«Liber est qui causa sui est» —«es libre quien es causa de sus propios actos»— enseñaba Santo Tomás de Aquino. En esta breve afirmación se encuentra condensada toda una concepción de la persona humana y, al mismo tiempo, una de las cuestiones más decisivas de nuestro tiempo. Porque pocas palabras han sufrido una corrupción semántica tan profunda como la palabra libertad.
Ningún concepto goza hoy de mayor prestigio social. Todo se justifica invocándola: las leyes, las reformas sociales, las transformaciones culturales e incluso las más radicales alteraciones de la propia condición humana. La libertad se ha convertido en el gran dogma civil de las sociedades occidentales; una palabra sagrada, inmune a toda crítica, cuya mera invocación parece bastar para legitimar cualquier pretensión.
Sin embargo, precisamente porque la libertad constituye uno de los bienes más excelsos de la persona humana, resulta necesario preguntarse qué entendemos por ella. Porque no toda concepción de la libertad es verdadera, del mismo modo que no toda apelación a la justicia es justa ni toda reivindicación de derechos es moralmente legítima. De hecho, cabe sostener que una de las mayores tragedias de nuestro tiempo consiste precisamente en haber sustituido la auténtica libertad por una caricatura de la misma.
La civilización cristiana heredó del pensamiento clásico una convicción fundamental: existe una naturaleza humana objetiva. El hombre no es un ser arrojado al mundo para inventarse arbitrariamente a sí mismo, sino una criatura dotada de una esencia, de una finalidad y de un orden moral inscrito en su propia naturaleza. Para Aristóteles, para Santo Tomás y para toda la tradición filosófica realista, la libertad jamás consistió en la mera capacidad de elegir entre opciones indiferentes. La libertad era entendida como la facultad racional de adherirse voluntariamente al bien. Cuanto más orientada está la voluntad hacia el bien verdadero, más libre es el hombre; cuanto más esclavizada se encuentra por el error, las pasiones desordenadas o el pecado, menos libre resulta.
La modernidad ha invertido progresivamente esta concepción. El hombre contemporáneo ya no entiende la libertad como la capacidad de realizar el bien, sino como la facultad absoluta de autodeterminarse. Lo decisivo no es ya la verdad de las cosas, sino la intensidad del deseo subjetivo. No importa lo que el hombre es, sino aquello que quiere ser. La voluntad individual ha sido elevada a criterio último de la realidad. Nos hallamos, en definitiva, ante una auténtica revolución metafísica.
Durante siglos, el ser precedía al querer. La realidad era algo recibido que el hombre debía conocer, respetar y ordenar prudentemente. Hoy, por el contrario, el querer pretende preceder al ser. La realidad ya no se acepta: se construye. La naturaleza deja de ser una norma para convertirse en una materia prima disponible para la voluntad. No se trata simplemente de una transformación cultural; constituye una verdadera rebelión contra el orden de la creación.
Esta transformación no surge de la nada. Es el resultado de varios siglos de pensamiento que han ido desplazando progresivamente a Dios, a la naturaleza y a la verdad objetiva del centro de la reflexión. El nominalismo debilitó la confianza en la inteligibilidad del ser; el racionalismo moderno absolutizó la autonomía de la razón; el idealismo acabó subordinando la realidad al sujeto; y el existencialismo contemporáneo terminó afirmando que el hombre carece de naturaleza y debe construirse enteramente a sí mismo.
La célebre afirmación de Sartre —«la existencia precede a la esencia»— constituye quizá la formulación más radical de esta ruptura. Si el hombre no posee una naturaleza dada, todo queda sometido a la voluntad. Pero una libertad sin naturaleza acaba siendo una libertad sin límites, y una libertad sin límites termina inevitablemente destruyéndose a sí misma. Porque la ausencia absoluta de límites no produce hombres libres, sino hombres desorientados.
La experiencia cotidiana lo demuestra. El hombre necesita referencias objetivas para orientar su existencia. Necesita saber quién es, de dónde viene y hacia dónde se dirige. Cuando se le priva de estas certezas fundamentales, no se emancipa: se pierde. Y un hombre perdido es fácilmente manipulable.
Quizá por ello asistimos paradójicamente a una época que exalta la autonomía individual mientras multiplica las dependencias: dependencias psicológicas, farmacológicas, tecnológicas y afectivas. El hombre contemporáneo proclama su emancipación de toda autoridad trascendente, pero aparece cada vez más sometido a los dictados de la opinión pública, de los medios de comunicación, de las modas ideológicas y de las estructuras económicas. Nunca había sido tan soberano en teoría y tan vulnerable en la práctica.No es casual que las cuestiones morales más controvertidas de nuestro tiempo se sitúen precisamente en aquellos ámbitos donde el hombre pretende ejercer un dominio absoluto sobre la vida, el cuerpo y la propia naturaleza.
El aborto constituye quizá el ejemplo más dramático. La cuestión esencial ya no es si el concebido es o no un ser humano —la ciencia ha respondido inequívocamente afirmativamente—, sino quién posee el poder de decidir sobre su existencia. El criterio moral deja de ser la dignidad inherente de toda vida humana inocente para quedar sometido a la voluntad de terceros. La libertad se transforma así en poder; y cuando la libertad se convierte en poder sobre el inocente deja de ser libertad para convertirse en dominación.
