatir contra los regímenes totalitarios como monarquías absolutas o dictaduras con el objetivo de retomar el control de las decisiones que les incumben y proceder a la liberación, generalmente democrática, de la esclavitud de unas normas que les oprimían en su condición económica o de derechos fundamentales.
Hoy en día, ya existe una guerra civil global en los países ya democráticos y occidentales, y no se trata, en estos momentos, de una guerra con armas de fuego, sino con armas ideológicas, enfrentadas, radicalizadas y enemigas ambas, en sus extremos, de la paz social, de la concordia entre hermanos, e instaladas en las naciones civilizadas.
La guerra no pretende por las partes sino conseguir ganar el relato. Sí, ese relato del que hablaba en los whatsapps el Fiscal General del Estado de España. Es fundamental, absolutamente trascendental, primero crear un relato y después imponerlo. Mucho me temo que este asunto no es una cuestión baladí ni ha surgido de la nada, sino que podría afirmar con rotundidad que se ha forjado, a través de universidades de todo el mundo, partiendo de algunas latinoamericanas y españolas, y ha ido impregnando a toda la izquierda radicalizándola y convirtiéndola en un movimiento impositor y, en demasiados casos, impostor. Ojo, pero no menos que el movimiento reaccionario surgido como reacción a este surgimiento, una derecha extrema muy perjudicial para el movimiento de centro liberal porque da alas a la propia izquierda radical que, sin embargo, se encuentra fuertemente agarrada al poder a través del control de su propio relato.
La base del problema posiblemente estuvo en la justificación propia del devenir de la izquierda en el mundo y del triunfo de las ideas liberales, que habían llegado a impregnar, incluso, a la izquierda hacia un centro en el que muchos no se identificaban. Conseguir, por medio de ese relato, convertirse en la opción política adalid de los derechos fundamentales, a pesar de manipularlos a su antojo, fue uno de sus principales objetivos. Muchos piensan y creen que el triunfo de los derechos de la mujer o de los homosexuales es un logro de la izquierda, aunque en gran parte, estudios de la evolución socioeconómica podrían desmentirlos, tanto como el hecho de que la izquierda apoyara el voto femenino en España, defendido desde un centro liberal, denominado en su momento, curiosamente, los progresistas, en nuestro país. Gran parte de la izquierda votó en contra.
Lo mismo ocurrió con los derechos de las personas homosexuales. Textos y discursos de importantes y relevantes sociólogos y políticos de izquierda en los años posteriores a la transición abominaban de los homosexuales. Tal es el caso del Alcalde de Madrid Tierno Galván, por ejemplo, pero también de muchos dirigentes del propio Partido Comunista, tema sobre el que bibliografía pero pocas ganas de evidenciar. Tampoco podemos olvidar la pleitesía que la izquierda tiene a grandes homófobos de su historia política, algunos de los más crueles de la talla del Che Guevara, que apostaba por acabar con sus vidas, de Hugo Chávez, de Fidel Castro, de Stalin y sus antecesores, políticos e ideólogos. La historia está sembrada de cadáveres de homosexuales por estos y otros asesinos de izquierda y de derechas. Por lo tanto, la nueva bondad de la izquierda con el colectivo, su abanderar la causa, no puede y no tiene sino un razonamiento distinto del aparente, aunque ciertamente haya una mayoría que, a día de hoy, cree en sus derechos y en la igualdad de este colectivo. Sin embargo, la dirección de las acciones políticas considero que no han sido muy afortunadas.
En primer lugar, si bien la Ley que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo en España no se produjo hasta 2006, ya en el año 1996, diez años antes, la prestigiosa publicación The Economist publicaba un amplio reportaje, al que dedicó su portada, en el que advertía que los matrimonios entre homosexuales iba a ser una realidad, y lo hacía, además, al amor de una directiva de la Unión Europea, apenas surgida de la Comunidad Económica Europea, que instaba a los países miembros, a legislar en favor de los derechos de las personas homosexuales y en la línea de conseguir, finalmente, la ley de matrimonios de personas del mismo sexo con los mismos derechos y obligaciones que los existentes hasta el momento, que sólo recogían los derechos de los matrimonios heterosexuales, parejas de distinto sexo. Curiosamente, la revista aclaraba que esta evolución era más producto de las necesidades y beneficios económicos que de convencionalismos morales o ampliación de derechos, ya que estudios veían necesaria la incorporación de estas relaciones civiles por su capacidad de ahorro e inversión. Hoy la derecha habla del lobby gay, y no es casualidad, a pesar de que no tengan razón en sus argumentos. Lo que realmente les molesta es la politización del colectivo y la sumisión a ciertas corrientes ideológicas y políticas.
