
Como cordobés con trabajo en Madrid, llevo meses circulando en tren por las vías de la alta velocidad cada semana. Suelo utilizar el AVE o el Alvia en cada trayecto. Y sí, desde hace meses, al paso por la zona en la que sucedió el accidente, se han sucedido, semana tras semana, unas vibraciones y vaivenes alarmantes y nada habituales para cualquier persona que utilice el ferrocarril. Tanto es así, que recuerdo un día muy concreto, en el que, al estar esta zona tan cerca de la parada de Córdoba, ya tenía mi maleta preparada y estaba listo para salir, precisamente, también, porque íbamos con bastante retraso y me estaban esperando desde hacía un buen rato en la estación para recogerme; de ahí mis prisas.
Por este motivo, todo hay que decirlo, es habitual que los maquinistas aceleren considerablemente su marcha para reducir esos retrasos, algo que se termina notando en que la reducción de los mismos es notable cuando uno llega a destino. Es decir, si se parte con media hora de retraso desde Madrid, no es de extrañar que se llegue con 20 minutos de retraso a Córdoba. Lo cierto es que el día mencionado no estaba solo en la plataforma de salida del tren, ya que otras personas, posiblemente, se encontraban con la misma prisa y deseando de llegar, de una dichosa vez, al destino de la estación cordobesa de Julio Anguita.
Justo al paso por esta parte del trayecto en el que se encuentra cerca Adamuz, y donde ocurrió el trágico suceso el pasado sábado, el vagón comenzó a balancearse con mucha fuerza, con una virulencia enorme, en cierta medida mayor que cuando se producen las mayores turbulencias en algunos vuelos. Recuerdo que esa circunstancia duraría cerca de un interminable minuto, o igual fue la sensación al comprobar que aquel vagón, con todos los viajeros a bordo, no terminaba definitivamente de vibrar con una fuerza enorme, ante la que tuvimos que buscar dónde sujetarnos. Las miradas de las cuatro personas que nos encontrábamos dispuestos a desembarcar en Córdoba no dejaron de cruzarse, con miedo. Yo pensé y vi en la mirada de los otros que aquello no podía acabar bien, que aquello no era normal y que duraba demasiado.
Pasados los interminables segundos, el coche de pasajeros se estabilizó y pudimos respirar y hasta sonreír mirándonos como quién acaba de salvar su vida sin saber muy bien de qué ni por qué.
El sábado, los pasajeros del Iryo no tuvieron la misma suerte y la desgracia de la mala coincidencia actuó como carambola cebándose con un Alvia que iba en dirección contraria. Si han estado atentos se habrán dado cuenta de que aquél día en el que mi tren sufrió las peores vibraciones de las ocasiones en las que las padecí en mis viajes, el tren en el que iba no estaba, en principio, en el carril del Iryo, sino en el del Alvia. Son muchas, muchísimas las incógnitas en torno a esta terrible desgracia que ha dejado sin vida a 45 personas en esos trenes, pero para mí es incuestionable, al igual que lo es para muchísimas personas que lo sufrieron estos meses, es que ninguna de las vías estaba en las condiciones adecuadas para ofrecer el servicio, suponiendo un peligro que fue avisado por maquinistas y por los propios clientes a la compañía pública ADIF.
Se me plantean varias posibilidades, y la primera de ellas, y más factible, es que, más allá de que las vías no estuviesen en condiciones óptimas, habría algún problema con el terreno, bien con las piedras o las zonas de agarre de las vías o bien en el propio suelo, que hubiese producido algún tipo de movimiento de tierra o hundimiento, que hubiese acelerado el deterioro de las vías, e incluso la separación de las partes conectadas de las mismas. Esto explicaría que los vaivenes se produjeran en ambos carriles y a la misma altura del trayecto. La segunda sería que se hubiese utilizado un pésimo material o que la empresa encargada de la construcción o mantenimiento no hubiese realizado bien su trabajo a la hora de unir los tramos de vía. La tercera complementa a las anteriores, y es que, ante los continuados retrasos sufridos por los trenes de alta velocidad, especialmente en el último año, la velocidad aumentada para reducir estos tiempos en una circulación ya de por sí saturada por las diversas empresas, habría participado del aumento del deterioro de estas vías acelerando este proceso.
