
Vivimos en tiempos de creciente división social, una realidad imposible de ignorar. Más allá de las discusiones que puedan llevarse a cabo a través de las redes sociales, considero que este fenómeno, especialmente en el ámbito de la comunicación, debe ser abordado con seriedad y rigor en un artículo de opinión que, dentro de sus límites subjetivos, busque al menos mantener la neutralidad, algo que yo mismo voy a intentar. En un contexto tan polarizado como el nuestro, emergen tres perfiles claramente diferenciados: propagandistas, agitadores y periodistas de raza.
La profesión periodística atraviesa una crisis profunda, un deterioro con múltiples responsables, en el que, lamentablemente, prevalece la búsqueda de audiencia, aplicándose el “todo vale para petarlo” por encima del compromiso de exponer ante los espectadores las injusticias que acontecen en nuestra sociedad, con todo lujo de detalles, sin obviar nada ni a nadie.
Sin lugar a dudas, los primeros culpables de esta situación son aquellos que permitieron la entrada del intrusismo en periódicos, radios y televisiones, brindando cobertura a individuos trepas sin formación, escrúpulos ni principios que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, se limitan a lanzar una serie de proclamas para beneficiar a alguien, casi siempre vinculado con la política.
A esas ‘altas esferas’, cuya bandera es multiplicar los billetes y no la honradez, quiero manifestarles lo siguiente: muchas gracias por haber creado un monstruo que, además de devorar la credibilidad de los medios en general, ha fomentado que los españoles vean la profesión periodística como la porca miseria, en vez de una gran herramienta de comunicación por la que apostar. Luego, unos y otros terminaremos quejándonos de que los youtubers nos comen la tostada. Por algo será.
Tras una breve -según se mire- crítica a los mass media, ahora sí que veo el momento de analizar los distintos perfiles existentes dentro de los medios de comunicación. Aunque a simple vista parezca que desempeñen funciones semejantes, lo cierto es que no todas las estrategias entre ellos son iguales.
El primero y más abundante en las tertulias de radio y televisión es el propagandista. Resulta ser el típico que, directa o indirectamente, saca tajada de una formación política; unas veces en forma de emolumentos y otras, obteniendo exclusivas o entrevistas para difundir en sus medios. Por norma general, su conducta es la de alguien educado que mide cuidadosamente cada declaración que realiza. Aparentemente, lo tiene todo bajo control porque tiende a estar protegido por el paraguas de un determinado partido político.
Toda formación cuenta en su haber con una amplia agenda de propagandistas que, por puro interés partidista -nunca mejor dicho-, sacarán provecho por ella. Este perfil es lo equivalente al RR.PP. de una discoteca: alguien que jamás hablará mal de quien le beneficia, aunque las pruebas “lo incriminen”. La lealtad recíproca que se profesan es bastante interesada, ya que ambas partes siempre salen beneficiadas… aunque sin obviar un pequeño gran detalle: periodistas, intrusos o no, los hay a patadas dentro de la profesión, mientras que partidos políticos dispuestos a ofrecer informaciones relevantes se cuentan con los dedos de una mano.
El segundo perfil es el de los agitadores. A diferencia de los propagandistas, a los agitadores todo les da absolutamente igual. El fin justifica los medios. Si hay que atentar contra su propia imagen o la de terceros diciendo o haciendo algo para asegurarse un hueco en medios importantes, lo harán sin ambages. Su objetivo prioritario es generar la suficiente polémica para convertirse en tertulianos y así ganar, en una semana de colaboraciones, tanto o más que lo que percibe un trabajador promedio en un mes. Este tipo de perfil, carente de escrúpulos, no mide sus palabras ni su comportamiento, ya sea frente a las cámaras, detrás de ellas o a través de las redes sociales.
Asimismo, los agitadores son los típicos intolerantes que, con poco que discrepes de sus análisis o manera de pensar, responden con insultos, que terminan siendo su seña de identidad; y eso cuando no exteriorizan de buenas a primeras un lenguaje no verbal cargado de agresividad. Por desgracia, este perfil -que debería estar alejado del mundo de la comunicación- lo tenemos demasiado presente; son pocos, pero hacen el suficiente ruido… y casi siempre por culpa de aquellos que deciden compartir contenidos que los tienen como protagonistas, unos por adoración y otros por ‘despotricación’.
Honestamente, considero que estos personajillos de dibujos animados son bastante mediocres, cuyo ego desmedido terminará llevándolos al ostracismo, víctimas de su propia hemeroteca, la que ellos mismos se han labrado. Porque sí, en el mundo de la comunicación, torres más altas han caído… y más aún cuando no se trata de periodistas competentes, sino de agitadores absolutamente kamikazes.
Y el tercer y último perfil es, sin duda, el más admirable de todos, el que se encuentra en peligro de extinción: el periodista de raza, en mayúsculas. La personalidad arrolladora que posee lo hace auténtico. Tiende a ser humilde y nada populista. A este tipo de periodista no le cuesta manifestar posturas políticamente incorrectas, aunque con esa incorrección se arriesgue a perder contratos de trabajo o fuentes de gran envergadura. Ama el periodismo ciudadano con todo su esplendor y es el típico que no mira por encima del hombro a nadie.
A los periodistas de raza, aquellos que llegan a la profesión más tarde o más temprano, pero siempre por méritos propios, se les admira y se les odia a partes iguales, dependiendo de quién los mire. Su psicología es brillante y saben qué decir y cómo decirlo para lanzar zascas certeros a sus detractores, sin recurrir a vulgaridades y, en muchas ocasiones, tirando de sentido del humor. El fuego amigo, en su ámbito, a veces puede ser incluso peor que el enemigo… y ellos lo saben. Tanto sus formas como su vestimenta son impolutas, porque la imagen, en un medio de comunicación y en todas sus facetas, importa.
Eso no quita que estén exentos de tener días malos, como cualquier otro profesional de cualquier ámbito; al fin y al cabo, los periodistas de raza también son humanos y pueden equivocarse. Pero nunca lo harán con fines interesados, sino por convicción, como consecuencia de que alguien pudo fallarles al transmitirles una información. Aunque pase lo que pase, siempre serán honestos con la gente que ha depositado su confianza en ellos, dedicándose a luchar -por encima de cualquier otro interés- por lo justo, lo correcto y por la dignidad de esta profesión llamada periodismo.
En definitiva, entre los tres perfiles abundantes en el mundo de la comunicación, lo que me queda por decir es que los dos primeros están movidos por la codicia, y el tercero, por amor a una vocación que ejercen en favor del prójimo. Por cierto, ¿recordáis el reto que me propuse al comenzar este análisis: intentar ser, como mínimo, neutral? Creo que, finalmente, he conseguido mantenerme dentro de la imparcialidad, al no hacer mención alguna de izquierdas ni de derechas. Porque para opinar sobre asuntos de actualidad constante, ya habrá días en el calendario.
Periodista bilbaíno a jornada completa, anteriormente locutor en Cadena SER Miranda y al mismo tiempo articulista en diversos medios digitales. Amante del gimnasio y la naturaleza a tiempo parcial.
“Si tú no trabajas por tus sueños, alguien te contratará para que trabajes por los suyos”
-Steve Jobs.
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