Por lo tanto, como algunos estudios detallan, la aprobación de las leyes de matrimonio homosexual que, cabe destacar, sólo se han dado en países democráticos con sistema socio liberal en el mundo, es un producto y consecuencia más de ese sistema liberal que del ideológico. Si no, comprueben en qué países no se permiten o permitieron estos matrimonios, al menos hasta la revolución del relato ideológico de la neo izquierda y su plan para convertirse en útil a través de abanderar causas.
Si esto lo trasladamos al caso de las mujeres nos encontramos con una lectura muy parecida. La incorporación de la mujer al mundo laboral era una necesidad económica más que de derechos. Por supuesto que mucho tuvieron que ver las mujeres, y muchos hombres, que lucharon décadas y siglos por conseguirlo. Pero nada de esto se hubiese desarrollado si no se hubiese dado en los sistemas liberales. Y si no, miren al mundo, a sus sistemas, y al papel de la mujer en ellos. Esta es parte de la respuesta que mucha gente se da a que hace muchos años, cuando sólo, generalmente, el hombre era el que trabajaba, las familias, numerosas, podían llegar a fin de mes y hasta ahorrar y tener vacaciones y comprarse un coche y ahora, con ambos trabajando, las dificultades son enormes para llegar a finales de mes. Claro que habría que echar, también, un ojo a la evolución de los impuestos y a la carga de los costes de las nuevas tecnologías o la modernización de lo público, por no hablar de la cobertura en derechos de las personas menos beneficiadas por sus orígenes o por la propia vida. Y sí, claro que ha habido y existen aún serios resquicios de ese patriarcado que privaba a la mujer de sus derechos, del de trabajar y, cuando lo hacía, las relegaba a trabajos feminizados de limpieza o cuidados. El patriarcado es una realidad social que no podemos negar si queremos ser justos como sociedad y remendar las desigualdades y aplicar una justicia social que nos dignifique como sociedad.
Volviendo al relato de la izquierda, reitero, una vez más, esa conversión de la política en parecer más que ser que de continuo recuerdo en mis artículos. Y es que, cuando hablaba anteriormente de ese movimiento “impostor” de la izquierda lo hacía bajo un razonamiento que hoy es un escándalo a voces en nuestra sociedad. Defender la abolición de la prostitución como medida para salvar a las mujeres del yugo masculino cuando lo hace un Gobierno presidido por un señor al que se le acusa de haber vivido de las rentas de la prostitución de su círculo familiar, o un Gobierno en cuyo seno ha habido al menos un ministro que ha hecho uso de los servicios de la prostitución mientras públicamente defendía lo contrario, o que ese partido haya soportando en ámbitos de poder, y pretendiera darle uno de los mayores dentro del propio partido siendo conocedores de sus presuntas acciones de acoso a mujeres, al menos, debe llamar la atención y a la reflexión de qué puede estar pasando.
Que un partido que haya llegado al poder a través de una moción de censura a otro partido por temas de corrupción y que se justifique en su relato y siga apoyado por los que le dieron sus votos en la moción de censura tras conocerse lo que se está sabiendo hasta el momento es muy significativo y grave, diría yo. Pero hay muchos otros elementos que, para mí, ponen en tela de juicio la veracidad real de las intenciones de esta izquierda o, tal vez, su certeza en la defensa de los derechos, y voy más allá de la Ley del Sólo Sí es Sí, que permitió a violadores y agresores de mujeres adelantar sus salidas de las cárceles. Me refiero, entre otras cosas, a la creación de un sistema que dicen surge de la aspiración a la igualdad pero que siempre parte de la diferencia y, a poder ser, del victimismo. Hacer políticas de igualdad es completamente incompatible con partir de la diferencia para aplicarlas y provoca, entre otras muchas consecuencias, justo lo contrario, políticas de desigualdad ante los mismos hechos porque el principio dado inicial es ese victimismo del que parte la desigualdad. Otro asunto que me parece perturbador es la creación e implantación terminológica en forma de etiquetas en el terreno de lo sexual y de género, algo que justamente empaqueta la propia diversidad que defiende y que atenta, precisamente, contra ese mismo principio. Se le dice a los demás o lo que son o lo que pueden ser, para que decidan serlo; y se hace a través de una bandera que, precisamente, no les pertenece, alejando de esa irrealidad a muchísimas personas del colectivo que no se identifica con una alegoría de la homosexualidad que nada tiene que ver con la atracción afectiva sexual que corresponde a su definición estricta. Lo demás son deconstrucciones y decisiones personales, fruto de la propia condición o de su libertad, pero no pertenecen justamente a la homosexualidad, sino que, en ocasiones, la acompaña.
