
Debo ser de las pocas personas que todavía buscan un trasfondo ético en todo lo que atañe a la política de nuestro país. La visita del Papa León XIV a España no hace sino encender las alarmas sobre una sociedad, como la nuestra, sumida desde hace décadas en una profunda decadencia moral. Quizá tenga mucho que ver la desconfianza absoluta hacia este tipo de acontecimientos con la imagen que reflejan de aquello que cualquier persona detestaría.
No sé lo que pensarán ustedes, pero la imagen de un Pontífice en el Congreso de los Diputados, arropado por políticos cercados por la corrupción, resulta grotesca. No es la mejor estampa para un país que ve cómo el Gobierno de la nación profesa, en su día a día, todo lo contrario de lo que predica la Iglesia. Aunque, pensándolo bien, no debería sorprendernos: es el modus operandi de nuestra peor clase política, que corre a hacerse la foto con el Papa con el fin de desplegar una cortina de humo a sus espaldas, intentando tapar cómo la UCO, día tras día, se dedica a destapar todas las vergüenzas del propio Ejecutivo de Sánchez.
Ante semejante panorama, la pregunta resulta inevitable: ¿cómo es posible que el propio León XIV sea capaz de prestarse a este juego? Cuesta entender qué hace el máximo representante de Jesús en la Tierra y de la Iglesia católica validando con su presencia la desgastada imagen de la política española, sirviendo involuntariamente de maquillaje para un sistema que se encuentra completamente en descomposición.
Y, sin embargo, queridos lectores de Minuto Crucial, he de serles sincero: este Papa no me cae nada bien. Lo sé, a más de uno de los que se pongan a leerme puede resultarle incómoda tal afirmación, y puedo incluso llegar a entenderlo. Pero, ante el grave problema al que nuestro país se enfrenta con la inmigración, en concreto con aquella proveniente de naciones islámicas donde los derechos de las mujeres brillan por su ausencia, cuesta digerir que el pontífice aproveche su visita para lanzar un mensaje de sumiso acercamiento hacia esa misma religión.
Aún más sorprende que este mensaje del Papa vaya dirigido especialmente a las nuevas generaciones. Resulta contradictorio cuando hoy en día somos cada vez más los jóvenes, entre los cuales me incluyo, los que estamos acercándonos con convicción a la religión cristiana. Además, buscar un puente con el islam, precisamente cuando la juventud europea empieza a mirar más hacia Cristo que hacia Mahoma, es, a mi juicio, una tremenda incongruencia.
Detrás de las cámaras y los baños de masas, la realidad es otra. Por fuera presenciamos el idilio: multitudes congregadas, vigilias nocturnas y jóvenes compartiendo testimonios ante la sonrisa ensayada del Pontífice. Pero el decorado, al mirar el reverso de la moneda, se cae por completo. Ver a León XIV en el Congreso, mimetizado con el paisaje y pronunciando un discurso puramente político ante nuestra clase dirigente, revela la verdadera naturaleza de este viaje: es el triunfo de la fachada, una coreografía perfecta que pretende proyectar estabilidad y comunión, mientras que, por dentro, lo único que queda al descubierto es la radiografía de una institución desorientada y una sociedad profundamente enferma en valores.
Y, con todo esto, la función no ha terminado. El Papa todavía continúa en España y presiento que aún no hemos llegado al culmen de este baile de máscaras. Falta por ver si su itinerario acabará en Barcelona y si el Pontífice, cediendo al chantaje estético, terminará hablando en catalán para regocijo de los votantes independentistas, tal y como le reclamó la portavoz de Junts, Miriam Nogueras. Si llega a consumarse ese gesto, ya tendríamos la estampa más vergonzosa del siglo XXI en nuestro país: la imagen de León XIV prestando la voz de la Iglesia al servicio del relato rupturista.
En fin, aparcando por un momento el análisis crítico y, pese al amargo sabor de boca que deja esta visita de León XIV, es innegable plantearse que acontecimientos así no suceden todos los días. Al final, los jóvenes lo único que buscamos es un hilo de aliento de cara a un futuro devorado por la incertidumbre. Porque la precariedad laboral endémica, la asfixia financiera, la creciente inseguridad en nuestras calles y el miedo a no poder siquiera tener la oportunidad de formar una familia… todo eso está hoy muy por encima de cualquier oración y de cualquier máscara política.






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