“Hay razones del corazón que la razón no entiende”

La política es un instrumento de dirección social que tiene sus normas. Una de las principales, y en España hay muchos partidos políticos que no han aprendido esta máxima, es no imponer o implantar por encima de las posibilidades, las del territorio que se gobierna, o la del propio país. En ocasiones, incluso, este es el motivo principal de la caída de formaciones políticas surgidas como alternativas que se terminan desinflando al tocar el poder y demostrar las falacias que regían sus promesas, muchas imposibles de cumplir, debido a un análisis sesgado de la realidad, y otras que no interesa, una vez en el poder, llevarlas a efecto.

Cuando hablamos de política internacional esta norma es sumamente sensible y peligrosa, porque los efectos de una desmedida actitud en el foro internacional, sin tener en cuenta el poder de las partes en liza o la capacidad de influencia de los estados a los que se reta puede tener consecuencias desastrosas en el prestigio internacional o, incluso, en la economía del propio país. Y este es uno de los problemas a los que podría enfrentarse España, por la locura de un presidente metido en el papel de un superhéroe que pone la cara de todos los españoles para que paguen el pato de sus insolencias. Y no hablo o cuestiono si pudiera tener más o menos razón. A veces la razón en política tiene los límites de los efectos negativos que su imposición conlleva, trayendo más perjuicios que beneficios y, por tanto, en la práctica, una nula utilidad pública.

Ningún jefe de Estado, a excepción de las superpotencias, EEUU, Rusia y China, y escasos aliados muy cercanos a sus intereses, como Corea del Norte para los asiáticos o los Israel para los norteamericanos, tienen ciertos privilegios, posiblemente siempre con la complicidad de estas potencias, de señalar discrepancias o, incluso, plantear amenazas a la paz internacional, aunque en la mayoría de las ocasiones no se materialicen.

Una cosa es la razón y otra la realidad. Sánchez ha desafiado al bloque occidental con el que siempre ha estado alineado, junto al conjunto de la Unión Europea, y lo ha hecho en unos términos que seguro han conseguido el aplauso de rusos y chinos, con los que ha marcado una misteriosa, enigmática y peligrosa relación. Hablamos del gigante asiático, pero hablamos de un país bajo un régimen totalitario comunista, no democrático. Hablamos de Rusia, pero hablamos de un régimen autoritario, severo, y que ha demostrado pocos escrúpulos en sus posicionamientos con países de su entorno y que ha llegado a invadir un país, Ucrania, acción contra la que Sánchez no ha mostrado, ni de lejos, tanta discrepancia y tanto enfrentamiento, más allá de la compasión obligada por Europa y por sus intereses electorales internos, utilizando a su presidente como instrumento para rentabilizar este trágico suceso.

Sánchez juega al desafío porque necesita un protagonismo internacional que se le niega en su propio país, cercado por los casos de presunta corrupción que le rodea, de su propio partido pero también de su propia familia. Necesita ponerse en valor, presumir de algo y, a la vez, tejer los hilos de una más que previsible salida del Gobierno tras las elecciones del próximo año, si no se adelantan. Todo en Sánchez es estrategia, aunque sea errática para los intereses de su país siempre sale beneficiado de algún modo. De seguro él y su equipo están urdiendo algún plan para darle la vuelta a todo lo que riega de negatividad su visión pública, lo que más parece haberle importado en todos estos años, a pesar de que, ni con ello, ha conseguido ganar unas elecciones, y ya sabemos todos el precio que hemos pagado y estamos pagando para mantenerlo en Moncloa. Ojo, y no es que diga que todo lo ha hecho mal, eso sería absurdo y falso, lo que ha hecho bien lo ha hecho bastante bien aunque no sea mucho, también es cierto. El problema es que lo que ha hecho mal, y ha sido mucho, ha sido terrible y con consecuencias que también conocemos todos.

