Cataluña, privilegios y financiación: cuando la igualdad es la excepción

Hay una forma muy sutil de romper la igualdad sin hacer ruido. No hace falta proclamar privilegios ni levantar banderas. Basta con llamar “singular” a lo que antes se llamaba común y negociar el dinero de todos como si fuera una cuestión privada entre adultos que ya se entienden.

Esta semana lo hemos visto con claridad cristalina. El Gobierno ha propuesto un nuevo sistema de financiación autonómica, pactado casi a puerta cerrada con el Govern catalán, que trae unos 21 000 millones de euros adicionales al reparto autonómico, una cifra gigantesca en cualquier contexto presupuestario.

Y aquí empieza lo interesante: según los datos más recientes, Cataluña sería la comunidad con el mayor crecimiento per cápita de financiación del sistema, con un aumento estimado de unos 507 € por habitante, más de 150 € por encima de la media, que se sitúa en 341 €. No suena a privilegio… hasta que cruzas esa cifra con otra.

Porque cada madrileño recibirá un 60 % menos que cada catalán bajo este nuevo esquema, según estimaciones basadas en las proyecciones oficiales. Sí: la misma España que repite como un mantra que “todos somos iguales ante la ley” ahora contempla un escenario en el que el dinero público no cae igual por habitante según la comunidad. Eso no es un ajuste fino: es un escalón en la jerarquía territorial.

Se nos dice que no hay privilegios, que todos ganan, que es una corrección histórica, que se trata de modernizar… palabras bonitas bien planchadas. Pero cuando uno lee la letra pequeña —o simplemente compara cifras— descubre que la igualdad no es el criterio rector, sino un accesorio opcional. Y entonces la palabra “equidad” empieza a sonar como un traje que solo se ajusta bien a quien tiene un sastre propio.

Lo más fascinante de esta narrativa no es la técnica contable ni las cifras en rojo y en negro, sino la suavidad con la que se presenta. Ya no se habla de trato de favor, sino de eficiencia. Ya no se habla de cesión unilateral, sino de diálogo. El poder, cuando se administra con estilo, no imparte: convence. Y cuando no puede convencer, normaliza. Hace que lo excepcional parezca razonable y que lo razonable parezca anticuado.

Cataluña recaudará más, decidirá más y —en términos relativos— aportará menos al fondo común. No porque el sistema lo haya decidido así para todos, sino porque se ha negociado así para uno. Y eso introduce una jerarquía nueva: comunidades de primera, comunidades de segunda y comunidades que deberían dar las gracias por existir incluso en el reparto.

No va de Cataluña. Eso sería lo cómodo. Va de un Estado que empieza a funcionar por acuerdos bilaterales en lugar de reglas compartidas. Va de convertir la presión política en moneda fiscal. Va de asumir que quien más tensión pone, más obtiene. El mensaje, como siempre, es pedagógico, aunque nadie lo anuncie con megáfono.

Se habla mucho de solidaridad, pero cada vez se practica menos. Y no por maldad, sino por pragmatismo. El sistema no busca justicia: busca estabilidad. Y si para mantenerla hay que desequilibrar un poco el tablero, se hace. Con educación. Con informes. Con ruedas de prensa tranquilizadoras. Lo realmente inquietante no es que Cataluña gane más. Es que el resto empiece a asumir que perder un poco es lo normal. Que protestar es exagerado, que cuestionar el reparto es antipático. La desigualdad, cuando se administra bien, deja de doler.

No estamos ante un escándalo —eso sería demasiado evidente—. Estamos ante algo más sofisticado: un cambio de reglas sin cambio de discurso. Un país donde el “café para todos” se sirve solo a algunos. Y quizás, lo más revelador no es el fondo del acuerdo, sino la normalización silenciosa que lo acompaña: ya no hace falta levantar la voz para imponer privilegios; basta con embellecerlos con palabras de ocasión.

No es el fin del Estado. Ni el principio de nada grandioso. Es algo mucho más español y mucho más contemporáneo: la constatación de que la igualdad es ahora una opción negociable… y no en todos los territorios la eligen ni la aplican igual. Y eso, sin levantar la voz, dice mucho más de lo que parece.

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1 Comment

  1. Gracias Raquel ,lo dices tan claro que me gustaría que lo leyese algún político ,de esos que cambian las palabras tan enriquecedoras que tenemos,con tan elegancia que nos quedamos nosotros sin decirles nada. Ese es nuestro problema ,y como dices lo estamos normalizando . gracias de nuevo, por dar voz y palabra en este fantástico espacio.

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