
Hartos estamos muchos del cinismo de muchos políticos que se contradicen en sus relatos, en sus opiniones y en sus acciones o apoyos a una u otra acción legislativa dependiendo de los intereses de su partido y, en ocasiones, la mayoría, dependiendo de sus propios intereses. Por supuesto que en la mente colectiva aún resuenan las promesas pre electorales de P.S. cuando afirmaba, con rotundidad, que jamás pactaría con PODEMOS o con Bildu. Lo que ocurrió después de saberse los resultados todos lo sabemos. Pero no es nada alejado de cuando él y su partido apoyaron al Gobierno de Rajoy aplicando el 155 por lo sucedido en el 1 O en Cataluña. Después, se desdijo de su frentismo contra el relato catalanista cuando necesitó del apoyo de estos, de los suyos para hacerle recuperar la secretaría general del PSOE y de los independentistas cuando necesitó sumar para conseguir los apoyos que derrotaran a un Partido Popular por aquél entonces sumido en casos de corrupción, y de especial relevancia, del caso Gürtel.
Posteriormente a esto, no sólo no dudó ni un segundo, sino que rebajó a mínimos la dignidad del Estado yendo a negociar con un huido de la justicia, Puigdemont, el apoyo de su investidura al precio que hiciese falta. Y si ese precio era destrozar las decisiones judiciales, conceder la amnistía y no dejar de hacer concesiones a Cataluña en nombre de aquellos que tienen como fin dinamitar el Estado español y separarse de él.
Todo vale, dependiendo de cuándo, cómo y, sobre todo, si de los intereses propios se trata. Si bien esto ha sido en gran medida una formula generalizada y continuada en los distintos gobiernos que hemos disfrutado o soportado, siempre existieron límites, no sólo atendiendo a una mínima decencia, sino también en la medida del aguante de una sociedad que hoy en día parece abducida por el espíritu de la tolerancia de un Zapatero que se encuentra imputado, junto a sus hijas y su secretaria, precisamente por, presuntamente, sobrepasar todos los límites de la decencia y de la legalidad. El cinismo ha llegado a tal punto que resulta insultante ver cómo hay gente que sigue justificando lo que ningún tipo de razón moral puede soportar.
Del sólo sí es sí al no es sí cuando yo lo diga y si no, pues sí y si sí, pues no, porque un Presidente del Gobierno tiene derecho a desdecirse, cambiar de opinión, mentir, manipular, chulear a la oposición, insultar a políticos de la oposición, a medios de comunicación, a periodistas, a jueces o a fiscales. El ego de estos personajes es tan alto que llegan a emular a la perfección verdaderas enfermedades mentales de libro.
¿Es que nadie se da cuenta, es consiente, de que quién es capaz de actuar de esta manera hace mucho, mucho tiempo, que ha perdido los límites y sería capaz de cualquier cosa, cualquiera, con tal de lograr sus intereses, bien de mantenerse en el poder, bien de crear una imagen, o intentarlo, de hombre de paz, mientras que negocia con verdaderos y salvajes asesinos, corruptos? Hace años que llevo escribiendo e insistiendo en estos artículos del verdadero peligro que se esconde detrás de las democracias modernas, pero muy especialmente en España, por las características de su población y su historia. Consentir y permitir que los partidos políticos engañen permitiendo una apariencia que no demuestran es entregar en las manos de un destino incierto los intereses de todo un país tan grande en historia de la propia humanidad como es España.
Zapatero y su entorno no dejan de caer en contradicciones en sus declaraciones, en sus justificaciones sobre las joyas que guardaba en la caja fuerte de su despacho del PSOE, sin saber que la documentación conocida hasta el momento es sólo una parte muy limitada de la que está en poder del juez que lo investiga. Cuando Calama decide imputar a un ex Presidente del Gobierno no lo hizo sobre conjeturas, sino con el pleno conocimiento y con las pruebas necesarias para determinar que demostrar su inocencia es prácticamente imposible. Y, a pesar de ello, Zapatero está cayendo en la trampa de exhibir sus mentiras, de ocultar la verdad, de seguir destrozando, aún más, los valores de un partido socialista que, ya lo dije hace años, Sánchez acabaría destruyendo.
Lo peor de todo esto no es lo que se sabe, sino lo que no ha salido. Y lo que no ha salido sospecho que puede ser tan dramático para los socialistas, para el conjunto de la izquierda de este país y para el conjunto de la ciudadanía que espero, y me pesa mucho decir esto, espero que no sea necesario conocerlo porque, como dije antes, hace mucho que se perdieron los límites; y da igual denominarse el más feminista por ser socialista y vivir obsesionado con una prostitución que se financia, presuntamente, con el dinero de todos los españoles que, con tanto sacrificio y con los índices más altos de fiscalidad de la historia de este país, entregan a estos piratas.
Lo mismo da acusar al otro de denigrar los servicios públicos mientras se lleva a RENFE a una situación límite, en la que descarrilan trenes, se demuestran mentiras en la mejora de vías y se producen retrasos y problemas con los trenes no sólo todos los días, sino a todas horas. Esto, por no hablar del estado de las carreteras.
¿Con quién o quiénes no serían capaces de mantener relaciones de interés si lo han hecho ya con los herederos políticos de una banda terrorista, si han hecho lo propio con independentistas, pero también con líderes de gobiernos criminales, que convirtieron a sus países en narco estados y asesinaron a opositores, los encarcelaron o les negaron los derechos humanos más fundamentales?
Ahora dicen que la justicia va muy rápida. Yo sin embargo, la veo y experimento más lenta que nunca porque jamás fue tan urgente como lo es hoy en día llegar al fondo de todo lo que ha pasado y todo lo que está ocurriendo, caiga quién caiga.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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