Hubo un tiempo, no tan lejano en la escala histórica, en el que los movimientos políticos de izquierdas se articulaban en torno a una idea motriz fundamental: la esperanza. El discurso lo construían sobre la promesa de un futuro mejor: la conquista de derechos materiales, el ascenso social y la construcción de un proyecto colectivo ilusionante para las mayorías. Sin embargo, al observar el panorama político actual y diseccionar el discurso que hoy conocemos, planteado por la «nueva izquierda», resulta evidente que aquel motor se ha gripado; la esperanza ha sido desterrada de su argumentario y, en su lugar, ha terminado por instaurarse una emoción mucho más primaria, paralizante y oscura: el miedo.
El miedo a la derecha resulta ser, para la izquierda, el espantapájaros permanente. La nueva izquierda se dedica constantemente a aplicar la política del miedo, buscando la demonización constante del adversario. En democracia, la alternancia política y el debate de ideas son signos de un sistema sano. No obstante, para esta izquierda imperante en la España actual, cualquier opción conservadora o de centro-derecha ha dejado de ser un rival político para convertirse en una amenaza existencial.
La técnica del “espantapájaros” la han perfeccionado, nunca mejor dicho, a la perfección, ya que, al agitar constantemente el fantasma de que “viene la extrema derecha”, pretenden cortocircuitar cualquier posibilidad de debate racional o de rendición de cuentas. Este miedo, utilizado a modo de chantaje emocional hacia sus propios votantes, perjudica a toda la masa española. Parece que no importa si la gestión es deficiente, si las promesas se incumplen o si las políticas económicas en nuestro país fallan; todo está justificado porque la alternativa es, según su relato, el apocalipsis democrático.
Esta hiperventilación constante cuenta con un coste altísimo para la convivencia: cuando convences a una parte de la sociedad de que el otro bando no está compuesto por conciudadanos con ideas diferentes, sino por enemigos de la democracia, estás destruyendo los puentes básicos del respeto cívico. Pero a esta nueva izquierda parece no importarle la fractura social, siempre y cuando ese miedo garantice la movilización en las urnas y la cohesión de sus filas a través del pánico.
Con ellos surge el pánico a lo liberal y a la autonomía del individuo. Más allá del rechazo que sientan a la derecha tradicional, hay un miedo aún más profundo y filosófico en ellos: la lucha contra el liberalismo en su sentido más puro, un liberalismo que defiende la autonomía del individuo, la capacidad de cada persona para trazar su propia hoja de ruta, asumir sus propias responsabilidades y pensar por sí mismo, libre de coacciones externas.
Para la nueva izquierda, una ideología que se ha vuelto profundamente tutelar y paternalista, el individuo libre es una anomalía completamente peligrosa. Necesitan agrupar a los ciudadanos en colectivos identitarios estancos —por género, raza, orientación sexual o clase— para poder erigirse en su portavoz y salvador, porque, si el individuo prospera por su cuenta, si decide no sentirse víctima, si rechaza que el Estado o el partido le dicten cómo debe pensar, el relato creado por ellos de dependencia se desmorona por completo.
De ahí nace su afán desmedido por regularlo todo: el lenguaje que utilizamos, el humor que consumimos, las relaciones personales y hasta los hábitos de consumo. El miedo a la libertad ajena se traduce en un puritanismo laico donde siempre hay un nuevo dogma moral que obedecer; quien se sale de ese marco, quien apela a la libertad individual frente al colectivismo forzoso, rápidamente es tachado de insolidario o egoísta.
La nueva izquierda teme la pérdida del monopolio en relación con los nuevos medios que aparecen. Su pánico es supino. Durante décadas, el control del relato político dependía de una serie de altavoces tradicionales y canales oficiales. Sin embargo, gracias a la revolución digital, la consolidación de las redes sociales sin censura previa y el auge de los nuevos formatos comunicativos, como podcasts, canales de streaming y diarios digitales independientes como Minuto Crucial, se ha democratizado la información de una manera sin precedentes.
Su miedo radica en que no pueden manejarla para sus propios intereses. Cuando la información fluye sin pasar por el filtro de sus comisarios políticos, cuando un creador de contenido independiente, un analista en X o un portal digital consigue desmontar, en cuestión de minutos, el relato oficial gracias a la hemeroteca que han generado, consigue dejarlos en crisis. La respuesta que ejecutan a esta pérdida del monopolio de la verdad es, una vez más, el miedo, intentando estigmatizar a los nuevos formatos que influyen en los españoles tildándolos de desinformadores o de discursos de odio. Pero no solo eso: también proponiendo regulaciones, observatorios de la verdad y leyes para silenciar a toda disidencia mediática que vaya contra el Gobierno.
No, no es una preocupación genuina por la calidad de la información como pretenden vendernos, sino el miedo atroz de quien ha perdido el mando a distancia de la opinión pública. Dicho con otras palabras: a la nueva izquierda le asusta profundamente que un ciudadano con un teléfono móvil pueda tener más influencia que un editorial dictado desde las altas esferas.
La conclusión que saco sobre ello es que una sociedad no puede vivir eternamente en estado de alarma. La política del miedo, aunque puede resultar efectiva a corto plazo para cerrar filas y ganar unas elecciones por la mínima, a largo plazo es un proyecto tan agotador como estéril. Es por ello que la nueva izquierda, al renunciar a la esperanza y abrazar el pánico, ha demostrado una profunda debilidad argumental. Y es que, cuando tu única propuesta es evitar que gobiernen otros, cuando tu única relación con la libertad individual es intentar restringirla y cuando tu única respuesta a la pluralidad mediática es intentar censurarla, estás reconociendo que tu proyecto político ya no tiene nada positivo que ofrecer.
Frente a esta dictadura del miedo, la sociedad civil tiene un desafío crucial: recuperar la confianza en sí misma. Perder el miedo a pensar diferente, reclamar la madurez para gestionar nuestra propia libertad y defender, sin complejos, los espacios donde la información fluye libremente. Porque el antídoto contra quienes quieren gobernarnos desde el pánico no es otro que la valentía de ser libres.

Muy bien explicado