
Feel, de Robbie Williams, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos, y que nos habla del deseo de vivir plenamente pero, a la vez, del miedo a enfrentarse a fracasar en el amor, tiene en su letra algunas frases fantásticas, como aquella que dice “me siento y hablo con Dios y él solo se ríe de mis planes, mi cabeza habla un idioma que yo a veces no entiendo”. Yo, que soy tan amante de las metáforas, quiero hoy ver en ello esa relación que tenemos, en las últimas décadas, la ciudadanía con la política y con los partidos políticos.
En este caso, la política y los partidos representarían a Dios en el modo en que son los que toman las decisiones y nosotros, el pueblo, esa ciudadanía que no termina ni de entenderse a sí misma, posiblemente dirigida a ello a través del adoctrinamiento y el enfrentamiento continuo como estrategia de distracción, mientras siguen y continúan, haciendo lo que les da la realísima gana, de cara a los intereses de las mayorías, por mucho que digan lo contrario o lo justifiquen, y permitiéndose, además, el lujo de no ya sólo no cumplir con los propios programas electorales que presentan en las campañas, sino de delinquir y robar de las arcas públicas, el depósito común de las aportaciones vía impuesto que tanto sacrificio nos cuenta pagar en cada decisión que tomamos, desde trabajar, hasta comprar, beber agua o ir en coche a ver a tu familia al hospital.
Claro, volviendo a la canción, hay tanto desencantado en este país con la clase política y con la política en general, que también veo la simetría con ese miedo a enfrentarse con el desengaño ante un nuevo amor, algo que, sin embargo, entendemos como absolutamente necesario para poder llegar a disfrutar de una vida plena y compartida.
En estos momentos, siento mucho decirlo, no hay ningún proyecto político en este país ni ningún dirigente político que me entusiasme, a quién crea, por quién entregaría mi corazón político. Si no fallan en sus argumentos y en su peligroso extremismo lo hacen en su vulneración de principios básicos fundamentales en los Derechos Humanos. En ocasión, incluso cuando dicen defenderlos haciendo de su lectura una interpretación viciada y tendenciosa con el objetivo de justificarse. Otras veces, y tras la alarmante evidencia de la corrupción en sus filas, saltan con la defensa y el silencio cómplice, lo que los convierte en partícipes de la estafa. Sí de la estafa. Nos están estafando y hacen de ello un teatro convertido e comedia hilarante en el que los personajes pasan a convertirse más en ajenos sobre los que hablar como en los programas del corazón, o en el objetivo de esos mismos extremistas, que no desaprovechan la ocasión para desvariar hasta, sin darse cuenta, supongo, llegar a la inútil situación de devaluar la realidad y gravedad de lo que pudiera estar pasando.
Miren, hay algunos políticos, yo los tengo calados, a los que son especialmente sensible. Se trata de aquellos que van de salvamundos, de los que se dan golpes en el pecho o gritan libertad mientras intentan silenciar a los demás a toda costa o maniobran para desacreditarlos y acabar política y socialmente con ellos. Sí, porque yo he conocido así, por ejemplo, a más de un animalista, esas personas que tan de moda están, que defienden a uñas y dientes a los animales, algo que, en principio, podría ser loable aunque a veces resulta cansino e innecesario por las circunstancias concretas en las que lo hacen, pero que luego son auténticos y auténticas hijos e hijas de sus malos y malas padres y madres con sus amigos, con sus vecinos y, muchas, muchas veces, hasta con sus propias familias.
Y es que, a la sazón del desazón y el miedo a confiar en los demás se une la hipocresía social e individual de políticos y de aquellos que tienen ese tic de golpe en el pecho pero que demuestran en el conjunto de su vida y de su realidad que no son más que seres miserables buscando, de algún modo, su momento de gloria y la admiración hacia comportamientos artificiales que no demuestran, en absoluto la calidad de sus corazones de hojalata.
Y mientras, la mayoría social, que es la mayoría de la ciudadanía de este país y no la mayoría que sigue a unos u a otros, la masa del pueblo, se siente despreciada, cada día más alejada de sus políticos, engañada, manipulada, maleada, ultrajada, abandonada, en una aparente ruleta de la suerte con la esperanza más de que no le toque pagar los platos rotos por otros o con la otra esperanza, la de recibir aquello que sabe que no se han ganado pero que les han convencido de que, aún así, lo merecen por el simple hecho de existir y sin ningún tipo mínimo de exigencia, bien de comportamiento, bien de aportación a la sociedad, de esfuerzos…
Y sí, Robbie, me llega al alma cuando leo e interpreto, en tu canción, esa parte que dice “solo quiero sentir amor verdadero, sentir el hogar en el que vivo porque tengo demasiada vida corriendo por mis venas que se desperdiciará. Y necesito sentir amor verdadero y una vida para siempre”. Mi pueblo, mi gente, ciudadanía… necesitamos un cambio, necesitamos esperanza, una esperanza que no se encuentra en ninguna alternativa política que hay en estos momentos en nuestro país, desgraciadamente.
Y Robbie… qué grande eres.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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