Nunca habíamos defendido tanto la privacidad… ni regalado tanta intimidad

Hay algo deliciosamente contradictorio en nuestro tiempo. Nos alarma la posibilidad de que alguien examine nuestros mensajes privados, pero llevamos años entregando voluntariamente una biografía extraordinariamente precisa a empresas cuyo modelo de negocio consiste, en buena medida, en conocernos mejor de lo que nos conocemos nosotros. Saben dónde estamos, qué compramos, a qué hora dormimos, qué nos indigna, qué nos enternece y cuánto tiempo necesita una fotografía para convencernos de que queríamos unas zapatillas que, cinco minutos antes, ni siquiera sabíamos que existían. Nunca habíamos hablado tanto de privacidad. Nunca habíamos regalado tanta intimidad.

En medio de esa contradicción aparece ChatControl, el nombre con el que se ha popularizado el debate europeo sobre las medidas destinadas a prevenir y combatir el abuso sexual infantil en internet. Conviene precisar los hechos, porque bastante difícil es pensar como para empezar haciéndolo sobre una caricatura. La excepción temporal que permitía a ciertos proveedores detectar voluntariamente material de abuso sexual infantil caducó el pasado 3 de abril, al fracasar el acuerdo para prorrogarla. El Consejo adoptó el 2 de julio una posición para restablecer provisionalmente esas medidas mientras continúa la negociación de un marco permanente, y ahora corresponde al Parlamento Europeo examinarla.

El objetivo merece todo el respaldo posible: proteger a los menores, detectar contenidos criminales, impedir su difusión y ayudar a las víctimas. Nadie sensato discute eso. La discusión empieza después, justamente donde suelen terminar los eslóganes: qué herramientas estamos dispuestos a autorizar, con qué límites, durante cuánto tiempo y quién vigilará a quien vigila. Porque hay una frase que debería despertar cierta inquietud democrática cada vez que aparece: “No te preocupes, solo se utilizará para…”. Solo para los delitos más graves. Solo en determinados supuestos. Solo durante un periodo excepcional. Solo con las debidas garantías. La palabra solo es pequeña, amable y tranquilizadora. También es una magnífica llave. Abre puertas que una prohibición frontal jamás conseguiría abrir.

No estoy diciendo que Europa haya decidido leer las conversaciones de todos sus ciudadanos. Sería falso y convertiría una cuestión compleja en uno de esos titulares que llegan gritando porque no tienen suficientes argumentos para hablar. El Parlamento ha defendido que cualquier medida sea proporcionada y dirigida, y la propia Comisión reconoce que el cifrado fuerte es esencial para la ciberseguridad, la protección de datos y la privacidad. Precisamente por eso la discusión importa: no estamos eligiendo entre proteger a los niños o proteger la privacidad, sino buscando cómo hacer ambas cosas sin destruir una para salvar la otra.

Lo preocupante es la facilidad con la que el debate se convierte en una prueba moral. Quien cuestiona la medida parece obligado a demostrar que le importan los menores. Quien la apoya pasa inmediatamente a formar parte de una supuesta brigada de vigilancia continental. Así nos ahorramos el esfuerzo de pensar: repartimos carnés de buenos y malos, nos instalamos cómodamente en una trinchera y dejamos que la complejidad moleste a otro.

Y la complejidad molesta bastante. Nos obliga a aceptar que una herramienta concebida para perseguir un crimen atroz puede ser necesaria y, al mismo tiempo, plantear riesgos. Que una buena intención no garantiza, por sí sola, un buen diseño. Que el problema no termina el día en que se aprueba una norma, porque las tecnologías permanecen, los gobiernos cambian y los precedentes desarrollan una vida propia bastante más larga que las promesas pronunciadas durante su nacimiento.

Las leyes recuerdan lo que los políticos olvidan. Recuerdan la excepción, la competencia concedida, la herramienta autorizada y el límite desplazado. Por eso, una democracia adulta no juzga una medida únicamente por las manos que hoy la administrarán. También se pregunta qué ocurriría si mañana esas manos fueran otras, menos prudentes, menos escrupulosas o simplemente más creativas a la hora de interpretar aquello de “solo para”.

Hay, además, una ironía que no deberíamos desperdiciar. Hemos permitido que el teléfono conozca nuestros trayectos, nuestros contactos, nuestras búsquedas, nuestras fotografías y buena parte de nuestras conversaciones. Aceptamos condiciones de uso más largas que algunas constituciones con la serenidad de quien firma un autógrafo. Pulsamos «aceptar todo» porque rechazarlas exige siete clics y nosotros tenemos una vida muy ocupada. Después descubrimos que existe ChatControl y nos acordamos, de repente, de que la intimidad era importante.

Pero nuestra incoherencia no elimina el problema. Al contrario: lo hace más urgente. Que hayamos regalado datos a las empresas no convierte en irrelevante el derecho a poner límites al poder público. Una renuncia comercial, por despreocupada que sea, no debe transformarse en consentimiento universal. Haber dejado una ventana abierta no autoriza a nadie a derribar la puerta.

Quizá esa sea la pregunta que estamos evitando. No si tenemos algo que ocultar, esa frase tan repetida por quienes confunden la privacidad con la culpabilidad. Todos tenemos algo que proteger: una conversación con un hijo, una preocupación médica, una crisis de pareja, un proyecto profesional, una confidencia que solo existe porque dos personas creían estar a solas. La intimidad no es el escondite de los culpables. Es el lugar donde los inocentes pueden ser plenamente humanos sin actuar para una audiencia.

Sin duda, ChatControl merece un debate exigente, no porque la protección de los menores sea discutible, sino precisamente porque es demasiado importante para convertirla en un comodín que silencie cualquier pregunta. Europa debe combatir estos delitos con todos los recursos legítimos, pero «todos» y «legítimos» no son sinónimos. La eficacia exige pruebas. La vigilancia exige límites. Las excepciones exigen una fecha de caducidad. Y toda tecnología capaz de observar a los ciudadanos exige una supervisión tan rigurosa como el problema que pretende resolver.

Quizá el mayor triunfo del poder moderno no consista en vigilarnos, sino en conseguir que olvidemos por qué era tan importante no sentirnos vigilados. Y tal vez el verdadero examen de ChatControl no resida únicamente en descubrir cuánto puede protegernos, sino en comprobar si todavía somos capaces de exigir que lo haga sin convertir nuestra vida privada en el precio silencioso de esa protección. Porque proteger a los niños es una obligación irrenunciable. Pero protegerlos bien también significa no legarles una sociedad en la que cualquier puerta pueda abrirse porque, una vez, alguien encontró una razón excelente para fabricar la llave.

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