Día lluvioso en Madrid. Estoy solo en casa, buscando alguna forma interesante de distraerme. Ninguno de mis amigos quiere salir; el tiempo no acompaña. Lo habitual sería poner una película y dejar que la tarde se escurra en silencio, o quizás navegar por Internet con la vaga intención de conocer a alguien que quiera hacerme compañía.
Sin duda, la segunda opción es la mejor: el deseo habita en mí desde hace rato, insistente, como si buscara una salida inmediata. Y, siendo sincero, no se me ocurre mejor manera de canalizarlo que encontrando a una mujer desconocida, dispuesta a desfogarse conmigo hasta altas horas de la noche.
En mi perfil aparecen varias sugerencias de amistad: hombres, mujeres y combinaciones de todo tipo. Pero yo solo busco mujeres; eso lo tengo claro. Que los hombres, si quieren experimentar, acudan a quienes estén interesados en ellos. Yo prefiero centrarme en las que realmente me atraen.
Entre tantas sugerencias, hay una que consigue dejarme prendado. Se llama Leila: aparentemente, una mujer de edad similar a la mía y de belleza escultural. El flechazo carnal es inmediato, y en cuestión de segundos le envío una solicitud de amistad. Necesito conocerla ya.
No tarda en responderme. Apenas pasan diez minutos cuando, a los quince, su nombre ya aparece en verde en el chat. Es el momento perfecto para empezar a dialogar por mensajes, con la intención de engancharla a mis redes.
Necesito entablarla conversación de manera cortés. Mi mensaje de entrada es un simple “hola” rodeado de rosas, seguido de un “gracias por aceptarme en tu entorno virtual”. ¿Su manera de corresponder a mi rompida de hielo? Un emoticono sonriente acompañado de un “gracias a ti”. La hora marcada por el reloj al inicio del flirteo: las 19:30, o lo que es lo mismo, las siete y media de la tarde.
La conversación va fluyendo durante horas, hasta llegar a las 23:00. Con cada minuto que pasa, nuestras conversaciones se vuelven más interesantes. Sus mensajes y los míos muestran a dos personas completamente receptivas, deseando explicarse sobre las distintas cotidianidades que trae la vida.
Tanta afinidad hay entre nosotros que media hora más tarde del amago de flirteo terminamos intercambiando nuestros números de teléfono. La cosa no pinta nada mal: desde que acepta la interacción hasta el momento de darnos los móviles, no han pasado ni tan siquiera cinco horas. Por el momento, ella parece muy receptiva a mantener una posible amistad virtual.
Por la información que se dedica a darme, puedo asegurar que he acertado al suponer que ronda mi edad: tiene 26 años, apenas unos pocos menos que yo. Su modus vivendi consiste en estudiar enfermería a distancia, algo que combina con trabajar como teleoperadora los fines de semana. Con respecto a su situación sentimental, está emparejada a distancia: su novio viaja constantemente por motivos laborales, dando conferencias una tras otra, mientras ella vive sola en un piso de alquiler.
En cuanto a sus rasgos físicos, tiene el pelo negro como el azabache con mechas cobrizas, algo que puedo apreciar en sus instantáneas. Destaca su fotogenia, sobre todo cuando en las fotos muestra su sonrisa: los anunciantes de dentífricos se la rifarían. Y en cuanto a la distancia entre nosotros… apenas dos kilómetros, un detalle que me genera morbo, porque hace viable un encuentro presencial.
Ya son aproximadamente la 1 de la madrugada. Los textos empiezan a quedarse cortos para mantener la interacción, así que decidimos intercambiar los números de teléfono. Su curiosidad por escuchar mi voz es evidente y, por supuesto, la mía es recíproca. Ella no sabe lo que le espera: mi don de palabra, combinado con mi tono sensual, puede mover montañas.
El plan continúa avanzando, y la posibilidad de vernos en persona se vuelve cada vez más real. Decido que sea ella quien rompa el hielo, marcándome primero. Siempre pienso que, si una mujer percibe demasiado interés, pierde atractivo; debo esperar. Apenas pasan diez minutos y suena mi teléfono: la guerra psicológica sobre quién dará el primer paso la gano yo. ¡Genial!
Al descolgar, por fin escucho su voz: tan dulce como seductora, risueña cuando es receptiva. Ya son las 3 de la madrugada cuando le propongo la mayor locura: encontrarnos en persona, en ese mismo instante. Contra todo pronóstico, accede. Nos despedimos y acudimos al punto que ella indica, con puntualidad exigida por ella.
Nada más llegar, la encuentro sentada en un banco. En fotos es despampanante, pero en persona… multiplicado por mil. Lo que al principio son charlas confidentes se transforma en flirteo, y en segundos nos damos nuestro primer beso. Al cruzarse nuestros labios, el éxtasis del momento se prolonga hasta convertirse en excitación. Leila me señala su portal: estamos a escasos metros de su casa, y lo bueno está a punto de comenzar.
La atracción mutua se percibe en el ambiente. Ambos estamos tan fogosos que, en minutos, nos encontramos desnudos, y la situación de ser dos desconocidos le da un plus de morbo. Leila tiene un trasero respingón y una delantera de infarto. Observar cada rasgo sin prenda alguna aumenta mis deseos. No dejamos postura fuera de nuestra exploración. La pasión habla por sí sola, y el lenguaje no verbal de nuestros cuerpos y miradas hace el resto. Nuestro deseo, placer y gozo se entrelazan; regulamos la tensión sexual en cada acto que iniciamos.
La noche, entre respiraciones aceleradas y una entrega que ninguno quiso frenar, se nos escapó. El tiempo dejó de existir; solo importaba la intensidad que habíamos desatado sin preverlo. Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las ventanas, comprendimos que logramos llevar el encuentro hasta el límite. A las siete, con su mirada aún prendida en mi memoria, decidí emprender el camino de vuelta a casa. Lo que nació como una tarde virtual terminó convertido en una experiencia tan inesperada como imborrable.
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