
Hay algo fascinante en cómo funciona el mundo. Se anuncia una tregua entre potencias. Nada se ha resuelto. Nada ha terminado. Y, aun así, en cuestión de horas, las bolsas suben, el petróleo cae y los mercados respiran. Como si alguien hubiera arreglado algo. Pero no. No se ha arreglado nada. El conflicto sigue ahí. Las tensiones siguen ahí. El riesgo sigue exactamente dónde estaba. Solo que ahora molesta menos. Y eso, curiosamente, parece suficiente.
Porque hemos llegado a un punto donde no hace falta resolver los problemas. Basta con que no incomoden demasiado. Basta con que no alteren el ritmo, con que no asusten más de la cuenta. Basta con que el gráfico no se rompa. Nos dicen que la tregua es una buena noticia. Y lo es, en teoría. Pero la reacción es tan inmediata, tan automática, tan perfectamente sincronizada, que uno empieza a sospechar que aquí hay algo más que alivio.
La paz, hoy, tiene cotización. Sube, baja, se ajusta. Dura lo justo, aparece cuando hace falta, desaparece cuando ya no es útil. Como si no fuera un objetivo, sino una herramienta. Porque claro, si cada vez que hay tensión el mercado cae y cada vez que hay calma el mercado sube, la pregunta no es si hay guerra. La pregunta es otra: ¿cuándo conviene que parezca que no la hay?
Y ahí es donde el guion se vuelve interesante. Una tregua breve. Lo justo para estabilizar. Lo justo para que todo vuelva a su sitio. Y después… ya veremos. Porque no estamos ante una película con final. Estamos ante una serie. Una de esas que nunca acaban, que se alargan temporada tras temporada, con giros, pausas, momentos de tensión y pequeñas resoluciones que no resuelven nada. La guerra como contenido. La tregua como pausa publicitaria. Y nosotros, por supuesto, enganchados. Mirando titulares, comentando, reaccionando. Pensando que entendemos lo que pasa, cuando en realidad solo vemos lo suficiente como para no hacer demasiadas preguntas.
Porque lo verdaderamente incómodo no es que haya conflicto. Lo incómodo es darse cuenta de que el conflicto funciona. Funciona para ajustar precios, para mover mercados, para mantener la atención. Y, sobre todo, funciona porque nunca termina del todo. Porque, si terminara, se acabaría el juego. Así que no. No se busca la paz. Se busca algo mucho más sofisticado: que todo siga igual… sin parecerlo. Que haya tensión, pero controlada. Que haya miedo, pero gestionable. Que haya calma… pero con fecha de caducidad. Un equilibrio extraño. Casi perfecto. Casi invisible. Donde nada se rompe… pero nada se resuelve.
Y entonces entiendes algo. No de golpe, no con un titular, no con un análisis de cinco minutos. Lo entiendes cuando conectas las piezas. Cuando dejas de mirar lo que dicen y empiezas a mirar cómo reacciona todo. Es ahí cuando aparece la duda. Esa que no se formula en voz alta. Esa que incomoda. Esa que no encaja del todo.
No vivimos en un mundo en guerra. Vivimos en un mundo que necesita la guerra para seguir funcionando. Silencio. Porque esa frase no tranquiliza. No encaja. No se comenta en voz alta. Pero explica demasiado. Y entonces todo sigue. La guerra, la tregua, las subidas, las bajadas, el ruido. Y tú, intentando entender. Mientras el sistema, con una elegancia casi insultante… simplemente sigue funcionando.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam






Be the first to comment