Otra cuestión es el relato histórico y en esto no me gustaría extenderme. Zapatero resucitó la pesadilla de las dos Españas, pero lo hizo sólo desde la perspectiva, cómo no, del victimismo. Por supuesto que nadie debió morir por sus ideas o por la defensa de las mismas. Pero nadie. Tampoco nadie debió ser arrestado, castigado, maltratado y hasta asesinado por ello, pero en ese error cayeron los dos bandos, y el de la izquierda el primero. La solución pacífica al conflicto social ya generado desde 1934 es complejo. No puedo ni nadie debería defender un alzamiento militar ni sus consecuencias, menos aún una dictadura. Sin embargo, ese es un pasado superado, o debería estar superado en lo político tras la transición. Por supuesto, aún quedan escollos pendientes como la recuperación de cuerpos de personas fusiladas por el franquismo. Pero esto no debería de ser un arma en democracia, jamás. Y ha conseguido serlo reavivando el odio y el rencor. Eso sí, gestionado muy inteligentemente por la izquierda a favor de su relato, lo que nos debería llevar a pensar en el interés político que esconde. Reavivar ese pasado, incluso los residuales grupos de extrema derecha o la extrema derecha política en nuestro país no hace sino reforzar ese relato y aportar votos a la izquierda, lastrando las opciones del centro derecha de llegar al poder. Si no fuera por la falta de pruebas factibles podría deducirse claramente que es una estrategia prefijada y directamente relacionada con ese relato.
Y no, relato no mata relato, al menos en este caso. En todo caso, sería y es el relato el que acaba consigo mismo. Ya lo ha hecho en otros países de Europa, a base de la pésima gestión de la entrada de la inmigración de forma ilegal, sin control y sin políticas específicas que garanticen su adaptación y su cumplimiento de las normas. Lo está haciendo también en Europa, asfixiada por las políticas sociales que arrasan a las familias con impuestos para precisamente mantener ese estado de elevada inmigración. En España, además de las ayudas sociales, de la atención a menores no acompañados, supone un coste altísimo para una sanidad pública ya de por sí saturada. Habría que preguntarse si era o es viable este nivel de aceptación de este tipo de entrada en Europa y cuáles deberían ser los límites; si estamos o no preparados y si la población, a la que no se le ha preguntado, está o no dispuesta, y hasta qué grado, a aceptar las condiciones, los beneficios, que los hay, y los puntos negativos, que también, aparte de los costes económicos. Lo que nunca, jamás, ninguna formación política debería permitirse, ni deberíamos permitir, es la condena sistemática de los inmigrantes, la mayoría de los cuáles sí vienen a trabajar, lo hacen en trabajos que aquí nadie quiere y acepta, y participa del pago de impuestos y de la creación de riqueza. Eso sí, el pensamiento debe ir hacia el control de entrada, hacia la integración real y hacia qué hacer con la inmigración delincuente, porque esto es un gran problema del que nos avisan desde Francia pero que ya está provocando serios problemas, inaceptables, en España.
No quiero alargar más esto, que podría hacerse en interminable. Pero sí querría decir que estamos aún a tiempo de parar los relatos y de aterrizar más en los hechos. Estamos a tiempo de devolver la esperanza en la política a la ciudadanía y a terminar de escupir, desde las instituciones, sobre los propios derechos que se proclaman, bajo relato, como el trato preferencial con comunidades autónomas en las que hay partidos nacionalistas con los que hay una dependencia de permanencia del Gobierno. La izquierda aún está a tiempo de rectificar, de encontrarse en la dignidad que la representa y elegir un camino más justo. Hoy ha sido la cesión del IRPF, mañana no sabemos qué tocará, porque hasta 2027 quedan muchos meses y, a partir de esa fecha se podrían abrir de nuevo las puertas de los apoyos y un Cerdán podría, de nuevo, determinar el destino de toda la ciudadanía de este país. Ahí lo dejo. El relato, ya lo conocemos todos; la verdad, no sabemos si algún día se hará pública, pero lo dudo porque sinceramente creo que todos, absolutamente todos, tienen algo que callar.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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