
Anoche arrancó oficialmente la campaña de las elecciones autonómicas en Andalucía coincidiendo con la llegada de uno de los días más marcados por la izquierda en el mundo, el Día Internacional del Trabajo. Un día en el que tradicionalmente los sindicatos mayoritarios y de clase, UGT y CCOO se manifiestan en las calles de todas las grandes ciudades de España para reivindicar los derechos laborales y sociales; unos derechos que están íntimamente ligados al origen político de estas organizaciones en partidos de izquierda, el PSOE el primero y del Partido Comunista de España el segundo. En esta entrada de campaña, han tenido claro defender un Gobierno de izquierdas y cambiar el Gobierno andaluz haciendo fuertes críticas al funcionamiento de los servicios públicos en Andalucía.
Más allá de las críticas fundadas o infundadas que a las organizaciones sindicales les podamos hacer, y de las que difícilmente se puedan salvar alguna que otra organización social o política en nuestro país, debemos reconocer que su papel en nuestra democracia y en la defensa de los derechos de los trabajadores ha sido y es esencial para poder entender los avances en los convenios colectivos y en la conciencia de clase trabajadora, que en mucho se ha ido perdiendo, así como en las condiciones laborales, la salud laboral, la prevención y vigilancia de los riesgos laborales o el seguimiento, acompañamiento y apoyo personal y jurídico en muchos casos en los que era necesario pegar un tirón de orejas, por decirlo de alguna manera, a algún empresario o patronal. Los sindicatos ejercen en España como elementos fiscalizadores del cumplimiento de las normas que afectan a las personas trabajadoras, así como de elemento negociador en su voz que defiende siempre sus intereses, estemos en ocasiones más o menos de acuerdo. Son necesarios. Otra cosa es que haya quién piense que a los sindicatos también haya que fiscalizarlos.
Lo cierto es que su posicionamiento político pocas veces ha sido tan evidente en unas elecciones democráticas en favor de la izquierda. Y razones no les sobran. En el horizonte se cierne sobre ellos la sombra de VOX, un partido político que ha hecho de sí una organización que lucha más contra la propia izquierda que a favor de la defensa de intereses concretos de la clase trabajadora. Todo lo que rezume a izquierda o a lo que ellos defiendan es motivo para un contraataque visceral a toda propuesta. Y sí, a veces pude ser necesario, en base a que esas propuestas estén fuera de lugar o sean perjudiciales, pero la imagen que la sociedad va teniendo y absorbiendo de sus interpelaciones es más de odio a la izquierda que de amor a los españoles. Si no, no se entenderían muchas cosas. Entre ellas, la demonización absoluta de los sindicatos de clase ignorando su papel fundamental durante estos más de 50 años de democracia. Una de sus consignas, retirar todas las subvenciones a estos sindicatos pero, sin embargo, no renunciar a los propios. Y oigan, para bien o para mal, los sindicatos han hecho mucho más bien por los trabajadores que todas las políticas de este partido allí donde ha tenido la oportunidad de ejercer algún tipo de poder político. Ojo, punto y aparte sería la cuestión fiscalizadora.
Lo cierto es que nos encontramos con una elecciones andaluzas planteadas como antesala de unas generales que aún no tienen fecha. VOX ha pegado la patada, como suele hacerlo, de la palabrería y de la propaganda fácil, con el eslogan de “los españoles primero”, como algo tan insustancial como las consignas de PODEMOS cuando inició su andadura en las elecciones europeas hace años. Sin contenido. O, más bien, con un contenido irrealizable desde un planteamiento de nuestras leyes y de la propia democracia occidental.
Yo, que tuve la oportunidad de vivir en Reino Unido 4 años hace más de 10, pude observar, ya que allí el efecto de la migración, en aquél entonces facilitada no sólo por una Commonwealth con una serie de países con una relación de ciudadanía con el propio Reino Unido, sino también por mucha migración irregular y muchísima migración europea gracias a una Unión Europea de la que terminó saliendo, en parte precisamente por el miedo poblacional a esa aparente invasión externa. Recuerdo que, por aquél entonces, correría el año 2012, había manifestaciones ridículas de varias decenas de personas que bien podrían aparentar en ese momento ser esa ultraderecha que la izquierda habla que cabalga hoy por Europa. La experiencia que se vivía en este país en aquellos tiempos es la de que mucha gente llegaba para poder aprovecharse de los “benefits”, ayudas que el Estado británico daba por múltiples razones. Alguna relacionada en ese momento con el mínimo vital, con tener hijos o ser vulnerable.
En aquellos años pude ver y conocer a muchos españoles que llegaban buscando una oportunidad laboral que no encontraban en España. Muchos de ellos se terminaron acomodando a esos “benefits”, otros trabajaron muy duro para conseguir sus objetivos laborales y de vida y otros, incluso, terminaron emprendiendo y creando sus propios negocios. Curiosamente, algunos de ellos relacionados con productos españoles. Como dato curioso, uno de los más demandados por los británicos era el chorizo, y ese sabor a “paprika” que tanto les entusiasma, hasta el punto de que en algunos restaurantes exhibían en sus escaparates como reclamo la paella española con rodajas de chorizo, todo un éxito en aquellos momentos allí.
La medida del Brexit, radical y excluyente, que prometía terminar con aquella situación terminó, como ya sabemos, siendo un auténtico fracaso y hoy en día, si se volviera a votar el no arrasaría, sin lugar a dudas, por las consecuencias económicas que finalmente tuvo para los británicos. Digo esto por lo mismo que decía en un principio, las palabras que se interpretan como biensonantes cuando terminan por intentar reducir en una frase contundente todo el problema que de deriva de un paradigma surgido en nuestra sociedad no suele ser respuesta a nada, sino más bien al interés político de quién lo anuncia para poder ganas cotas de poder. Los británicos pagaron en propias carnes ese poder que consiguieron otros en su nombre.
Siendo honestos en estos momentos, en Andalucía hay cosas que no terminan de funcionar, pero no en el terreno económico, sino en la ejecución, que debiera haberse producido hace décadas de una industrialización muchas veces anunciada y cuyos recursos se fueron perdiendo por el camino sin crear gran cosa. También es cierto que el aumento poblacional emigrante ha contribuido a saturar estos servicios, que requieren una serie de recursos de más que en Andalucía, como bien dice la izquierda, se tendría que sacar de un aumento de los impuestos. Y ahí vamos con el otro problema y con las consignas fáciles. En estos momentos, aumentar la presión fiscal en Andalucía sería hundir en la miseria, especialmente, a las clases más desfavorecidas. Y es que todo suena muy bien cuando se habla con rotundidad pero muy mal cuando se intenta aplicar con solemnidad.
Estamos en momentos complicados. Las políticas migratorias han sido un desastre, como lo está siendo y lo va a ser, todos lo sabemos, y hasta migrantes con los que he podido hablar lo reconocen, será un desastre que pagaremos asumiendo a personas que nunca debieron ni de llegar.
Mientras, la pelea en las esquinas, en los bares, en los medios de comunicación, nunca antes tan contaminados de extremismo, odio e información cuando no manipulada, exagerada o inventada (no en todas las ocasiones ni en todos los medios). Y, por fin… la luz de la democracia que sí nos espera para ver un resultado en el que Sánchez podrá mirarse al espejo de sus acciones, también Moreno Bonilla y, como no, María Jesús Montero. El espectáculo está servido. Porque, no me lo van a negar, en eso consiste hoy la política, en un pleno espectáculo. Y si no, que le pregunten al Koldo de las declaraciones ante el juez en el Caso Mascarillas.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
Be the first to comment