Delirios de un cofrade

La Semana Santa ya está aquí. El ambiente se nota, se siente, tanto en los alrededores como en la gente. Asimismo, en el sentimiento del creyente cristiano y devoto. Es tiempo de penitencia, de silencio, de fe, pero también de aliento, fuerza, solemnidad y resiliencia. Se notan las ganas desde las primeras reuniones que tienen lugar entre los cofrades y en cada ensayo de un paso. Incluso en el primer momento en el que te preparas para soportar la carga de un trono pesado, con el espíritu de un verdugo que debe desfilar llevando su lamento sobre sus hombros. Encima de todo, está él. Tu creencia más ferviente, aquello por lo que esperas todo un año para demostrarle todo tu amor, pero también tu dolor.

Debajo de cada paso se avista una banda uniformada vestida como de gala, cada uno portando un instrumento, interpretando melodías que harían poner a cada espectador presente la piel de gallina, los pelos de punta, que provocarían mil y un aplausos. Porque cada instrumento es similar a una orquesta sinfónica compuesta por los mejores intérpretes, tocando una marcha, en la que cada golpe de tambor guía a los verdugos de nuestro Señor a llevarlo a su destino, demostrando que no hace falta cantar una letra para despertar sentimientos fuertes por la Semana Santa.

En cada calle, una muchedumbre se reúne para ver salir de la iglesia y emprender la marcha a una imagen. Entre vivas y aplausos, la gente agolpada espera que, con solo ver el paso de su Santo, recupere la fe y la esperanza. Algunos solo miran; otros se dedican a rezar. Y los hay incluso a los que les resulta imposible contener las lágrimas. Necesitan el calor de Dios, porque solo así continúan creyendo en él, porque lo ven andando, como así Jesús caminaba sobre las aguas del Mar Muerto. Para cada uno de ellos, la representación más sencilla es un milagro hecho realidad. Unos y otros van a verle, a adorarle y a darnos ánimos a quienes lo portamos. Sin duda, es un momento mágico donde se hace el silencio, mirando cómo se acerca la imagen del Señor al gentío.

Mientras tanto, no deja de escucharse a los cofrades; un golpe de campana es la señal para dar por iniciada la procesión: “A esta es”, se oye. Y, posteriormente, se concentra toda la fuerza de unos cuantos que van levantando la imagen hacia el cielo. Es entonces cuando la gente se rompe las manos aplaudiendo. Ha ocurrido. Jesús se ha puesto en pie y comienza a caminar. La banda de música le da la bienvenida comenzando a tocar los tambores. Es el momento. Nos vamos con el Señor. Adonde nos guíe.

El dolor no importa. Importa él. Solo él. Con paso decidido, recuerdas todos los ensayos que, junto con tus compañeros, llevaste a cabo. Ya no es momento de ensayos, sino de aguantar y procesionar con una gran fuerza, talante, señorío y gallardía. A él no lo ves, pero lo sientes. Sientes cómo te guía, cómo te habla y cómo te quiere. Tu cabeza pierde el sentido. Crees que cada hora es mucho peor, porque el cuerpo empieza a dolerte, aunque tu corazón se hace más fuerte, ya que tu amor por Jesús es capaz de abarcar todo el dolor inimaginable.

Si Jesús de Nazaret consiguió aguantar, ¿por qué no aguantar tú mismo este paso? Si Jesús decidió perdonarnos todo, lo demás no importa. Se oye un golpe de campana, nos paramos. Recuperamos el aliento. Echas un vistazo a la gente. Ves sus rostros y en ellos contemplas lo impresionados que están por la figura que portas. “Qué bonito es”, oyes entre la muchedumbre. También cómo hay gente rezándole y acercándose a tocar brevemente su trono. Nuevamente se vuelve a escuchar una campana. Otra levantá… ¡Vamos, valientes!, se oye entre el gentío. “¡Al cielo con él!”. Pocas palabras bastan para darnos el apoyo suficiente para acompañar a nuestro Señor. Es el amor más puro y más sentido.

Puede que algunos no sean creyentes, incluso que no sientan esa fe. Tan respetable es como aquellos que sí creen. Hay que estar dentro para vivirlo. Porque no es algo puramente estético o religioso, sino que va más allá. Es algo espiritual, en el que, a pesar de demostrar el dolor y la penitencia de Jesús, es también un momento para redimirse, buscando consuelo. Porque no hace falta creer para ser cofrade; simplemente basta con ver cómo se ayudan unos a otros, en una hermandad unida, bajo el mismo propósito.

Al acabar de portar al Señor, terminas agotado, pero espiritualmente completo, bastante limpio en sentimientos. La Semana Santa nos recuerda la importancia de preservar lo nuestro, nuestras tradiciones y costumbres, pero también que todos podemos hallar el camino hacia el perdón, perdón hacia nosotros mismos.

Y, para un cofrade, no hay nada más hermoso que terminar el acontecimiento entre lágrimas y abrazados los unos a los otros. Ese momento mágico nos recuerda lo fuertes que somos de cuerpo y alma y lo importantes que podemos llegar a ser cuando nos empeñamos en ello. Ser cofrade no es solo llevar a Jesús; es un estilo de vida, una manera de redimirte y perdonar a través de tu propia penitencia.

Para concluir con el artículo, tan solo me queda decir lo siguiente: si no te gustan nuestras fiestas, respeta a los creyentes en estos días tan mágicos. Y, en caso de gustarte, únete a nosotros, porque todo el mundo merece ser perdonado.

¡Informado al minuto!

¡Síguenos en nuestro canal de Telegram para estar al tanto de todos nuestros contenidos!

https://t.me/MinutoCrucial

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*