Óscar Puente: ministro del humo, el enchufe y el tuit barato

En España tenemos ministros para todo, pero Óscar Puente es un género en sí mismo: un híbrido entre community manager de tercera, cuñado de bar y gestor público que nunca llega a coger el tren… porque está averiado o descarrilado. Desde que Pedro Sánchez le regaló el Ministerio de Transportes, el país entero ha descubierto que la movilidad sostenible consiste en mover a los amigos de un sillón a otro y sostener, con descaro, un currículum más inflado que un globo de feria.

Puente presume de tener un “máster en Dirección Política” por la Fundación Jaime Vera. Lo malo es que la fundación no es una universidad, ni sus cursos tienen validez académica oficial. Vamos, que llamar a eso máster es como bautizar un cursillo de Excel de 20 horas como “Doctorado en Ciencias de la Informática”. Es un adorno de currículum que engaña a incautos, pero que suena muy bien en campaña electoral para aparentar lo que no es.

Su balance en el ministerio sería de risa si no fuese porque estamos enterrando a gente cuyo único pecado fue coger un tren de alta velocidad: vías que se rompen, muros que se derrumban y trenes que chocan contra grúas. Da igual si hablamos de alta velocidad, de larga distancia o de trenes de Cercanías.

Todos ellos son un vía crucis de averías constantes, retrasos que baten récords y usuarios que ya ni miran el reloj porque saben que llegarán tarde. Eso sí, Puente saca pecho de inversiones “récord”, aunque en la práctica se ejecuta la mitad y la otra mitad se queda perdida en papeles y promesas. España tiene más infraestructuras fantasmas que estaciones funcionales.

Donde no hay retrasos es en el tren de los enchufes. Amiguetes bien colocados en empresas públicas, nombramientos con aroma a pago de favores y un PSOE que sigue demostrando que lo de “igualdad de oportunidades” es solo para el cartel electoral. Puente lo borda: ha convertido el ministerio en una agencia de colocación de confianza. Incendios: cuando el ministro echa gasolina.

Este verano, mientras medio país ardía entre llamas y pueblos enteros eran evacuados, Óscar Puente se dedicó a generar polémica con sus comentarios, minimizando críticas y echando la culpa a otros. Su tono chulesco en plena tragedia fue tan inoportuno como ofensivo. O con la alerta roja por tormentas en la Comunidad Valenciana, su única ocurrencia fue bromear sobre dónde estaría el presidente autonómico. Un ministro de Transportes hablando de incendios o haciendo chistes como si estuviera en una taberna: eso sí que es movilidad, pero hacia la indignación colectiva.

Pero ojo, cuando hay una desgracia de la cual el responsable es él, no se le pueden pedir explicaciones; no hablo de bromear, como hace él ante catástrofes que se cobran víctimas, no. Estamos hablando de que se tendría que explicar cuando, en tres días, hay cuatro accidentes de tren, dos de ellos con víctimas mortales. No obstante, no se le pueden pedir responsabilidades porque eso es politizar las desgracias. Como suelen ser los socialistas: puño de hierro, mandíbula de cristal.

En realidad, el auténtico despacho de Puente no está en Castellana 67, sino en X, antes llamado Twitter. Allí gobierna con sarcasmos, insultos camuflados y un narcisismo de manual. Si invirtiera la misma energía en arreglar la red ferroviaria que en lanzar pullas digitales, hasta llegaríamos puntuales y de una pieza a casa.

En definitiva, Puente es el ministro del humo: el humo de los incendios, el humo de un máster que no existe, el humo de las promesas incumplidas y el humo tóxico de su soberbia en redes sociales. Todo, menos lo que debería ser: un gestor serio, fiable y competente. España no necesita un tuitero con coche oficial, sino alguien que garantice que el tren llegue a su hora y sin incidentes. Pero claro, eso requiere trabajar… y no basta con 280 caracteres.

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