El miedo

La gente podría pensar que las armas, en general, son el método más eficaz para conseguir que la gente obedezca. Y sí, probablemente estén en lo cierto. Pero hay una forma universal e infalible que afecta a casi todos los seres humanos, que es barata y para ejecutarla correctamente solo hace falta una ligera propaganda bien orquestada: hablo, evidentemente, del miedo; algo real, tangible y que destruye pensamientos racionales, convirtiéndolos en pura obediencia ciega.

Lo hemos visto recientemente con el COVID. No hizo falta presionar a los ciudadanos, pues ellos solos prefirieron quedarse en sus casas sin armar jaleo porque había un virus que mataba a cientos de personas en un solo día. Los medios de comunicación se dedicaron a alarmar con sus noticias sensacionalistas y nada más tuvieron que hacer para que millones de personas se vacunaran voluntariamente, sin saber lo que les inyectaban, pero con la convicción de que así no morirían. Afortunadamente, a los que no tuvimos miedo nos dejaron más o menos en paz.

Ahora están patrocinando un nuevo miedo ante la población: el cambio climático que, según el Gobierno, causa ansiedad en los jóvenes; otra patraña, porque mientras tú no debes contaminar con tu modesto coche, Pedro Sánchez va a la gala de su hija con un avión totalmente vacío que pagamos todos los españoles.

Los seres humanos no somos valientes; necesitamos estar dentro de la manada para sentirnos protegidos, aunque, paradójicamente, elijamos al más inútil, como pasa ahora en España, para dirigir el Gobierno. En cambio, los dueños del mundo, los de verdad, los que tienen el poder y el dinero, lo saben… y precisamente por eso les es tan fácil dirigir a las masas hacia el abismo. No les importan en absoluto las vidas humanas, porque para ellos todo es negocio; las personas somos daños colaterales.

Y, para rematar, ya solo falta que se dediquen a preparar una invasión alienígena; una invasión donde millones de naves creadas por IA invadirán el planeta Tierra, cosa que no sería descabellada que sucediera para atemorizarnos. Así que, abróchense los cinturones… que despegamos.

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