
Decía Churchill que “Si abrimos una disputa entre pasado y presente, encontraremos que hemos perdido el futuro”. Y me pregunto yo, ¿será eso lo que estamos perdiendo en España? Porque quizás no nos demos cuenta de lo que sucede en la actualidad con el fenómeno de la falta de conciencia plena por la inexistencia de la perspectiva temporal. Es la inconsciencia es la que alimenta los argumentos sobre el pasado de aquellos que quieren usarlo para transformar ese presente en aquello que más les interesa.
Lamentablemente, el pasado que se intenta airear no es ejemplo de nada bueno, aunque un verdadero análisis daría como resultado que es la consecuencia de todo lo malo que todas las partes pudieron aportar a un conflicto también generado por los intereses políticos de uno u otro bando. La consecuencia final de todo ese maremagnum en que se convirtió la Guerra Civil española fue una dictadura de décadas de supervivencia a la anulación de derechos fundamentales, entre ellos el de opinar libremente, el de defender la ideología que mejor nos representa o soportar los terribles castigos y torturas a las que fueron sometidas las personas disidentes con el sistema impuesto.
Ojo, que esa visión del totalitarismo absoluto tiene grandes lagunas cuando nos encontramos con sistemas democráticos que terminan por convertirse en buques insignia de lo que es o no permitido mediante la imposición social de conductas y de límites a la libertad de expresión, duramente censurada por todos los bandos en todos los extremos dentro de la propia sociedad, pero también en el nuevo mundo paralelo, el de las redes sociales e internet, que fustigan, controlan y castigan a aquellos que no opinan o disienten de la narrativa oficial impuesta por quiénes ocupan hoy el poder.
Todo está perfectamente unido e hilado para tejer una sociedad a la medida de quiénes gobiernan y de sus intenciones de no abandonar el poder a toda costa. Y, posiblemente, se sigue tejiendo, la sospecha es más que amplia, para instrumentalizar los poderes del Estado en el mismo sentido que sus discursos, y al servicio de la causa de un progreso que, si se caracteriza por muchas cosas, alguna de ellas no es nada esperanzadora, como el descenso del nivel de vida y el poder adquisitivo de la ciudadanía, la inflación por las nubes, o uno de los países europeos con un mayor número de niños en situación de pobreza. Y esto, obviando los crecientes problemas de seguridad, la pérdida de derechos, como el de propiedad en defensa de quiénes ocupan esa propiedad y no les pertenece, y un más que creciente rechazo de la juventud a la pérdida de esperanza sobre su futuro laboral, económico, de libertades o, incluso, de emancipación al no poder imaginar la adquisición de una vivienda o la posiblidad del pago de unos alquileres que están por las nubes.
Pero el mundo tejido, imaginario pero impuesto por el relato oficial, no solo ignora todas estas cosas, sino que sirve de parapeto para ocultar lo máximo posible los casos de corrupción que acechan y cada vez se acercan más a la cúspide de un poder que, a todas luces, parece ser está corrompido e, incluso, utilizó la propia corrupción del sistema interno de su partido para legitimarse en ese poder que lo catapultó al control del Gobierno de España.
Todo parece indicar que será cuestión de tiempo que las salpicaduras lleguen a Sánchez, ya lo han hecho a su entorno más cercano en lo político y familiar, y amenazan con desvelar la relación del Presidente con todas las tramas, que no podrían haber sucedido sin su conocimiento y consentimiento. Bueno, quizás lo que se hizo sin consentimiento fueron los desmanes “feministas” de Ábalos y Koldo, que sí parecía molestar, más que nada por la falta de decoro, por si se supiera que esto ocurría. Nada más allá, teniendo en cuenta que el gran adalid del feminismo le debe su ascenso al poder, y hasta su vivienda, por lo que dicen los indicios, al negocio de la prostitución del que fue su suegro, padre de su imputada esposa Begoña.
Ábalos y Koldo, que se creían tan inmunes o más que el propio Sánchez, ya están en prisión provisional, se sienten abandonados y desposeídos de la bendición del Papa de España, del que determina quién, cómo y cuándo, y de qué manera son o no aceptables las personas, o se convierten en estorbos inservibles. Cuidado cuando se convierten en amenaza, porque desde el mismo punto de vista en el que ellos se encuentran lo estuvo y prácticamente está un señor llamado Aldama que en repetidas ocasiones ha llegado a advertir que incluso teme por su vida. ¿De qué religión estamos hablando? ¿Qué tipo de secta ideológica se ha instaurado en el poder que lleva a tanta gente (cada vez menos) a la ceguera de seguir a toda costa a su líder? La respuesta, el sanchismo, una continuación del zapaterismo pero con el arrojo absoluto de un líder que no encuentra límites en conseguir que su papado se extienda el el tiempo y en el espacio, como las estrellas.
Pues cuidado, porque son estos los únicos astros que se estrellan.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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