Culpables por razón de género

Hará unas semanas me encontraba teletrabajando y la tele estaba puesta. Anunciaron la noticia bomba de la semana; extrabajadoras denunciaban a Julio Iglesias por haber sido agredidas sexualmente. No exagero si escribo que la cobertura de la noticia duró casi tres horas, durante las cuales una mujer en representación de un medio de tirada nacional afirmaba que dichas acusaciones eran al amparo de unas investigaciones que se habían prolongado por varios años.

Se sumaba al sanedrín, por poner un ejemplo, Ramon Espinar, exsenador podemita, publicando en Twitter (ahora “X”): Julio Iglesias no es solo un cantante célebre. Es un modelo de masculinidad, de qué es ser hombre. Hemos crecido con referentes así. No es el único. Es tiempo de revisar y discutir nuestra masculinidad. Esto es woke? Pues somos woke, es mejor que ser un violador de mierda.

En un Estado de derecho —si aún lo somos— se es “violador” cuando se es condenado por sentencia firme por un delito de agresión sexual. Solo entonces se adquiere la condición de criminal o penalmente responsable. Si alguien no tiene esta cautela —y, en un alarde de imbecilidad, le añade “de mierda”— lo que puede estar haciendo es atribuir a alguien, con temerario desprecio hacia la verdad y sin haber sido testigo de nada, un hecho tipificado como delito, y eso se estipula en el Código Penal como un delito de calumnia castigado con penas de prisión de seis meses a dos años o multa de doce a 24 meses.

Apenas una semana después, Julio Iglesias, excepcionalmente asesorado, publicaba unas capturas de pantalla revelando los WhatsApps de las supuestamente agredidas en los días anteriores y posteriores al relatado crimen, las cuales se explayaban en mensajes de cariño y embelecos al cantante. La Fiscalía archivaba la denuncia contra Julio, y recientemente este ha anunciado acciones legales contra la mismísima Yolanda Díaz y contra el digital de Ignacio Escolar.

No transcurre ni un mes en este país sin que se declare públicamente culpable a alguien sin esperar al menos a que le imputen un delito en sede judicial —no digo ya ni que esperen a que le condenen—. Se imponen los juicios de brea y plumas y que el cacareo mediático tenga valor de cosa juzgada, junto a la consolidación del principio de que ya mentir sale barato. Ramón Espinar mentía, y no porque Julio sea inocente o culpable (lo cual sería asunto de la incumbencia de un poder judicial independiente), sino porque él no ha visto a Julio agredir a nadie, pero igualmente lo publica en X, sabedor de que sus tontadas, igual que las de Yolanda, serían visualizadas por miles de personas. Es el rebuzno, es el ladrido y el aplauso cómplice de todo mego capaz de sujetarle el cubata a un individuo que hace algo así. Así estamos.

José Ángel González, director adjunto operativo de la Policía Nacional, ha sido cesado por denuncias presentadas por una subordinada. ¿Yolanda Díaz se ha hecho eco en Bluesky de lo sucedido en esta ocasión? —pregunto, no afirmo—. En esta ocasión concurre un hecho relevante: informan los medios que la inspectora presuntamente agredida denunció los hechos ante el juzgado y no ante las autoridades policiales por miedo a represalias.

Aunque a su alrededor apeste, el DAO de la Policía Nacional no es ni más inocente ni más culpable que Julio Iglesias hasta que sea condenado en sede judicial. Proclamar algo distinto en las redes, por mucho que una afirme estar a favor de lo bueno y en contra de lo malo, es agarrar la presunción de inocencia y pasársela por el forro de los caprichos.

Y el siguiente capítulo, si la justicia actúa y el que calumnia o imprime libelos recibe su merecido jurídico, será acusar a esta de patriarcal, falangista y esclavista. Atribuir a un ser humano la condición de victimario en base únicamente a sus atributos identitarios, anatemizar al hombre sistemáticamente y atribuir veracidad, a pesar de las evidencias, al testimonio de cualquier mujer en cualquier foro es una suerte de supremacismo hembrista al que nos hemos acostumbrado con fatales consecuencias.

Interesante también el caso de Íñigo Errejón, cómplice en el andamiaje de toda esta cultura de que todo varón viola, y al que Elisa Mouliaà también acusa desde hace años y cuyo relato procesal parece tener de fidedigno lo que una chirigota. Todo esto recuerda las célebres palabras de Martin Niemöller. Primero fueron a por Rubiales y a por Salazar y a él no le importó, luego fueron a por Julio, a por el DAO y Monedero y tampoco le importó; ahora vienen por él y a pocos ya les importa. Bien se sabe que la revolución con frecuencia devora a sus hijos.

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