Sánchez: el antifascista que fue al Vaticano a pedir autoridad moral

El presidente del Gobierno más laico que hemos tenido en los últimos tiempos en España ha encontrado en el Vaticano algo que ningún mitin conseguirá darle: autoridad moral. La pregunta que hay que hacerse no es si cree o no en el Papa León XIV, sino el motivo o la excusa por la que lo necesita. De hecho, hay una imagen que resume muchísimo mejor que cualquier editorial el estado de nuestra política en este año 2026: Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, cruzando el umbral del Vaticano para reunirse con el Papa. No, no es una imagen privada, sino una imagen construida al milímetro, destinada a circular y, como toda imagen política, no habla de fe, habla de poder.

Sánchez ha logrado edificar su proyecto político elaborando un relato muy concreto: España se encuentra en peligro, el fascismo llama a las puertas y él es el muro que lo contiene en nombre de la democracia. Es una narrativa efectiva, pero falaz, aunque electoralmente demasiado rentable, tanto que se ha dedicado a repetirlo en campaña con una cadencia casi litúrgica. A tenor de varios medios de comunicación, en más de trescientas ocasiones ha invocado la palabra “fascismo” para describir a su oposición. Esa es su marca, su combustible y su única razón de ser.

Sin embargo, este mismo presidente ha sentido la necesidad de viajar a Roma para sentarse frente al Pontífice y de que exista una foto con la máxima autoridad cristiana. Ahí radica la contradicción que merece ser analizada con calma, sin el estrépito del ciclo informativo, porque esto apunta a ser algo más profundo que una simple hipocresía individualista. Lo veo como la excusa necesaria para perpetuarse en el poder.

La religión utilizada como instrumento eterno. La historia no resulta ambigua en este punto. Los poderes políticos, independientemente de su ideología, siempre han buscado sistemáticamente el respaldo de la autoridad religiosa cuando necesitaban algo que el Estado no podía fabricar a golpe de decreto: legitimidad moral. No hablo de un fenómeno marginal, sino de una constante que perdura en los sistemas por los siglos de los siglos.

El mismo Napoleón la entendió al dedillo: coronarse a sí mismo ante el Papa —aunque fuera él quien colocase la corona— valía más que cualquier ejército victorioso en términos de aceptación popular. Los monarcas europeos pelearon durante siglos por el derecho a ser ungidos, no porque creyeran en la magia del óleo, sino porque sabían que ese mismo gesto les daría una dimensión que ninguna conquista militar conseguiría igualar. El poder necesita al símbolo, siempre ha necesitado al símbolo.

En el caso de Sánchez, utilizar la contradicción como sistema siempre le ha resultado efectivo. Las veces que el Gobierno ha impulsado una legislación que la propia Conferencia Episcopal Española ha criticado de forma explícita y reiterada. Incluso aliándose para mantenerse en el poder con socios que históricamente han catalogado a la Iglesia como un agente conservador, reaccionario y cómplice del franquismo. Tampoco hay que olvidar la construcción que ha realizado este Gobierno de la historia por medio de la Ley de Memoria Democrática, creando una narrativa donde el catolicismo institucional tiende a aparecer, con frecuencia, en el lado equivocado, asociándolo con un concepto de “tiranos”.

Además, otro dato relevante que hay que recalcar es que bajo este mismo Gobierno ha sido cuando más actos de carácter laicista se han realizado en espacios, entre ellos, en actos oficiales. También que fueron sus socios quienes pusieron en el centro del debate público la presencia de los símbolos religiosos en instituciones del Estado y que el discurso de separación entre Iglesia y política ha sido, durante años, parte del repertorio ideológico de las fuerzas que sostienen al Ejecutivo de Sánchez.

Y ahora: la foto con el Papa. Con cámaras. Con comunicado. Con relato. La pregunta legítima que cualquier ciudadano podría hacerse en este momento no es de naturaleza teológica, tampoco si el propio presidente del Gobierno es creyente o no, o si su reunión con León XIV se ha dado genuinamente, sino que la pregunta es estrictamente política y es la siguiente: ¿qué busca un presidente que durante años ha situado a la Iglesia en las antípodas de su proyecto cuando decide que necesita la foto vaticana?

La respuesta más generosa no sería otra que la diplomática: las visitas al Vaticano tienden a ser protocolarias, todos los presidentes suelen hacerlas, por lo que no hay que buscarle tres pies al gato. Sin embargo, esta explicación ignora algo fundamental: el contexto político en el que se produce la visita y el uso comunicativo que el Gobierno ha hecho de ella.

Porque no es lo mismo una visita concreta de cortesía que una visita convertida en pieza de comunicación política. Y, en este caso, la visita de Sánchez en forma de noticia ha circulado con toda la intención de quienes saben que el Papa cuenta con un capital simbólico que consigue traspasar cualquier frontera ideológica, ya que es admirado por sectores progresistas por su posición sobre el medio ambiente, la inmigración, además de por su crítica al capitalismo desregulado. Conseguir una instantánea con él equivale, en términos de marketing político, a un aval que ningún partido jamás podría emitir.

No obstante, lo más revelador de este episodio no es la hipocresía en sí —la política está repleta de ellas— sino la fragilidad que ofrece el relato dominante. Cuando un Gobierno que se presenta como el baluarte del antifascismo y la modernidad laica necesita el aval del símbolo religioso más antiguo de Occidente, algo en su narrativa no funciona como debería, o así lo creo.

El poder, en el fondo, siempre ha sabido una verdad incómoda: los votos dan mandato, pero no dan autoridad moral. Esa segunda cosa hay que buscarla en otro lado. Los emperadores se dedicaron a buscarla entre los sacerdotes; los dictadores del siglo XX, en cambio, la buscaron en las masas y en los mitos fundacionales. Mientras que los políticos del siglo XXI la buscan en las pantallas, en las redes y, a veces —cuando todo lo demás falla— en un viaje a Roma.

Pedro Sánchez no ha inventado nada. Simplemente, ha hecho exactamente lo que hacen los políticos cuando sienten que su relato necesita un refuerzo que el sistema ordinario no puede proveer. La diferencia es que, en su caso, el contraste entre el discurso y el gesto es tan marcado que resulta difícil ignorarlo. Queridos lectores de Minuto Crucial, no es fe. Es utilería. No es convicción. Es escenografía. Y el escenario, en política, siempre dice más que el guion.

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