
Resulta que ahora, de repente, a Pedro Sánchez le ha entrado una sed de verdad histórica que no le cabe en el pecho. Tras años de tener los archivos del 23-F más blindados que la caja fuerte del Banco de España, el «Líder Supremo» ha decidido que es el momento de abrir el cajón. Qué casualidad, ¿verdad? Justo cuando los escándalos lo cercan como una jauría de lobos hambrientos, él saca el comodín de la desclasificación para que miremos al pasado y no a su presente judicial.
No nos engañemos: esta maniobra tiene la misma credibilidad que un billete de seis euros. Sacar a pasear los fantasmas de Tejero y compañía en pleno 2026 no es un ejercicio de transparencia, es un extintor de incendios político. Sánchez intenta sofocar el fuego de sus propias tramas lanzando un camión de papeles viejos sobre la opinión pública.
Es el «Manual de Resistencia» llevado al paroxismo: si la prensa pregunta por las comisiones de sus socios, por las maletas que aterrizan en la sombra o por el último «caso» que salpica su entorno, él responde con: «¡Mirad, un guardia civil con bigote de hace cuarenta años!». Es como intentar curar una gangrena poniéndose una tirita con la cara de Mickey Mouse.
A partir de aquí, el hedor a desesperación monclovita se vuelve insoportable. Sánchez no busca justicia, busca cadáveres políticos que desenterrar para no terminar él mismo en el banquillo. Es el comportamiento de un depredador acorralado que, en su agonía, está dispuesto a dinamitar los cimientos de la Transición con tal de arañar un titular que desvíe la atención de su corrupción sistémica.
Este Gobierno no desclasifica, ejecuta venganzas. Mientras nos venden el «derecho a saber» sobre lo que pasó hace casi medio siglo, mantienen bajo llave y siete candados los pufos de los fondos europeos, las reuniones clandestinas en hoteles de lujo y los contratos a dedo que han convertido la administración pública en un cortijo de amiguetes y comisionistas.
Hablar de honestidad con este Ejecutivo es una broma de mal gusto. Sánchez maneja la información con la ética de un trilero de feria: oculta las actas que le comprometen, amordaza a los portavoces y usa el secreto de Estado para tapar desde sus viajes de placer en el Falcon hasta las vergonzosas cesiones ante quienes quieren trocear España.
«La desclasificación de Sánchez no es un foco de luz, es un bisturí oxidado con el que pretende desangrar a las instituciones que aún no ha logrado arrodillar.» Es de un narcisismo patológico: pretende erigirse en el «liberador de la verdad» mientras su gestión es un pozo ciego de mentiras, deudas y traiciones. Solo soltarán los papeles que hayan sido previamente mutilados y seleccionados por sus comisarios políticos para señalar a la Corona o a la oposición, practicando una cirugía histórica tan falsa como su propio doctorado.
Estamos ante el «Show de Truman» en versión castiza y podrida. Mientras el ilusionista de la Moncloa agita la sábana del 23-F, su mano invisible nos sigue saqueando el bolsillo y demoliendo el Estado de Derecho. Es el último recurso de un superviviente amoral que sabe que el suelo que pisa no es solo agrietado, sino que está a punto de tragárselo.
Comparar la ética con Sánchez es como comparar a un pirómano con un bombero. Su Gobierno no es más que una estructura de demolición controlada que, ante el avance imparable de la justicia, prefiere quemar el país entero antes que admitir que la fiesta se ha terminado. La historia no lo recordará por abrir archivos, sino por ser el arquitecto de la mayor estafa política de la democracia española.






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