Pero fíjense que el partido político que más dice defender lo público, que más se enzarza con la oposición en este sentido y critica y condena a los gobiernos del PP en comunidades autónomas y ayuntamientos, el partido político que en el poder más ha subido los impuestos justificándolos siempre en la necesidad de mantener esos servicios públicos, es el que los ha llevado a la peor situación de nuestra historia democrática. Véanse en qué estado están las carreteras, mejor no recordar la situación de las vías ferroviarias, la seguridad o, simplemente, miren a alguna empresa pública y pregúntense qué estabilidad existe, cómo funcionan, qué escándalos de control o de enchufismo se destapan o, contundente, miren lo contento que está el poder judicial o los medios de comunicación no oficialistas. Sí, oficialistas, porque en este país existen medios de comunicación oficialistas como los hay en países de dudosa reputación democrática como Venezuela u otros regímenes autoritarios. La crítica desde los poderes políticos a los medios de comunicación son uno de los más claros síntomas de debilidad democrática.

Por cierto, una democracia española que, a pesar de lo que presume el Presidente, ha bajado sendos escalones en su valoración en los índices internacionales desde que está en el poder.

Lo cierto es que su postura de enfrentamiento directo y su posicionamiento destacado en el terreno internacional contra Trump o, en esta semana, Israel, tendrá, sin dudas, consecuencias en nuestra economía y, como consecuencia, en nuestro mercado laboral. Y hablo de más allá de lo que el conflicto puede producir en una debilitada Europa.

Hablando de economía, hay algo que me llama la atención y que, hasta el momento, no he escuchado a ningún partido político ni en ningún debate de expertos en televisión, y tiene relación con la migración. No me refiero ya, como comenté en otros artículos, al hecho de que los millones de personas que han llegado a nuestro país se estén beneficiando y forzando la maquinaria de nuestros servicios públicos pagados por los que hasta ahora hemos estado trabajando, algo que hay que tener en cuenta. Me refiero a la renta per cápita del país, un índice sumamente importante para medir económicamente a los Estados, y un elemento que, sin duda, es denotativo a nivel de consumo de las importantes diferencias de clase de cualquier país. La izquierda que gobierna y la que condiciona el Gobierno en estos momentos tienen entre sus puntos ideológicos destacados como justicia social el reparto de la riqueza, por lo que mucho me temo que a un medio plazo podríamos estar sufriendo, de seguir con su ruta, un incremento de la diferenciación de las clases sociales entre pudientes y pobres. Ya lo sufren los niños en España, con un índice escandaloso. Pero es más que probable que la clase media desaparezca para que surja una clase pobre y una privilegiada, mucho menor, que podría sufrir las consecuencias de una izquierda extrema que se retroalimenta de la pobreza para reivindicarse como solución tras generar el problema.

Lo verdaderamente incuestionable es que el futuro no se presenta nada halagüeño. Hoy es noticia que una empresa internacional con gran impacto en nuestro país va a presentar un ERE como consecuencia de la implantación de la IA. La IA está aquí y ha venido no sólo para quedarse, sino para restar puestos de trabajo, queramos o no. Más vale que el Gobierno se preocupara de medir correctamente los impactos de procesos como este que de medir las cifras de apoyo electoral. Y más vale que el Gobierno se preocupara por hacer una justicia social que sea digna para los que trabajan y pagan con su esfuerzo los servicios públicos y las ayudas a quiénes menos lo hacen o ni lo intentan.

Como decía Pacal, “Hay razones del corazón que la razón no entiende”. Pues imagínense tener solo razón y carecer de corazón, síntoma de una peligrosa psicopatía. Sí, a esos sería a los que habría que expulsar de la política. Empecemos por Sánchez y sigamos con Trump y Netanyaju, pero no nos olvidemos de los talibanes iraníes o de quiénes propulsan o riegan de sangre el mundo a través de las guerras, las internacionales, las internas, las políticas o las sociales. De quiénes extienden la miseria y el dolor, la furia contra sus hermanos o contra cualquier ser humano en su dignidad, sea de su corriente política, de su partido político, de su medio de comunicación oficialista, o no.

La sociedad, el mundo, debería decir de una vez BASTA, ya que tenemos a una ONU incapaz de servir a esa dignidad a la que representa.

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