Pueden entrar, llevarse a un presidente y la bolsa ni se mueve

Han pasado unos días desde que capturaron a Nicolás Maduro y, lejos de diluirse, el hecho se ha vuelto más inquietante. No por lo ocurrido, sino por lo normal que nos parece. Porque una potencia extranjera puede entrar en un país soberano, llevarse a su presidente y marcharse sin hacer ruido, y nosotros seguimos con nuestra vida. Eso es lo verdaderamente perturbador. No se trata de Maduro. No se trata siquiera de Venezuela. Se trata de poderes que no rinden cuentas a nadie, que no sienten la obligación de explicarse y que operan en una lógica distinta. Poderes que deciden y ejecutan mientras el resto sigue con su vida, como si no fuera con él.

Esto no va de personas; va de jerarquías. De quién manda de verdad. Dentro del organigrama arquetípico de la humanidad, Donald Trump encarna el capitalismo sin complejos: el poder que no pide permiso ni disculpas. Nicolás Maduro representa un comunismo agotado, sostenido más por relato y épica que por resultados. El choque entre ambos no es una vendetta política: es un reajuste del tablero. Y no es casual que coincida con una pérdida de control del relato por parte de la izquierda mediática. Cuando un marco deja de servir, el sistema no lo discute: lo reemplaza.

Estados Unidos no ha actuado “mal”. Ha actuado como siempre: impunidad, derecho internacional selectivo y soberanía condicional. No es una anomalía; es el funcionamiento normal del poder cuando nadie puede cuestionarlo. Maduro, acusado de narcotráfico y terrorismo —narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y posesión de armas tras un bombardeo previo a su captura—, está hoy detenido en Nueva York, a miles de kilómetros de su país. Allí se declara inocente y acusa a Estados Unidos de “secuestrarlo”. Y la pregunta surge sola, casi con ironía: ¿no había otro sitio? ¿Era imprescindible que acabara exactamente en el corazón del sistema que lo juzga? Los lugares también son mensajes. Y algunos hablan muy alto.

Porque esto no es nuevo. Estados Unidos ya intervino en Iraq, Libia, Afganistán… y ninguno de esos países salió mejor: vacíos de poder, conflictos interminables, soberanías erosionadas y resentimientos que aún supuran. Ahora es Venezuela. ¿Qué viene después? Lo verdaderamente revelador es la reacción global: capturan a un presidente, lo trasladan a miles de kilómetros y los mercados apenas registran el gesto. No hay sobresalto, no hay alarma, no hay preguntas incómodas. El mundo sigue funcionando como si nada hubiera ocurrido. Y eso dice más que cualquier comunicado oficial.

Creer que la caída de un líder garantiza democracia, estabilidad o bienestar es una ingenuidad peligrosa. Lo más probable es una transición lenta, tutelada y condicionada. Apertura, sí. Liberalización, quizá. Pero bajo supervisión externa y en un entorno ferozmente competitivo. El sistema no se vuelve más humano; se vuelve más sofisticado. Afloja los controles visibles y perfecciona los invisibles.

Este patrón no se limita a Venezuela. Otros regímenes similares se verán obligados a adaptarse, relajarse o caer. No por ética, sino por conveniencia. El ciudadano gana algo de libertad, pero pierde protección. Entra en un mundo más exigente, más competitivo y menos indulgente. Y quizás lo más inquietante de todo no sea lo que ha pasado, sino lo rápido que lo hemos normalizado. Cuando una potencia puede entrar en un país, llevarse a quien quiera y marcharse sin consecuencias, ya no hablamos de reglas, sino de hechos consumados. La detención de Maduro no es la caída de un hombre; es la constatación de algo mucho más incómodo: el poder ya no necesita explicarse. Y nosotros hemos aprendido a convivir con eso sin pestañear.

¡Informado al minuto!

¡Síguenos en nuestro canal de Telegram para estar al tanto de todos nuestros contenidos!

https://t.me/MinutoCrucial

2 Comments

  1. Querida Susana,
    gracias por tomarte el tiempo de escribir y por compartir tu punto de vista.

    Precisamente porque hay países que han vivido décadas de miseria, represión y falta de oportunidades, creo que es importante no dejar de preguntarnos cómo se producen los cambios y quién los gestiona. Mi reflexión no pretende justificar ningún régimen, sino cuestionar las formas en que el poder actúa cuando decide intervenir, y las consecuencias que eso suele tener para la población a medio y largo plazo.

    La historia reciente nos ha enseñado que derrocar a un líder no siempre equivale a mejorar la vida de la gente. A veces solo cambia quién toma las decisiones, no para quién se toman. Señalar eso no es conformismo; es cautela. Y también respeto por quienes luego viven con las consecuencias.

    Gracias de nuevo por leer y por abrir el debate. Estas conversaciones, hechas desde el desacuerdo tranquilo, son las que merecen la pena.

    Un saludo,
    Raquel

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*