Diez euros al mes: Alemania enseña a ahorrar desde la infancia

Esta mañana, mientras desayunábamos, mi marido -apasionado de la economía y de esas conversaciones que empiezan en casa y acaban llevándote lejos- me dijo algo que me hizo sonreír:
“¿Sabes que en Alemania ya están invirtiendo en la jubilación de los niños?”

No era una noticia alarmante ni un titular diseñado para asustar. Era una de esas ideas que te obligan a pensar sin prisa, pero con una extraña sensación de orden. Quizá por eso se me quedó rondando.

Desde este comienzo de 2026, Alemania ha puesto en marcha un programa sencillo y, precisamente por eso, poderoso: cada niño en edad escolar recibe diez euros al mes en una cuenta individual destinada exclusivamente a su futura jubilación. Una aportación exenta de impuestos, pensada para permanecer intacta durante décadas y con un objetivo tan sobrio como ambicioso: normalizar la educación financiera desde la infancia.

Hay decisiones políticas que no buscan el aplauso inmediato, sino algo mucho más escaso hoy en día: tiempo. Esta es una de ellas.

Europa envejece. Nacen menos niños, vivimos más años y el equilibrio entre quienes trabajan y quienes se jubilan se va tensando de forma silenciosa. En Alemania, los datos llevan tiempo avisando: en poco más de una década habrá más de veinte millones de jubilados, mientras la población activa no crece al mismo ritmo. En lugar de dramatizar, han optado por algo poco habitual: anticiparse con calma.

La iniciativa, conocida como Kinderstartgeld, no sustituye ni cuestiona el sistema público de pensiones. Lo acompaña. Lo refuerza. Y lo hace con una lógica casi doméstica: si el tiempo es el mayor aliado del ahorro, empezar pronto no es exagerar, es cuidar.

Cuando lo pienso, me imagino a esos niños dentro de veinte o treinta años, descubriendo que alguien pensó en ellos cuando apenas entendían el mundo. No como una obligación, sino como un primer gesto de previsión heredada.

Cada menor de entre seis y dieciocho años recibe esa aportación mensual del Estado, que solo podrá utilizarse al llegar la jubilación. El objetivo es doble y profundamente humano: acercar a los jóvenes a la idea de previsión y normalizar la relación con el dinero sin miedo ni urgencia, incluso antes de que exista una vida laboral.

El canciller Friedrich Merz lo resumió con una frase tan sencilla como reveladora:
“Nuestra previsión de jubilación debe estar diseñada de manera justa entre generaciones.”

No habla de sacrificios ni de renuncias. Habla de equilibrio. De cuidarnos unos a otros a lo largo del tiempo.

Las cifras acompañan al gesto: diez euros al mes, invertidos durante cincuenta años con un rendimiento moderado, pueden convertirse en una base de tranquilidad nada despreciable. No es una fortuna. Es algo mucho más interesante: seguridad sin épica.

El programa, además, invita a sumar: aportaciones voluntarias de las familias con apoyo del Estado, incentivos para quienes empiezan jóvenes y productos pensados para quienes priorizan estabilidad. Todo transmite una idea clara: planificar no tiene por qué ser angustioso, y puede incluso ser sereno.

¿Reduce esto la desigualdad? No la elimina. Pero igualar el punto de partida ya es una forma muy concreta de justicia.

La implantación es progresiva. En esta primera fase alcanza a cientos de miles de niños; en los próximos años, a millones. No es un gesto improvisado. Es paciencia institucional, algo cada vez más raro.

Y aquí quiero ser sincera: lo más inspirador no son los números, sino el mensaje. Que el futuro puede pensarse sin miedo. Que la jubilación no tiene por qué ser un tema incómodo. Y que los pequeños gestos sostenidos dicen mucho más que las grandes promesas.

España, como tantos otros países, comparte este desafío. Nuestro sistema público se ha reforzado, pero también necesita previsión, adaptación y una mirada larga. Esta historia recuerda que aprender de otros no es copiar, es observar con humildad.

Diez euros al mes no hacen ruido.
Pero dicen mucho.

Dicen que el futuro no se improvisa.
Y que, a veces, la tranquilidad empieza sabiendo que alguien pensó en ti antes de que lo necesitaras.

Y si esta historia acompaña, no es por los números ni por el diseño del programa, sino por lo que sugiere en voz baja: que pensar a largo plazo no es una renuncia, sino una forma discreta de cuidado. Que el futuro puede construirse sin épica y sin miedo, con pequeños gestos sostenidos en el tiempo. A veces todo empieza así: con una conversación tranquila en casa, compartida con alguien que te inspira y te recuerda que prever también es una forma de querer

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