Todo sistema político se juzga, en último término, por la protección que dispensa a sus miembros más débiles. Una sociedad que reconoce derechos a todos excepto a aquellos que todavía no pueden reclamarlos ha comenzado ya a socavar los fundamentos morales sobre los que se sostiene. Algo semejante sucede con la eutanasia. Las sociedades contemporáneas, profundamente secularizadas, han perdido casi por completo la capacidad de otorgar sentido al sufrimiento, a la enfermedad y a la dependencia. Se identifica la dignidad con la autonomía funcional y, por tanto, allí donde desaparece la autosuficiencia comienza a cuestionarse implícitamente el valor mismo de la vida.
Pero la lógica no se detiene ahí. Si la dignidad depende de la autonomía, entonces toda dependencia se convierte en una forma disminuida de existencia. El anciano, el discapacitado profundo o el enfermo terminal dejan de ser contemplados como personas necesitadas de amor para convertirse progresivamente en problemas que gestionar. El resultado inevitable es la aparición de una cultura del descarte en la que la eficiencia sustituye a la compasión. Sin embargo, acaso sea en la ideología de género donde la ruptura contemporánea con la realidad alcanza su expresión más extrema. Nunca antes una civilización había sostenido seriamente que el cuerpo humano carece de significado objetivo y que la identidad sexual puede ser determinada exclusivamente por la autopercepción subjetiva.
Nos encontramos aquí ante algo más profundo que un simple error antropológico. Se trata de la negación de la unidad sustancial de la persona humana. La tradición cristiana siempre entendió que el hombre es una unidad de alma y cuerpo, y que la corporeidad participa de la identidad personal. El cuerpo no es una prisión de la conciencia ni un simple instrumento manipulable; es parte constitutiva de la persona.
La ideología de género introduce, por el contrario, un dualismo radical: la verdadera identidad residiría exclusivamente en la conciencia subjetiva, mientras que el cuerpo sería una realidad secundaria susceptible de corrección. Pero cuando la conciencia se emancipa completamente de la realidad corporal, la identidad humana queda entregada a una permanente fluidez. El resultado es una antropología profundamente inestable y, en última instancia, deshumanizadora.
Paradójicamente, esta cultura que proclama la autonomía absoluta del individuo se muestra extraordinariamente intolerante hacia quienes desean vivir conforme a una concepción objetiva del bien. Las recientes iniciativas legislativas dirigidas contra las denominadas “terapias de conversión” constituyen un ejemplo particularmente revelador.
Más allá de cualquier práctica coercitiva o degradante —siempre moralmente inadmisible—, lo que comienza a cuestionarse es el derecho mismo de una persona adulta a solicitar libremente acompañamiento espiritual, psicológico o pastoral para vivir de acuerdo con sus convicciones religiosas y morales. La contradicción resulta evidente: una sociedad que proclama la autodeterminación absoluta parece negar simultáneamente la libertad de quienes desean ordenar su vida conforme a las enseñanzas de la Iglesia.
La explicación es sencilla. El liberalismo contemporáneo ya no es neutral. Ha dejado de ser una mera estructura jurídica de convivencia para transformarse progresivamente en una cosmovisión obligatoria. Ya no basta con respetar determinadas opciones vitales; se exige su reconocimiento público, su validación moral y, en ocasiones, su celebración. Todo ello revela un fenómeno aún más preocupante: la progresiva absolutización de las mayorías parlamentarias. Se extiende cada vez más la idea de que aquello que el legislador aprueba deviene automáticamente moralmente bueno. Pero la historia demuestra justamente lo contrario. Las mayorías pueden errar, y de hecho han errado innumerables veces.
La democracia constituye un procedimiento, no una religión. Las urnas deciden quién gobierna, pero no crean la verdad. Ninguna mayoría puede transformar la injusticia en justicia. Si la ley positiva no reconoce una instancia moral superior a sí misma, el Estado acaba inevitablemente convirtiéndose en la fuente última del bien y del mal. Y cuando el Estado ocupa el lugar de Dios, la libertad de los ciudadanos se encuentra gravemente amenazada.
El siglo XX ofrece suficientes ejemplos de esta tentación totalitaria. Los grandes totalitarismos nacieron precisamente cuando el poder político se arrogó la capacidad de redefinir al hombre y remodelar la sociedad conforme a una determinada antropología. Ningún sistema político está inmunizado frente a esta deriva. Quizá el rasgo más inquietante de nuestra época no sea tanto la extensión del error moral como su elevación a la categoría de derecho fundamental. Porque cuando el mal se reviste jurídicamente de bien, la confusión se vuelve mucho más profunda y la presión social mucho más intensa.
Frente a esta deriva, el cristiano está llamado a recordar serenamente una verdad esencial: el hombre no se pertenece a sí mismo de manera absoluta. Hemos recibido la existencia; no nos la hemos dado. Somos criaturas, no creadores. Y precisamente por ello la verdadera libertad no consiste en inventarnos a nosotros mismos, sino en descubrir la verdad sobre lo que somos y adherirnos libremente a ella. Solo la verdad hace libres. Todo lo demás son sucedáneos ideológicos de la libertad, profundamente seductores, pero incapaces de colmar el corazón humano y peligrosamente eficaces a la hora de destruir las bases mismas de una civilización.
Soy estudiante de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos. He colaborado como columnista en Ceuta Actualidad (Ceuta Ahora) y en EDATV, donde he escrito sobre cuestiones de actualidad política, social y cultural.
Como católico, siento una especial inquietud por nuestro papel en la vida pública, la filosofía, la moral y el humanismo cristiano. A través de mis artículos, busco reflexionar sobre los desafíos de nuestro tiempo desde una perspectiva que sitúe la dignidad de la persona y los principios éticos en el centro del debate público.
