
España se ha convertido en el único país del mundo capaz de transformar un insulto de internet en cuestión de Estado. No hay empleo, no hay vivienda, no hay soluciones, pero atención: hay un observatorio para controlar que nadie diga “Charo”. Prioridades de genios.
Un ejército de funcionarios se dedica a rastrear chats como perros trufados, buscando la aparición de una palabra que para la mayoría es una broma, pero que para ellos es el Santo Grial de la ofensa colectiva. Si la encuentran, apuntan, clasifican, redactan informes y se felicitan entre sí como si acabaran de descifrar el genoma humano. En realidad, solo han contado cuántas veces alguien ha dicho algo que no les gusta. Nivel intelectual: jardinera decorativa.
El observatorio no es progreso, ni igualdad, ni justicia. Es vigilancia cutre envuelta en moral barata. Es convertir la vida privada de la gente en un laboratorio de control lingüístico, donde lo que importa no es lo que se dice, sino que nadie se atreva a reírse sin permiso del ministerio. Cada euro gastado ahí es dinero tirado a la basura que podría ir a sanidad, educación o, como mínimo, a comprar una neurona para quien decidió esto. Pero no: se gasta en cazar palabras, como inquisidores digitales con burnout y ego frágil.
La obsesión es tan grotesca que da vergüenza ajena. Un país entero funcionando mal, y la institución encargada de “avanzar en igualdad” está ocupada mirando memes y contando chistes. Lo llaman “análisis sociolingüístico”. Se pronuncia “pérdida de tiempo delirante”. Y mientras la sociedad paga facturas, impuestos y frustración, esta maquinaria absurda produce informes tan relevantes como:
“Aumento del 7% del término Charo entre varones de 18 a 34 años”. Traducción: han espiado conversaciones privadas para justificar su sueldo. La explicación oficial es siempre la misma: “proteger a las mujeres”. Pero lo que están protegiendo es su puesto. Un puesto que vive de inventarse problemas, exagerarlos y perseguir palabras como si fueran delitos. Perseguir delitos reales requiere trabajo. Perseguir chistes requiere wifi y mediocridad.
“Operación Charo” es el retrato perfecto de una burocracia que no sirve para resolver nada, solo para controlar, censurar y justificar su existencia mediante paranoia ideológica. No hay Estado, hay secta. No hay gestión, hay histeria. No hay igualdad, hay censura aplicada por payasos con máster en victimismo. Lo más triste no es que exista este observatorio. Lo más triste es que nadie lo detenga, que se permita y que se financie como si fuera una prioridad nacional. Mientras tanto, el país se hunde, y quienes deberían salvarlo están ocupados espiando WhatsApps para detectar humor incorrecto.
“Operación Charo” no es una política pública. Es un experimento grotesco donde la estupidez institucional ha alcanzado la categoría de disciplina académica. La lucha no es contra la desigualdad: es contra la risa, contra la irreverencia y contra cualquiera que no acepte vivir bajo la tiranía de idiotas solemnes. Si este es el futuro, que alguien apague la luz. Porque no da miedo el poder: da miedo la incompetencia con poder.






Sí no se ocupan de lo importante tienen que ocuparse de tonterías