Koldo of Duty

En el día de hoy, mi artículo de opinión llega cargado de intenciones plenamente humorísticas. Señores del PSOE y señor Koldo, confío en que no consideréis oportuno interponerme querellas criminales a mansalva por el mero hecho de intentar arrancar unas cuantas carcajadas a nuestros lectores a propósito de un suceso acontecido hace apenas unos días. Y a vosotros, queridos jueces —a quienes tanto admiro y defiendo—, os ruego encarecidamente que, si al Gobierno le falta un poco de sentido del humor, no seáis crueles conmigo aplicándome la prisión permanente revisable; sería un desenlace algo excesivo para un articulista tan versátil en registros como polifacético.

A tenor de las declaraciones concedidas a OkDiario, medio dirigido por Eduardo Inda, Koldo García ha asegurado que en los bajos de la sede central del PSOE aparecieron tres armas sin documentación: dos pistolas de 9 mm y una escopeta paralela. Siempre según su propio testimonio. Y conviene subrayarlo —en negrita metafórica, si se quiere, sin caer en lo racial ni pasarse de la raya, que esto es humor y no un seminario de antropología— para que no haya dudas sobre el origen de la versión. Al comunicar el hallazgo a Pedro Sánchez, este —de acuerdo con el relato de García— le habría indicado que dichas armas debían desaparecer cuanto antes. Difícil de creer, pero esa es la historia que presenta.

Y digo yo: ¿para qué podría querer alguien semejante arsenal en Ferraz? ¿Para liquidar a la oposición en horario de oficina? ¿Para mantener a raya a los disidentes internos con métodos poco ortodoxos? ¿O quizás para repartirlo entre supuestos colectivos vulnerables con la esperanza de que conviertan Madrid en un western urbano, teniendo en cuenta que el Partido Popular gobierna tanto el Ayuntamiento con Martínez-Almeida como la Comunidad con Isabel Díaz Ayuso? La vida, como decía el añorado comentarista deportivo Andrés Montes, puede ser maravillosa… pero también puede convertirse en un auténtico Resident Evil, como bien afirma quien firma estas líneas —sí, en tercera persona—, Jonathan Turrientes.

Sea como fuere, estoy convencido de que Koldo, antes de darle el chivatazo a Sánchez, tuvo que entretenerse un rato con aquellas armas al más puro estilo Call of Duty, ese videojuego que tantos chavales dominan mejor que las tablas de multiplicar. La escena casi se dibuja sola: él y Ábalos, entre purito y purito, recreando misiones imposibles mientras ojean esas páginas “erótico‑festivas” tan discretas en las que mujeres exuberantes enseñan pantorrilla, lucen escotes capaces de acelerar pulsaciones y presumen de labios tan generosos que podrían competir con el escaparate de cualquier carnicería halal.

Y, amigos, no me negaréis que Koldo García conserva ese aire de gamer empedernido: casi dos metros largos de estatura y una expresión que invita a imaginarlo dedicando horas infinitas a tramar venganzas imposibles contra quienes, según él, lo habrían traicionado por completo. Pero, como en la vida misma, cada cosa debe ocupar su sitio: las lechugas, en la frutería; las chistorras, en la carnicería; y los soles, en Benidorm. El desorden, por muy pintoresco que resulte, mejor dejarlo para los guiones de ficción o para este singular, aunque cosmopolita, artículo de opinión.

Para concluir, quiero animar al navarro a que, si algún día —y doy por hecho que así será— vuelve a pasear por las calles de Madrid, Pamplona o Bilbao, se plantee seriamente hacerse gamer, pero de los buenos. Al fin y al cabo, ese porte que trae de serie, acompañando a esa mirada, ya apunta maneras. Y, ya puestos, que adopte el alias Koldo of Duty, porque un nombre así posee un tirón intergeneracional asegurado: lo seguirían desde los más pequeños hasta millennials como un servidor, pasando por algún que otro representante de la Generación X y, por qué no, incluso boomers dispuestos a iniciarse, ya en plena tercera edad, en el noble arte del videojuego.

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