Claro que, si nos ponemos a pensar, en la casuística primera la empresa tampoco habría hecho bien su trabajo, en primer lugar, por no prever que esas tierras pudieran tener esos movimientos, y en segundo lugar porque el mantenimiento tampoco habría apreciado este particular y su efecto negativo en las vías.
Luego están las informaciones que nos indican que si la empresa de las piedras del recorrido de este tramo era en la que trabajaba la mujer de Koldo García, en su momento asesor de Renfe bendecido por Ábalos y hoy separados en celdas, incluso el hecho de que estas piedras no cumplirían con las exigencias necesarias para haber sido dispuestas en las vías, o que el Ministerio llevaba con el puesto vacante de jefe de seguridad de Andalucía al menos cinco meses.
Todo señala al Ministerio, y a labores y responsabilidades que se derivan de la época del anterior ministro y del actual, Óscar Puente, experto en lanzar balones fuera y esquivar al adversario con remates a su puerta para desviar la atención, magnífico estratega del contraataque en el que el PSOE confía ciegamente, por muy difícil que se le esté poniendo la cosa.
Y, por otro lado, está el caso del Presidente del Gobierno, que siempre desaparece en las crisis que afectan a los suyos mientras que es el primero en salir cuando las mismas o similares crisis, les afectan a los de enfrente. Sin duda, en nada le está beneficiando lo que está ocurriendo y su estampida, sin declaraciones públicas ante una tragedia de dimensiones nacionales por el impacto que ha tenido en la ciudadanía. Visitar el lugar de los hechos el tiempo justo para hacerse las fotos no borrará de la mente colectiva su falta de presencia pública. Esta estrategia ya no le funciona, y le quedan pocas balas.
Eso sí, comparecerá en el Senado y el Congreso, en el primero a petición de los populares. Por supuesto, seguramente estará preparando la estrategia y no descartemos la teoría de la conspiración y de lanzar la sospecha de que pudiera estar preparado. Vete a saber, porque los límites de este hombre son insospechados. Como insospechada es la posibilidad de que un excesivo deterioro, o la caída en desgracia de Óscar Puente pueda suponer otra cabeza cortada de un fiel con el fin de conservar la cabeza principal y sobre la que penden, cada día que pasa más si cabe, todas las sospechas en torno a la debacle social y electoral del PSOE, el Presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez, el único Presidente de nuestra historia democrática que no ha ganado, ni en una sola ocasión, unas elecciones.
Y frente a esto, a todo esto, la Humanidad de un pueblo, Adamuz. Porque el concepto Humanidad no se cierne únicamente a la capacidad de responder ante el dolor o el sufrimiento ajeno, sino de empatizar hasta el punto de hacerlo propio y convertirlo en propia causa para mitigar, en la medida de las propias posibilidades, las consecuencias de lo, en ese momento, irreparable. Y, por desgracia, estamos demasiado acostumbrados en este país a observar cómo gran parte de la clase política tiene respuestas muy limitadas ante el dolor, las catástrofes o los verdaderos problemas de la ciudadanía, en demasiadas ocasiones ausentes o contrarias a sus intereses. Sin embargo, pueblos como el de Adamuz, terminan por quitarse, con toda la humildad, de lo propio para salvar así al ajeno, o mitigar su sufrimiento y dolor. Yo conozco a los de este pueblo desde la niñez y puedo dar fe de su enorme bondad. Gracias, adamuceños en nombre de toda la ciudadanía que ha sentido sus manos y sus corazones en los vuestros.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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