
El activismo en el ámbito de la comunicación se ha ido consolidando con el paso de los años como una herramienta tan influyente —o incluso más— que el propio periodismo. En la izquierda de nuestro país destaca de forma sobresaliente por su capacidad para explotarlo, gracias a una notable habilidad para construir figuras públicas prácticamente desde cero, diseñadas explícitamente para apuntalar sus planteamientos ideológicos mediante el uso estratégico de los medios de comunicación y de las instituciones que se encuentran bajo su influencia.
A través de estos canales, tanto el comunismo como el socialismo buscan reforzar a su base más acérrima: ese perfil que termina interiorizando la idea de que identificarse con los postulados progresistas equivale automáticamente a defender los intereses del trabajador, mientras que todo lo asociado a la derecha queda reducido, sin matices, a la defensa del empresario capitalista carente de escrúpulos. Esta simplificación, repetida de forma constante y hasta la saciedad, actúa como un marco mental que condiciona la percepción pública y consolida una narrativa que, en muy pocas ocasiones, por desgracia, llega a cuestionarse.
En contraste, la derecha y sus altavoces mediáticos, a diferencia del sector progres, miden con extremo cuidado cada acción para evitar ser catalogados como radicales o ultras. Solo en casos muy excepcionales recurren a otra estrategia que, a mi juicio, también resulta equivocada: limitarse a arremeter contra el activista de turno que critica la filosofía conservadora, respondiendo a sus declaraciones mediante artículos de opinión o piezas informativas cuyo propósito es desacreditarlo.
Sin embargo, esos recursos periodísticos, lejos de erosionar a las figuras construidas por la izquierda, tienden a producir el efecto contrario: otorgarles una visibilidad que consolida su presencia ante el público, aplicándose el conocido dicho de “hablen bien o hablen mal, lo importante es que hablen”. Lo que pretende funcionar como un contrapeso acaba actuando como un altavoz involuntario que amplifica su influencia. Dicho de otro modo, contribuyen de forma inconsciente a reforzar la posición del activista dentro del debate social.
El resultado no es otro que un desequilibrio comunicativo evidente: mientras la izquierda multiplica su capacidad de influencia mediante la creación y promoción de referentes ideológicos, la derecha se limita a responder, como buen capitán a posteriori, atrapada entre el miedo a la etiqueta y la reacción impulsiva. En un escenario donde la batalla cultural se libra en el terreno de la narrativa, la estrategia reactiva no solo resulta insuficiente, sino también contraproducente para quienes defendemos los postulados liberal‑conservadores.
En definitiva, este artículo pretende servir como prólogo a una reflexión más combativa que desarrollaré próximamente. En ella, el enfoque dejará de ser meramente descriptivo para orientarse abiertamente hacia la confrontación ideológica desde la perspectiva que sostengo. Como adelanto en este mismo párrafo, la batalla del relato no se gana desde la cautela ni desde la respuesta tardía, sino disputando el terreno narrativo a la izquierda con las mismas herramientas, aunque desde el sentido común y no desde la demagogia barata y/o la manipulación emocional.
Periodista bilbaíno a jornada completa, anteriormente locutor en Cadena SER Miranda y al mismo tiempo articulista en diversos medios digitales. Amante del gimnasio y la naturaleza a tiempo parcial.
“Si tú no trabajas por tus sueños, alguien te contratará para que trabajes por los suyos”
-Steve Jobs.
La batalla de hace con eslóganes cortos y efectivos. No sprendem