Dirty Sánchez, madurando al estilo Nicolás

Resulta enternecedor, casi bucólico, ver a nuestro amado líder dándonos lecciones de higiene informativa desde el atril del Congreso. El espectáculo de «Dirty Sánchez» señalando a Iker Jiménez y su programa Horizonte ha sido lo más parecido a una purga estalinista, pero con más laca y mejores cámaras. Hay que tener los nervios de acero —o la cara de hormigón armado— para que el rey del cambio de opinión constante se ponga la toga de juez supremo de la verdad para excomulgar a un periodista que no le ríe las gracias en el prime time.

Lo cierto es que, viéndolo ahí arriba, con ese dedo inquisidor y esa mandíbula tensa mientras dicta quién es periodista y quién es un proscrito, uno no puede evitar pensar que el «puto amo» está madurando. Pero no en el sentido biológico, sino en el bolivariano: cada día que pasa, su estilo se parece más al de su homólogo de Caracas. Ya solo le falta el chándal y el pajarito para que el Congreso pase a llamarse «Aló, Presidente».

Es fascinante la fragilidad de este Ejecutivo: les montas una red de corrupción en el despacho de al lado y no ven nada, pero Iker Jiménez comete un desliz en el fragor del directo y, de repente, la seguridad nacional depende de cerrar la Nave del Misterio.  Lo que de verdad les escuece no es el rigor, es que un señor que hablaba de psicofonías tenga hoy más credibilidad que todo un Consejo de Ministros leyendo el teleprompter de Moncloa. Les molesta que el misterio ya no sea quién movió las caras de Bélmez, sino quién movió los hilos de las maletas de Delcy o los negocios de la parienta del felón. Es la envidia del que tiene el BOE… pero ha perdido la calle.

Y mientras el psicópata del atril dispara a discreción, lo más nauseabundo es el silencio atronador de la «Brunete Pedrete». Esos periodistas «amigos», los sumilleres del buen gusto informativo que se dan golpes de pecho hablando de la libertad de prensa, hoy miran hacia otro lado mientras se limpian las comisuras con el mantel de las subvenciones.

Están tan ocupados rumiando el pesebre de la publicidad institucional que no les queda aliento para defender a un colega señalado por el poder. Para esta casta de palmeros, la libertad de expresión es un derecho sagrado, excepto si el que recibe los golpes no pertenece a su club de adoradores del Falcon. Su silencio los retrata: no son periodistas, son los encargados de mantenimiento de la maquinaria de fango oficial.

Señalar a un profesional con nombres y apellidos desde la sede de la soberanía nacional es matonismo de barrio con barniz de progresismo. Es el aviso para navegantes: «O pasas por el aro, o te saco a pasear en la sesión de control». Se creen que el Congreso es su cortijo y el periodismo su departamento de marketing. 

Pero el tiro les va a salir por la culata, porque cuanto más intenten silenciar lo que les incomoda, más evidente se vuelve el tic dictatorial de quien ha decidido que la democracia solo es válida si él reparte las cartas. Al final, el mayor fenómeno paranormal de este país no es que Iker vea fantasmas, sino que este Gobierno vea «máquinas de fango» cada vez que alguien les pone un espejo delante. Menos lecciones de ética desde el jet privado y más gestionar, que para cuentos chinos ya tenemos la rueda de prensa de los martes.

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