Concepto, contexto y consenso

Cuando observamos que, en primera instancia, algo en la cabeza nos chirría, no hay más remedio que dedicarle una pensada para poder discernir con cierta claridad, con algo de certeza, eso que nos impide digerir el gazapo. Relativizar es una buena herramienta mental para salir del desasosiego o de la inquietud rampante.

A veces no es fácil encontrar esa tranquilidad que nos ordena la mente, que nos desintoxica y pone en marcha la materia gris. Y es que, a veces, ante la magnitud de los archivos mentales por revisar, tiramos la toalla con la premisa de «aquí me las den todas» o «que sea lo que Dios quiera», en caso de ser creyentes. Hace tiempo que me hice un guion, algo en lo que pudiera apoyarme para aclararme mentalmente. Fue en ese momento cuando me dio por crear tres estadios: a saber, contexto, concepto y consenso. Estos tres vocablos de fonía parecida suelen darme las claves de donde radica mi cacofonía mental.

En el ámbito de lo familiar, concepto y consenso son diarios; el contexto es obvio, se resuelve rápido con la garantía de un profundo afecto. Todos debemos saber gestionar los desencuentros, esa habilidad que en algunos es innata y que también puede aprenderse, algo que estará presente en el día a día de nuestra vida. Sin embargo, en el contexto de lo político, no debiéramos confiar en que las personas a las que mantenemos con nuestro trabajo, a través de nuestros impuestos, nos lleven por los caminos correctos. Estamos en la tesitura de la impotencia porque se nos ha ido de las manos, a la mayoría absorbida en lo familiar, laboral y cercano.

Poco a poco, las fuerzas del mal, que no son algo abstracto, sino que tienen nombre y apellidos, han avanzado hasta el punto de parecernos que las desgracias sociales sobrevenidas son demasiadas para poder revertirlas. Estoy hablando del Gobierno Sanchista, que ha continuado en el contexto ‘Zapateril’. Ambos han pervertido los conceptos más democráticos y convertido el consenso en la mera compra de voluntades.

Ministros que no gobiernan más que para hacer oposición desde las propias instancias institucionales, la típica práctica propia de trileros. La verdadera oposición se hace en el Congreso y el Senado, donde el debate permite a los ciudadanos elegir lo que democráticamente consideran. Desplazarse con el aura, el poder institucional y los gastos inherentes a todo esto, para atacar e insultar al partido que ganó las Elecciones Generales con una mayoría simple, me parece indecente y propio de la debilidad y deterioro de un Gobierno que depende exclusivamente de siete votos independentistas.

¿Para qué voy a dar nombres de personas que están en boca de todos por sus prácticas deleznables? Lo único que nos sacará en España de la miseria moral y económica es un Gobierno de centro, que estará a veces en el centro-izquierda o en el centro-derecha, según el comportamiento y las tendencias de una sociedad que está evidentemente en el ostracismo. Máxima preocupación desde la responsabilidad que todos tenemos y cierta esperanza al comprobar que aún quedan resquicios en nuestras leyes para atacar, desde todos los frentes posibles -dicho sea en sentido metafórico- y revertir la inoperante situación.

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