Cuando incomodar deja de ser oficio: el periodismo ante el espejo del poder

Existe una máxima que todo periodista medianamente profesional debería conocer —y, sobre todo, respetar—: “El periodismo consiste en publicar aquello que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas”. Sin embargo, trasladada al presente, esta sentencia suena menos a principio rector que a una especie de reliquia incómoda. Sí, se cita poco y, en demasiadas ocasiones, se cumple aún menos. En un contexto de creciente precariedad y dependencia económica en esta profesión, la tentación de confundir información con complacencia ha dejado de ser excepcional para convertirse en una dinámica cada vez más normalizada.

Corría el año 1996, si mi memoria no me falla, cuando ante nuestras pantallas irrumpió Caiga Quien Caiga, un formato que hoy en día a muchos podría parecerles inapropiado o incluso obscenamente ofensivo por su manera de abordar a los personajes. Yo, por aquel entonces, tenía nueve años y, como tantos otros de mi generación amantes del mundo de la comunicación, descubrí con sorpresa que a quien tenías enfrente se le podía incomodar sin pedir permiso, a la par que te echabas unas risas. El propio nombre del programa lo resumía claramente: “caiga quien caiga”, ante la pregunta en cuestión, y siempre bien trajeados y con una sonrisa en la cara.

Hablo exclusivamente de la primera etapa, aunque luego hubiese otras malas copias que, décadas después, quedasen en nada. Aquel Caiga Quien Caiga, impulsado por El Gran Wyoming junto a Javier Martín y Juanjo de la Iglesia, consolidó un estilo de reporterismo en el que la complicidad con el entrevistado no era el objetivo —aunque a veces se diera—, sino precisamente lo contrario: provocar reacción. Reporteros como Tonino o Arturo Valls demostraron a los niños, adolescentes y adultos de aquel momento que era posible preguntar con ingenio, ironía y agudeza sin renunciar a la incomodidad que toda cuestión relevante debería generar. Por desgracia, ese tipo de formato, que mediante el desparpajo combinaba humor y fiscalización del poder, parece haberse ido diluyendo con el tiempo. Hoy, en cambio, ese espíritu ha sido sustituido por un servilismo vergonzante o una prudencia reverencial. Como si incomodar al poder hubiera dejado de ser una obligación profesional para convertirse en una falta de valores dentro de la propia profesión periodística.

Vivimos en unos tiempos en los que hacer un Caiga Quien Caiga o ejercer el periodismo manteniendo su espíritu ofende, y mucho. Algo que no debería incomodar al votante de unas siglas, ni mucho menos al representante político o cargo público que tenga que hacer frente a cualquier pregunta incómoda, precisamente porque ocupa una posición repleta de privilegios gracias al dinero de los contribuyentes, que lo sostienen tanto a él como a las instituciones y a tantos otros compañeros de oficio con su trabajo diario y el pago de impuestos.

A todo esto, un pequeño inciso: lo que defiendo no lo hago pensando exclusivamente en el gobierno de izquierdas que tenemos actualmente, sino que lo sostendría igualmente con uno de derechas, porque mi compromiso no es con unas siglas, sino con la ciudadanía en general. Quien me conoce lo sabe: precisamente por eso suelo resultar incómodo incluso dentro de mi propio espectro ideológico.

Asimismo, cuando el periodista resulta dócil, el acceso fluye; cuando no lo es y actúa como contrapunto crítico, surgen las presiones, los vetos o incluso los intentos de exclusión de determinados espacios informativos, incluidos escenarios institucionales como el propio Congreso de los Diputados. Amigos, el problema no es ideológico, aunque a menudo se intente reducir a esa lectura simplista, sino ético y profesional. El verdadero riesgo no reside en que existan políticos sensibles a la crítica, algo inherente a cualquier sistema democrático, sino en que aumente el número de profesionales dispuestos a suavizarla o evitarla. En ese contexto, se confunden con demasiada facilidad conceptos esenciales: respeto con sumisión y crítica con ataque.

El buen periodismo no exige estridencia ni protagonismo por parte del profesional, sino precisión quirúrgica. La buena pregunta no necesita elevar la voz; necesita exactitud, una exactitud capaz de incomodar al político de turno, porque sabe que está siendo interpelado con rigor. Es esa misma cuestión, formulada sin artificios, la que obliga a responder y desarma precisamente por su precisión. Sin embargo, en esta profesión tan bonita como compleja y precaria, parece haberse ido desplazando en favor de una cortesía mal entendida, como si el periodista debiera priorizar no molestar antes que preguntar.

Como profesional titulado que soy, con sus virtudes y defectos, considero que, cuando el periodismo renuncia a su capacidad de incomodar, deja de ser un contrapeso del poder para convertirse en su acompañamiento. Y ese tránsito, aunque sutil, tiene consecuencias profundas: el ciudadano deja de ser el centro y pasa a ser un espectador de conversaciones cuidadosamente filtradas. No se trata de defender la grosería ni el enfrentamiento gratuito; se trata de recordar que la función del periodista no es agradar, sino interrogar.

En definitiva, la independencia profesional no debe medirse por la ideología a la que uno se adscribe, sino por la capacidad de sostener la misma exigencia frente a todo y a todos, sin excepciones ni matices convenientes. Porque cuando el periodismo elige la comodidad, no solo renuncia a incomodar, sino también a su propia función como contrapeso del poder, pasando a convertirse en su eco. Esto implica dejar de ser incómodo para el sistema y volverse funcional a él. Y, sinceramente, un periodismo funcional al poder, por muy pulcro que suene, no es periodismo, sino decoración institucional. Frente a eso, no tengáis la más mínima duda de que este humilde, pero guerrillero plumilla, siempre se opondrá… forever.

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