
Lo que ha pasado esta semana en el Parlamento Europeo no es una anécdota, ni un trámite gris que solo entusiasma a funcionarios. No. Esto ha sido un atraco a mano armada, un puñetazo democrático. Por un solo voto -sí, uno, ese número favorito de las casualidades sospechosas- han decidido que tú, consumidor español, no tienes derecho a saber de dónde viene la fruta y la verdura que compras. ¿España? ¿Marruecos? ¿Territorio ocupado?
Y lo más insultante es cómo lo presentan: “Se mantiene la normativa actual”. Qué elegante. Qué fino. Qué arte para disfrazar el robo. Porque “normativa actual” significa lo siguiente: la fruta de Marruecos entra sin etiqueta clara, envuelta en denominaciones administrativas diseñadas para que tú no entiendas nada. No pone Marruecos. No pone territorio ocupado. No pone nada que tus ojos humanos puedan interpretar. Pero tú tranquilo, que es todo por tu bien. Tú no necesitas saber nada. Ellos ya saben por ti. Tú dedícate a trabajar, pagar impuestos y sonreír. No te molestes en leer etiquetas, eso sería demasiado.
Mientras tanto, los agricultores españoles -esos que cumplen con todo: normativas, inspecciones, tasas, análisis, controles y más tasas- ven cómo sus productos compiten con mercancía que entra sin las mismas exigencias, sin los mismos costes y sin transparencia. Y luego vienen los discursos de Bruselas hablando de “competencia justa”. Sí, justa… como boxear con las manos atadas mientras tu rival lleva un bate.
Lo peor no es lo votado. Lo peor es lo que significa: tomates “del Mediterráneo” que no han pisado España, productos que pagas como españoles, pero no lo son. Mientras crees que apoyas al campo, te están colando género que ni Google Maps reconoce. Y lo peor es que algunos eurodiputados españoles votaron encantados este engaño. Del lado de “no pasa nada”. Del lado de “el consumidor no necesita saberlo”. Luego se extrañan de que la gente esté harta, de que el campo esté enfadado, de que incluso quien no ha tocado una azada diga: “¿Pero esto qué es?”
Esto no es torpeza. No es despiste. No es un error de botón. Esto es deliberado. Y sigue un patrón clarísimo: si hundes el sector primario, dependes del exterior para comer. Y si dependes del exterior para comer, dependes del exterior para todo. Un país que no controla ni su comida ya no controla su destino. Pero, claro, mientras tanto te venden mensajes preciosos: “Europa protege al consumidor”. Sí, lo protege tanto que ni siquiera puedes saber de dónde viene lo que te metes en la boca. Una protección que debería venir con casco, rodilleras y chaleco antibalas.
Tiene gracia: por primera vez en mucho tiempo, este tema cabrea a todo el mundo. Izquierda, derecha, centro, campo, ciudad, veganos, carnívoros, los del aguacate, los de la naranja, tu tía del Mercadona y tu vecino que cree que la tierra es plana. Todos, el mundo. Porque nadie quiere que le engañen en algo tan básico como la comida. Porque nadie quiere ver cómo los agricultores de aquí pierden su vida mientras entran productos sin control.
De verdad, hace falta una habilidad especial para indignar tanto y de forma tan transversal a todo un país. Pero enhorabuena: lo han conseguido. Han tocado la comida. Y eso, queridos míos, es línea roja nacional. Porque si mañana un país como España, referente mundial en soberanía alimentaria, calidad y seguridad, necesita importar comida sin saber ni de dónde viene, entonces ya no somos un país. Somos un supermercado gestionado desde fuera.
Y lo siguiente, ¿qué va a ser? Hoy te ocultan el origen de la fruta. Mañana, el de la carne. Pasado, el aceite. Después: “Cómete esto que te damos nosotros”. Y tú ni sabrás qué es ni de dónde viene. La libertad se pierde de etiqueta en etiqueta, de silencio en silencio, de voto en voto.
Por eso, hoy más que nunca, España tiene que defender su comida como si fuera su bandera. Porque lo es. Porque sin comida propia no hay soberanía. Sin soberanía no hay país. Y sin país… ni siquiera habrá quién vote la próxima vez que te la quieran colar. Y mientras unos juegan a las etiquetas y otros a la política a traición, tú sí puedes hacer algo: germina tus propios brotes, cultiva tus hierbas, monta un mini huerto en macetas en tu balcón o ventana.
No hace falta hectáreas: solo un poco de tierra, semillas y voluntad. Así, aunque te quieran vender fruta sin origen, tendrás algo que sí sabes de dónde viene, qué contiene y cómo ha crecido. Un acto de rebeldía cotidiano, sostenible y delicioso. Porque la soberanía empieza en tu casa, en tu plato, en tu semilla. Y si ellos quieren controlarte… planta, germina, crece y que tu comida sea solo tuya.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam




Estoy de acuerdo. Sin campo no hay libertad. Un beso