
España se ha despertado con una noticia que pesa más que sorprende: Sidenor, una de las grandes del acero, está siendo investigada por haber exportado material a empresas vinculadas con la fabricación de armas en Israel, a pesar del embargo decretado por el Gobierno. Y, como siempre, todos se llevan las manos a la cabeza, como si nadie supiera que los negocios, a veces, son más flexibles que el propio metal que producen.
El caso tiene algo de paradoja nacional: un país que presume de ética exportadora, pero confía en que la moral no pase por aduanas. La pregunta es inevitable: ¿cómo se conjugan los principios con los balances trimestrales? Muy fácil: se exhiben los primeros y se cuadran los segundos. Porque nadie fabrica armas -solo acero-. Nadie dispara -solo vende materia prima-. Nadie viola embargos -solo los interpreta-. Así, entre matices técnicos y declaraciones prudentes, el negocio sigue avanzando, mientras la indignación pública se recicla con la misma facilidad que el metal.
La ironía está servida: España prohíbe vender armas a Israel, pero no los materiales que las hacen posibles. Como si el acero tuviera conciencia, como si el problema estuviera en el tornillo y no en la estructura. En realidad, lo que se oxida no son los metales, sino las líneas que separan la ética de la conveniencia. Y, como siempre, nadie sabía nada. La empresa, porque “cumplió con la ley”; el Gobierno, porque “actuará con firmeza”; y la opinión pública, que vuelve a enterarse de que el dinero, cuando se calienta, funde hasta las convicciones más sólidas.
Pero hay algo más que el titular no dice: las ventas de acero a industrias con posibles fines militares no son un accidente, sino la consecuencia de un sistema que mide la moral en términos de conveniencia y la ética en décimas de beneficio. Es decir, todo está perfectamente legalizado… hasta que no lo está. Y entonces llega la noticia, el escándalo momentáneo y los comunicados que prometen “medidas correctivas”. Mientras tanto, los engranajes siguen girando. Cada vez que alguien pronuncia la palabra “embargo”, hay otro buscando el párrafo que lo relativiza. Cada vez que un país promete transparencia, hay una cláusula en letra pequeña que lo pone en duda. Y así, el ciclo se repite, una y otra vez, como el acero que vuelve a fundirse.
No se trata de demonizar a nadie. Se trata de preguntarse qué tipo de país construye una economía que se escandaliza de las guerras mientras sigue alimentando su maquinaria. Una sociedad que condena con palabras, pero factura con hechos. Una sociedad que se indigna en titulares, pero sigue aplaudiendo, con el carrito de compra o la acción en bolsa, todo lo que le permite mantener su comodidad. Porque quizá el verdadero problema no sea que alguien haya vendido acero a quien no debía, sino que ya ni siquiera nos sorprenda; que lo aceptemos con ese gesto resignado con el que se asume lo inevitable; que la ética se haya convertido en un lujo y la conciencia en un adorno.
Mientras tanto, el acero sigue su curso: se funde, se moldea, se transforma… igual que los principios cuando el calor de los intereses aprieta. Cada tonelada que sale por el puerto es un recordatorio de que la coherencia puede doblarse, pero no desaparecer sin que alguien la observe. Porque el acero no se oxida, pero la conciencia sí. Y hay manchas que no se quitan con comunicados ni ruedas de prensa.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam






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