
Este artículo que escribo es diferente, porque esta vez no voy a hablar sobre política, ni de economía, ni de la sociedad, ni de ideologías ni de nada de eso. A veces aburre leer y escuchar lo mismo de siempre. Y creedme, os entiendo. A veces queréis algo distinto, algo que simplemente leáis y que no terminéis aburriéndoos leyendo, ni hablando ni escuchando. Y seguramente ni os interese, pero lo hagáis por estar entretenido y por dejar pasar el tiempo.
A mí me pasa. Y es por eso por lo que hoy, permitidme que decida extralimitarme de la opinión y use estas líneas para hablar sobre mí. Ojo, esto no será ninguna carta de presentación; simplemente quiero expresar lo que siento, lo que me gusta y lo que no me gusta. Si hasta ahora no os habéis aburrido leyendo esto, a pesar de solo llevar dos párrafos, entonces quedaos.
Me gusta hablar y sentirme escuchado. Hace tiempo que estaba tan en silencio que, durante el transcurso de mi vida, he decidido emplear mi silencio como mi mejor arma. De hecho, siempre la gente me ha visto con un rostro serio, pasivo y tímido. Es por eso que uno acaba desarrollando su mejor virtud: la palabra. La forma de expresarla, la forma de interpretarla y la forma de usarla. Quizás por eso me gusta escribir tanto: poder usar un texto como método de dejar salir todo lo que tengo dentro, sin temor a hacerle daño a nadie. Porque claro, ¿a quién puedo hacerle daño si estoy escribiendo?
Me gusta escuchar, porque me siento útil por ello. Siento que soy partícipe de la conversación, porque presto mi atención y pongo detalle en cada palabra que sale de la otra persona. Esto sonará genérico y cliché, pero es un buen método para no dejarse llevar por cualquier cosa que no sea esa persona a la que se encuentra enfrente. Hoy en día, ¿quién es capaz de pararse un momento para escuchar y atender a esa persona que requiere de tu atención? Realmente muy pocos. Y eso me hace sentirme especial. Aunque no lo sea.
Me gusta sonreír. Y si alguien cree que sonreír es sencillo, sospechad de esa persona que no sonría, que seguramente no trame nada bueno. Me gusta sonreír cuando vale la pena. Aprendí que en los momentos difíciles es cuando más necesario es sonreír, sacar esa sonrisa y esa risa para dar muestra de que todo es posible. Sonreír cuando todo está bien es maravilloso. Pero sonreír cuando no está todo bien es aún más maravilloso, porque da garantía de lucha y perseverancia. De luchar contra la adversidad. De no rendirse jamás. Por eso me gusta sonreír.
Hay muchas cosas que me gustan, como la tranquilidad, la paciencia, el silencio, la sinceridad, la fe…, pero eso no quita que haya cosas que no me gusten. No me gusta la traición, no me gusta la mentira, no me gusta la ignorancia, ni tampoco me gusta hacer cosas que no quiero hacer. No me gusta sentirme obligado a hacer cosas por la satisfacción del ajeno, ni tampoco que me usen para su propio beneficio. Tampoco me gusta que no me digan a la cara todo aquello que jamás me dirían por cobardía. No me gustan las personas que no son auténticas, que no tienen espíritu ni personalidad. Porque esas personas, carentes de espíritu, jamás te van a corresponder con gratitud.
Alguno pensará que quién soy yo para hablar así. Pues yo soy yo. Y yo tengo un nombre, un apellido, una historia, un pasado, un presente y, quién sabe, si un futuro. Por supuesto que no a todo el mundo le agradará mi presencia ni mi personalidad. En el mundo somos 8.000 millones de seres humanos; es matemáticamente imposible caerle bien a todo el mundo. Ahora, también te digo: yo no busco agradar a todo el mundo. Si busco algo, primeramente, es agradarme a mí mismo para seguir aprendiendo y seguir siendo yo, al natural, sin tonterías y sin rodeos.
Para concluir, tan solo me queda decir que, si habéis llegado hasta aquí, enhorabuena. Porque continuaré escribiendo artículos de opinión, seguiré expresándome, seguiré usando la palabra para abrirme a todos vosotros. Muchas gracias, queridos lectores de Minuto Crucial y hasta la próxima.






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