
Tú estudias. Te sacas una carrera o dos. Te dejas las pestañas en másteres, idiomas, prácticas y certificados que no valen ni para abanicarse. Y, justo cuando crees que estás lista para aportar algo al mundo, el sistema te sonríe y te dice: «Ahora sí, a ganarte el derecho a existir. A nuestra manera. Y, si te rompes, no hagas ruido». Bienvenido a la trampa. Bienvenida al circuito de resistencia psicológica más cruel jamás diseñado con apariencia de legalidad: las oposiciones. ¿Creías que ya habías demostrado algo? Error.
Aquí no importa tu experiencia, ni tus títulos, ni tu talento. Lo único que cuenta es que aprendas a encajar normas absurdas sin rechistar. Que repitas como loro, memorices como autómata y resistas como si tu vida dependiera de ello. Porque, de hecho, depende. ¿Quién eres tú para querer vivir de tu vocación sin pasar antes por este túnel de tortura mental con revestimiento administrativo?
El proceso es perverso, pero elegantemente disimulado. Saca cinco bolas al azar de entre 71 temas enciclopédicos. Añade una docena de problemas dignos de un doctorado técnico. Remátalo con una programación didáctica que podría competir con una tesis… y que a nadie le importa de verdad. Todo sazonado con un tribunal que puede valorarte en función del día que tenga, el desayuno que haya tomado o si le recuerdas a su ex. ¿Objetividad? Eso no entra en convocatoria.
Y, si no es esa tu oposición, tranquilo, hay muchas variantes del suplicio: las que exigen saberse la Constitución al detalle, pero redactan las preguntas con trampas lingüísticas, doble sentido y mala leche institucional; las que penalizan el error más que premian el acierto; las que preguntan sobre leyes que cambian cuatro veces al año, pero tú debes saber en qué versión están el viernes a las 11:45. ¿Preparación o sabotaje encubierto?
Mientras tú estudias como si te fuera la vida en ello… la vida, efectivamente, se te va. Duermes mal. No tienes ingresos estables. Tu autoestima se pulveriza con cada “no apto” escupido con desgana. Y te vuelves dependiente emocional de un sistema que te niega el pan, pero te da esperanza… de que, quizás, la próxima vez, sí. Un síndrome de Estocolmo con temario. ¿Y la experiencia laboral? Marginal. Si llevas años trabajando, si sabes de verdad lo que se necesita… enhorabuena: no sirve de nada. Aquí se parte de cero. Porque lo que cuenta no es lo que sabes hacer, sino si puedes aguantar más que el resto, encerrado en una habitación con subrayadores de colores y taquicardias.
Y, si apruebas… pero no entras, aún hay premio: serás interino. Te llamarán tarde, te echarán pronto, te enviarán al quinto infierno por seis meses y te tratarán como si fueras de papel. Cobra, aguanta y agradece. Porque, si te quejas… hay 12.000 detrás dispuestos a ocupar tu sitio. Y, por supuesto, no olvidemos la puerta trasera. Esa de la que nadie habla, pero por la que entran los mismos de siempre: los de apellido, conexiones o favores acumulados. Los intocables. ¿Y tú? Tú te miras al espejo y dudas. ¿Será que no valgo? ¿Será que no soy suficiente? No, tú vales. El sistema es el que no. Está diseñado para agotarte. Para dividirte. Para que sientas que el problema eres tú. Así no molestas. Así no protestas. Así no piensas.
¿Hasta cuándo? Hasta que empieces a hablar. Hasta que dejes de callar por miedo al tribunal, a la nota, al qué dirán. Hasta que entiendas que esto no es una prueba de capacidad: es una escuela de obediencia. Y tú no naciste para obedecer. Que se entere el sistema: la vocación no se demuestra rompiendo a la gente. La vocación no debería doler. Y, si duele, al menos que sea para sanar algo… no para perpetuar esta trampa perfecta.
Querido opositor: este artículo no es para criticarte, ni para darte lecciones. Es para que no te sientas solo. Para que sepas que no estás loco por sentir rabia, agotamiento o frustración. Para recordarte que hay una vida más allá de esta rueda y que, si decides seguir, que sea con la cabeza alta y no con el alma rota. Porque aprobar no te define. Resistir en este sistema ya es una victoria. Pero romperlo… eso sí sería un mérito. Y ya va siendo hora de dejar de agradecer las cadenas.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam




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