Sobre el complejo de inferioridad

Tras la visita del Papa a España, queda hacer balance: unos serios y otros más mundanos. Como no me considero una persona excesivamente seria, hablaré de moda, apariencias y complejo de inferioridad. La ropa utilizada por la reina y sus hijas para recibir a Su Santidad ha originado ríos de tinta en los mentideros de palacio.

Vamos al lío. Vaya por delante que las infantas nos han recordado a García Lorca y su Casa de Bernarda Alba debido al vestido negro de beata que lucían sus protagonistas. De acuerdo que el protocolo del Vaticano exija un color oscuro, falda por debajo de la rodilla y escote cerrado, pero de ahí a ir como dos abuelas de setenta años va un abismo.

En cambio, mamá iba de blanco, privilegio reservado para las reinas católicas, elegante, moderna, eclipsando a sus guapas hijas, que parecían las hermanastras de Cenicienta. Envejecer con dignidad es un arte, una aceptación del paso del tiempo, y asumir que tus hijas son más jóvenes y más guapas que tú es sano, pero el orgullo de madre se transforma en envidia y malestar si pierdes el primer puesto o crees que lo has perdido.

En el lado contrario tenemos a la hija de la infanta Elena, Victoria Federica, que iba también de negro, pero con un conjunto elegante y muy favorecedor. Ella no se viste según los criterios de mamá, ni su madre necesita eclipsarla. A todo esto, la reina Letizia se ha declarado atea en múltiples ocasiones; incluso pasa de santiguarse. Sin embargo, ha querido acaparar todo el protagonismo al lado del Papa, en contraste con la reina Sofía, discreta, cercana, en su sitio.

Una lástima que España tenga, a día de hoy, dos familias reales por la soberbia de una advenediza. Porque la humildad es la virtud del que no se siente por encima de los demás ni necesita vestir a sus hijos como pordioseros para preguntar al espejo quién es la más guapa del reino.

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