No a la guerra: el rebaño a coro

Lo de este Gobierno no es convicción, es un ejercicio de equilibrismo circense entre el postureo progre y el vasallaje más rancio. Nos venden el discurso de la diplomacia y el diálogo mientras les ponen la alfombra roja a los tíos de Sam en Rota y Morón, convirtiendo nuestras bases en el área de servicio favorita de la maquinaria de guerra estadounidense. Dicen «No a la guerra» por la mañana para que la parroquia no se enfade, pero por la tarde actúan como el botones de hotel de la OTAN, aparcando portaaviones y dejando que el jardín de casa sea el aparcamiento logístico de medio mundo.

Es la hipocresía elevada a la categoría de religión oficial: se manifiestan contra el conflicto mientras cobran el alquiler por el garaje donde se guardan los tanques. Son como ese vecino que se queja del ruido de las fiestas, pero luego te vende el hielo, los vasos y te alquila el altavoz. Verlos puestos de acuerdo, repitiendo el eslogan al unísono como si fueran un coro de monaguillos resabiados, da una mezcla de risa y náuseas.

Mandan barcos, autorizan despliegues y rinden pleitesía a los señores de la guerra en Washington, pero luego se ponen intensos frente al micro hablando de la «paz mundial» como si fueran candidatas a Miss Universo en un mal día. Es un insulto a la inteligencia pretender que nos traguemos ese pacifismo de salón mientras España sigue siendo la gasolinera de confianza de cualquier conflicto que le interese a sus jefes del otro lado del charco. Tienen la coherencia de un pirómano presidiendo el cuerpo de bomberos y la vergüenza tan perdida que ya ni se molestan en disimular que su «No a la guerra» es, simplemente, el envoltorio barato de una política exterior que se decide en despachos donde ellos solo entran para servir el café.

Hay que tener un cuajo de dimensiones astronómicas y la cara de cemento armado para salir en procesión, con esa sonrisita de superioridad moral y el pin de la Agenda 2030 brillando en la solapa, a soltar un «No a la guerra» que suena más falso que un billete de seis euros. Es un espectáculo dantesco ver a todo este gabinete de figurantes entonar el mantra de la paz con la misma convicción con la que un lobo te da los buenos días en el corral.

Se creen que somos idiotas, que con cuatro frases hechas y una mirada de intensa preocupación en el telediario, vamos a olvidar que, mientras ellos se llenan la boca de pacifismo de guardería, las fragatas españolas están saliendo del puerto con el depósito lleno y los cañones relucientes. Es el timo de la estampita versión geopolítica: te venden la paloma blanca de la paz, pero si te fijas bien, la paloma lleva camuflaje militar y un contrato de mantenimiento con el Pentágono.

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