
Hoy el corazón de la nación española se divide entre la ilusión, la tristeza y desesperación, y ante una clase política que sólo es capaz de demostrar lo más rastrero, indigno e insosportable del comportamiento humano en manos de auténticos desaprensivos, lameculos, estómagos agradecidos, muchos presuntos delincuentes y un panorama de futuro para muchos absolutamente desolador en lo social y en lo económico, por no hablar de aspectos como la seguridad o la integración.
La parte de ilusión arranca justo en estos momentos en los que se publica este artículo con el encuentro de cuartos de final entre España y Bélgica del que saldrá el semifinalista que tendrá que lidiar con Francia para alcanzar el sueño mundialista, retándose más que probablemente con Argentina, a tenor de lo que en muchos mentideros se comenta. Parece ser que la FIFA tiene un especial interés en que este equipo sea el vencedor del torneo mundial de fútbol de este año, y corren rumores de amaños, de preferencias en los arbitrajes y en acuerdos bajo la oscura visión de los despachos cerrados a cal y canto. Vamos, nada que hoy en día la ciudadanía de este país no sospeche de cualquier ámbito, donde lo que parecía ser se ha convertido en la pesadilla del sin duda.
Por otra parte, Almería, Andalucía y el resto de España contienen el aire con tal de no animar un fuego que en tierras de los urcitanos se ha llevado la vida de más de una decena de personas y que amenaza con crecer y avanzar sin que los servicios de bomberos puedan hacer gran cosa ante la sequía de los pastos, lo abrupto del terreno y las condiciones climatológicas en las que el aire empuja sin piedad las llamas. Y hasta en ese ámbito, en el de la desgracia, políticos no han tenido el menor aplomo en no medir sus palabras, destacando, como no, el destacado punto desmesurado, hiriente y zafio del ministro que todo pretende arreglarlo a base de cañonazos. Toso, menos los asuntos que incumben a su ministerio, donde todo es un absoluto desastre. Súper Puente contesta al portavoz del PP Tellado llamándolo “pedazo de sinvergüenza” simplemente porque aquél ejerció su derecho de opinión sobre la gestión que el Gobierno pudiera estar haciendo en tierras almerienses con el comentado incendio. Una vez más, al debate práctico, efectivo y necesario de contrarestar con pruebas se impone el discurso del insulto, más propio del “paletolítico” que de una sociedad avanzada y democrática como los españoles defendemos que sea la nuestra. Luego dicen que no es verdad que vamos retrocediendo…
Curioso es, no menos, que observar la indignación del ministro por una opinión que la oposición tiene derecho a ejercer, y la forma en la que la expresa y su respuesta a los múltiples casos de presunta corrupción que le rodean y ante los que salió en defensa de imputados e imputadas y hasta atacando, una vez más, e insultando y desprestigiando a medios de comunicación, jueces, oposición y votantes de la misma. Y es que el rasero que se mide en política no es sino la de la defensa de los propios intereses que coinciden con las siglas que los sostienen. Así se defiende lo indefendible, y a cualquier precio, demostrando, como lo está haciendo este Gobierno y el propio Presidente Sánchez, que se puede llegar a un nivel de indignidad política y de cinismo tal que hasta los propios llegan a acostumbrarse y verlo como algo normalizado.
No, la normalización de este estado de cosas, de la aceptación de la presunción de la corrupción, máxime cuando hay tantísimas pruebas expuestas de su existencia, cuando se han demostrado tantísimos movimientos y conexiones entre ellos y, sobre todo, cuando están demostrando tantas varas de medir, como el hecho de denunciar al delator o colaborador con la justicia, el también imputado y condenado Aldama, y no denunciar o personarse en algunas causas o no dirigir los ataques a alguien que se ha demostrado que se presentaba como representante del mismísimo PSOE y del Gobierno de Sánchez, que se ha demostrado que interpuso por delante sus relaciones con ministros, con fiscalía, con el mismísimo Presidente o con las altas esferas de la Guardia Civil, no haya recibido sino las mínimas críticas y ni una sola denuncia por difamación, supone un auténtico escándalo democrático.
Miren, de haber implicación de gran parte del Gobierno en todos los movimientos descubiertos de las cloacas del PSOE, estoy seguro que muchos de ellos no serían ni responsables y, posiblemente, no tendrían conocimiento directo de lo que estaba ocurriendo. Esto, desde mi versión aún buenista. Eso sí, que con todo lo que ha caído y lo que queda por saber aún se atrevan a defender lo indefendible, a subirse al carro de la presunción de inocencia que jamás han abanderado cuando las causas han afectado a la oposición (y si no, que se lo digan a la pareja de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso), da más que pensar; resultan en una angustia estomacal insoportable de sufrir, en una impotencia absoluta ante la incapacidad de poder decir a más de uno o una a la cara aquello de “si no te lo has llevado calentito de la trama te lo sigues llevando bien templado al seguir ocupando tu puesto a base de cubrir a los responsables, de ocultar la verdadera respuesta ante los datos conocidos» o, como no, “atajo de irresponsables, tumbas blanqueadas por la presunta cal de una ideología que abandera solo aquello que le interesa, pero que lo hace no con fin de solucionar problemas, sino de propiciar conflictos que luego seguir resolviendo, nido de víboras, vividores, lameculos, indignos…”. Esto, como mínimo.
Pero lo más sorprendente es la creación por parte de estos elementos de la estructura propagandística, de los discursos que esconden estas realidades bajo de nuevo la cal de un buenismo que no es tal, y así lo demuestran los intereses interpuestos, las luchas fratricidas internas, o el análisis coherente de las decisiones y sus verdaderas consecuencias. Y se extrañan que se llegue a la conclusión de que tanto el proceso extraordinario de regularización como la nacionalización por la ley de nietos tenga como fin manipular el censo electoral… y lo hacen aquellos que tragaron con papel de fumar unas elecciones internas en las que presuntamente hubo un tongo más que claro, o aquellos que saben que el precio de que Sánchez está en el poder jamás se podría hacer público porque acabaría destruyendo lo poco que está dejando de un partido socialista cada día más desacreditado.
En definitiva, sólo se me ocurre una palabra para definir educadamente lo que han hecho y lo que siguen haciendo con este maravilloso país. Son unos “indignos”.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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