La gran unificación: estrategia electoral o espejismo electoral frente a PP y Vox

La idea de la “unificación de la izquierda” como fórmula para frenar a Vox y al Partido Popular se ha convertido en uno de los ejes discursivos más repetidos del actual ciclo político. En ese marco, Gabriel Rufián ha desempeñado un papel central como generador de relato: no solo interpela a sus adversarios, sino que tensiona públicamente a su propio espacio ideológico, planteando la unidad como imperativo estratégico. Desde su posición en Esquerra Republicana de Catalunya, su mensaje pivota sobre una tesis clara: la fragmentación penaliza, la cohesión suma y el bloque progresista solo puede competir si actúa como un actor coordinado frente a la derecha consolidada.

El planteamiento tiene coherencia dentro del sistema electoral español, donde la dispersión del voto en determinadas circunscripciones reduce la eficiencia parlamentaria. La lógica es aritmética: integrar bajo un paraguas común a fuerzas como Sumar, Podemos y otras formaciones territoriales permitiría maximizar escaños y reducir pérdidas por división. Sin embargo, la ingeniería electoral no equivale automáticamente a cohesión política real. La suma de siglas no neutraliza divergencias programáticas en materia fiscal, territorial o institucional; tampoco elimina disputas de liderazgo, culturas organizativas distintas ni estrategias diferenciadas respecto a la relación con el Estado. Presentar la unidad como solución integral simplifica un ecosistema donde confluyen intereses territoriales, sensibilidades ideológicas y agendas propias.

A ello se añade el factor narrativo. La unificación no se expone solo como una táctica, sino como una obligación moral ante el avance de la derecha. Este encuadre desplaza el debate interno hacia la disciplina y reduce el margen para la crítica estratégica. La polarización actúa como catalizador: cuanto más se enfatiza el riesgo de un gobierno de PP y Vox, más se refuerza la necesidad de cerrar filas. Sin embargo, ese mismo esquema binario puede consolidar la dinámica de bloques y alimentar la movilización del adversario. La política de antagonismo genera cohesión interna, pero también fija posiciones y estrecha el espacio de matices.

Existe además una dimensión territorial ineludible. ERC combina su influencia en la gobernabilidad estatal con una agenda soberanista propia en Cataluña. Esta doble vía introduce complejidad en la narrativa de unidad estatal: la coordinación para frenar a la derecha convive con proyectos nacionales que no necesariamente convergen en todos los ámbitos. La ambigüedad estratégica puede ser funcional en el corto plazo, pero plantea interrogantes sobre la profundidad y estabilidad de esa alianza en el medio plazo.

Cuando algunos sectores califican la promesa de unificación como “estafa”, el término se emplea en clave política, no jurídica: alude a la percepción de que se sobredimensiona el alcance de la medida. La coordinación puede optimizar resultados electorales, pero no sustituye la necesidad de renovar liderazgos, actualizar propuestas y responder a demandas sociales emergentes. Tampoco corrige automáticamente el desgaste de gestión acumulado ni la desafección de votantes que migran hacia la abstención o hacia opciones alternativas.

En definitiva, la unificación aparece como una estrategia racional dentro del tablero parlamentario, pero no como una garantía estructural de victoria. La aritmética suma; la política exige algo más: proyecto compartido, coherencia programática y credibilidad sostenida. El debate no reside en si coordinarse es útil —lo es en términos tácticos—, sino en si esa coordinación responde a una visión común de país o se articula principalmente como reacción frente al adversario. La diferencia entre ambas aproximaciones marca la distancia entre una alianza estratégica sólida y una expectativa que, si no se materializa en resultados tangibles, puede erosionar la confianza del propio electorado.

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