
Este domingo lucía tanto un sol como una temperatura completamente primaverales. Como tantos otros domingos, las calles de Madrid, las de siempre, se han vuelto a llenar de lo que denomino ‘domingueros de manifestación’; esa gente acudiendo a la llamada con sus banderas y pancartas, con ese espíritu festivo, vistiendo sus mejores sonrisas y haciéndose fotos en plan viaje de fin de curso. Oh, wait! ¿Pero no era una manifestación contra este Gobierno corrupto que está llevando a España a la ruina y extinguiendo todo atisbo democrático?
No digo que se quemen los contenedores, pero tampoco ir a este tipo de manifestaciones como si fuera una romería al Rocío. Señores, que nos hundimos, y parecen ustedes los músicos de la orquesta del Titanic. Dicen que eso de que tocaron hasta el hundimiento es una leyenda, pero en el caso de los ciudadanos españoles, se está convirtiendo en realidad. Solo falta que salgan a dar caceroladas contra el Gobierno. ¡Oh, wait! Otra vez. Eso también lo han hecho, incluso una gran manifestación liderada por los cabezas de los principales partidos de eso llamado oposición: Casado, Rivera y Abascal. Dos de estos ya no están. La política es cada vez más parecida a un relato de Agatha Christie: no sabes quién va a ser la siguiente víctima. Bueno, más bien parece un episodio de la serie ‘Colombo’; no son tan sofisticados como para parecer personajes de Christie.
Realmente, a estas alturas, ¿la gente sigue creyendo que las manifestaciones sirven para algo? Más allá de fastidiar a todo aquel ciudadano que quiera pasar un domingo por Madrid, no veo que representen ningún tipo de molestia para el Gobierno actual ni para ninguno de sus satélites. Sirven, eso sí, para realizar campañas políticas, hacerse fotos con el líder de turno, el cual siempre está dispuesto a acercarse al ciudadano en estos animados eventos y, por supuesto, publicar la valiente hazaña dominguera en las diferentes redes sociales, sintiendo el calor de la aprobación y el abrazo virtual de los afines ideológicos. «¿Y qué solución propones?» Esta es siempre la pregunta desafiante, porque claro, ¿cómo voy a ser yo más lista que los organizadores? Más lista no, pero menos cobarde, si tuviera otra posición, quizás. Me he percatado que el valor es proporcional a la cercanía del poder, hay sillones y despachos que, para algunos, bien vale un poquito de cobardía política y, para disimular, de vez en cuando se sacude el avispero de la conciencia social, si es un domingo con solecito, mejor.
Chupitos de insumisión ciudadana, aderezados con esas palabras más mascadas que un chicle del tipo: oposición, alternativa, unidad, libertad y pegadizos e infantiles lemas como : «Presidente delincuente»; o el grito más utilizado en los últimos años, «Pedro Sánchez a prisión» -este sirve para todo, basta cambiar apellido del deseado reo dependiendo del momento- se hace sentir al ciudadano útil y partícipe del rumbo del país. Chupitos más que colosales tragos, pues esas banderas de la comunidad europea, en los carteles de la convocatoria, son el dosificador de libertad, como los que se utilizan en algunos países para medir la cantidad de bebida servida.
La solución empieza por dejar de vulnerar la libertad de movimiento de todos los ciudadanos y comenzar a restar libertad a los protagonistas gubernamentales y sus paniaguados. Ser insidiosos, sin violencia, pero contundentes, como bien dice el refranero español: más vale maña que fuerza. ¿Recuerdan cuándo, en pandemia, había ciudadanos con complejo de policía de paisano? Vigilaban y señalaban a todo aquel díscolo que no cumpliera las incongruentes medidas impuestas; por consiguiente, hay que tomar esa actitud y, esta vez, utilizarla de forma útil. De esta manera, veríamos cuántos aguantan al ver, en todos los sentidos, su libertad mermada. Es momento de imponerles un toque de queda, como ellos hicieron con nosotros.
¿Recuerdan cuando, hace años, el futbolista francés Eric Cantona alentó a los ciudadanos a retirar su dinero de los bancos? Sí, sería un caos, el principio de un pacífico caos social. Se podría seguir colapsando ciertas administraciones públicas, como, por ejemplo, la oficina de carroñeros de Hacienda; no pueden meter a miles de ciudadanos en la cárcel, tan fácil como no pagar, tan fácil como no dejar que los funcionarios de diversas entidades públicas accedan a sus puestos.
Hoy en día, para acometer una revolución no es necesaria la violencia, basta con la unión de la ciudadanía, que somos las patas de la mesa donde se encuentra el tablero de juego, la determinación y algo de lo que hoy en día parece que carecen los españoles: eso con lo que se hacen las tortillas. Lo sé, lo sé, no soy ninguna experta en este tipo de maniobras, y suena a ‘V de Vendetta’ o a un tipo de majadería a lo Joker, pero tampoco eran expertos los que organizaron las normas, obligaciones y prohibiciones de la llamada pandemia y, oye, les funcionó.
Locura o no, lo cierto es que todas las manifestaciones habidas contra el abusivo gobierno actual no han surtido ningún efecto. Sin embargo, lo que sí surtió efecto, volviendo a la época pandémica, fue rebelarse ante las imposiciones. Piensen, si todos los pasajeros de un autobús se quitaran la mascarilla, ¿el conductor realmente se atrevería a echarlos a todos? Los españoles vamos en un autobús conducido por un majadero. Hay que parar el bus; es la única forma de poner otro conductor. Pero no se engañen, el conductor nuevo será de la misma empresa internacional, aunque habrá que ver cómo conduce.
La única solución no es la pataleta, sino la rebelión. Tomemos ejemplo del espíritu de esas películas, novelas o historias reales que, al parecer, encantan a todo el mundo: Braveheart, Los juegos del hambre, Espartaco, Matrix, Están vivos, El club de la lucha, Equilibrium, entre muchas otras. Como dicen en V de vendetta: “El pueblo no debería temer a sus gobernantes, son los gobernantes los que deberían temer al pueblo”.






Lo que necesitamos es un líder de la oposición con agallas