Matar al mensajero

Cuando el periodista estadounidense Gary Webb se enfrentó en 1996 a la cruenta realidad de que existían conexiones entre la CIA y la venta de drogas mediante la cual se financiaban, entre otras cosas, las armas de los terroristas de la Contra nicaragüense, se encontró con que el problema era él y había que eliminarlo. Ocho años más tarde, era encontrado muerto con dos tiros en la cabeza. Y, aun así, trataron de justificar que los dos tiros se los había dado él mismo de forma consecutiva.

Válgame esta historia, contada en el cine en 2014 por el prolífero director norteamericano Michael Cuesta, para destacar la importancia de la integridad y la verdad, y el precio que debemos pagar los que siempre vamos a defenderla. El largometraje deja claro que el miedo es enemigo de esa verdad y que quiénes lo infringen, suelen estar en el poder o se identifican con él.

Empoderamiento, esa expresión tan del discurso de los estudios de paz y tan aplicado a situaciones en las que la guerra y el enfrentamiento de aquellos que tienen el poder lo ejercen con esa superioridad que da estar por encima de todos y todas, hasta del bien y del mal.

Pero Webb no era un ciudadano más, era periodista. Manejaba la información y pertenecía a ese cuarto poder que tanta tendencia tiene a arrodillarse ante los ambiciosos del poder político… Nunca gratis, por supuesto, pero muchas otras veces por miedo. Él no lo hizo y pagó el precio que le pusieron los poderosos.

En España cada vez hay menos interés por ocultar esas ansias de silenciar, de acallar, de doblegar a través del poder y el miedo, a través de la imposición de discursos, de acabar con los debates políticos y, en definitiva, matando a los mensajeros; a aquellos mensajeros que transitan una información que es incómoda para los poderosos de Moncloa, para aquellos que ahora están en el Gobierno.

Acallar voces, amenazar, amedrentar y querer controlar a los medios y a las personas discordantes, ha sido y es uno de los objetivos prioritarios de una parte de este Gobierno, especialmente del Presidente, Pedro Sánchez, la Vicepresidenta primera, Carmen Calvo, el Vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, la Ministra de Hacienda, María Jesús Montero, y hasta en no pocas ocasiones (sorprendentemente), del mismísimo Ministro de Justicia, el señor Marlaska, a tenor de sus expresiones y comportamiento.

A la cabeza de esta caballería, están Pablo Iglesias y sus secuaces. Políticos que actúan en redes sociales y como brazos políticos de aquellos a los que les gusta lamer el poder de turno como protagonistas mediáticos en mesas de presuntos debates, casi siempre dirigidos y orquestados, y en los que en ocasiones, hasta el presentador (véase el caso de Antonio García Ferreras) sabe lo que le van a contestar antes de preguntarlo.

Ya en 2014, el vice de todo y primero en la sombra (y en las sombras también), alentaba a que los medios de comunicación tuviesen control público. Pero su mensaje más locuaz, en relación a lo que me trae a escribir estas líneas, lo dijo en 2013 cuando expresó que «el periodismo es un arma que vale para disparar. Punto. Ya está». Todos sabemos cómo piensa Iglesias y lo que él cree que debe hacer si alguien le apunta; y cualquiera negaría que lo «ejecuta» perfectamente.

Muchos periodistas han sido objeto de los ataques de Iglesias, ataques a personas con una protección especial ya que representan esa «libertad de prensa», instrumento fundamental para entender el derecho de información tanto de los medios a informar como el de los ciudadanos a recibir esa información. Quizás uno de los casos más sonados ha sido el de Vicente Vallés.

Pero el miedo, el desprecio, el ostracismo y las amenazas, tienen otro perfil, el que indiqué en redes, que no se hace sino eco de las consignas goebbelianas del Ministro de información y propaganda en las sombras del Gobierno, el señor Iglesias, y que tanto encandila a Sánchez porque se ve reforzado con él y sus tácticas de control social. Si alguien se desmarca, es un fascista y un ultraderechista. Hay que matarlo en redes, hay que callarlo, denunciarlo, oprimirlo en lo personal por sus ideas contrarias a los intereses del Gobierno.

Para ellos, la amenaza al sistema son Ciudadanos, el PP y VOX, que son el peor enemigo. La ultraderecha, así alimenta su discurso el del cabello largo y recogido, el mismo que no se esconde de fotos con la bandera de la sangrienta y exterminadora Unión Soviética a la que él rinde pleitesía.

Y mientras España se destaca en el mundo por ser el segundo país con mayor recesión, después de la Argentina de Maradona, Iglesias se ufana en dar aire y privilegios a partidos independentistas y a los terroristas a los que representan, en avivar odios y rencores o en rescatar inmigrantes y abrazarlos con la fuerza de los presupuestos sociales mientras que abandonan a la mala suerte de los propietarios de viviendas a aquellos que no tienen dónde vivir, en vez de instrumentar un enorme plan de vivienda social en España.

Al mismo tiempo, Iglesias se ufana en desprestigiar al castellano, negociar una Ley de Educación contra los derechos de padres y alumnos,  controlar al Poder Judicial (a pesar de que en 2017 su propio partido pidió una reforma que diera independencia al Poder Judicial) o acallar a la prensa, en matar al mensajero.

Estamos hartos de que nos digan no. También de las mentiras que, una tras otra, se deslizan en las comparecencias de unos y otras. Estamos hartos de que nos digan que quienes no piensen como ellos imponen van contra el Estado que ellos mismos venden en cada acuerdo para sujetarse a ese empoderamiento. Ellos y ellas siempre, como quién mira por encima del hombro, te dicen que si no piensas como te dicen que debes hacerlo eres un facha y, como tal, eres mensajero muerto.

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