
“Pero, por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Esta misma sentencia puede leerse en el Apocalipsis, escrito que refleja a la perfección la actitud de tantos con respecto a todo lo relacionado con la viday obra del hombre más importante de la historia de la humanidad, Jesús de Nazaret.
Con una mezcla de rabia, decepción y tristeza, veo en todos los supermercados expuestos los artículos típicos de Navidad: turrones, polvorones y demás; en el Supermercado Día, cerca de mi casa, tienen la desfachatez de presentarlos en cajones donde aparece escrito: “Felices Fiestas”, ya desde finales del mes de septiembre, mezclados todos ellos con los artículos del adoptado Halloween.
Sería simplemente triste si la Navidad no tuviera un significado tan profundo.Ver estas aberraciones consumistas convierte esta acción en algo deleznable. El nacimiento de Jesús marca un antes y un después en la historia de la humanidad; no solo es una festividad rebosante de importancia para los cristianos, sino que todos, creyentes y no creyentes, marcamos esta fecha para separar dos eras: antes y después de Jesucristo. Así que, por motivos como este, es mucho más importante que cualquier Halloween, Carnaval o fiestas varias.
Pero claro, se trata de una festividad cristiana y, como tal, debe desaparecer porque la Cristiandad, la de verdad, no la que ahora perfila este Papa y su séquito, es raíz de valores, familia, principios, ética, unión, caridad y compasión; elementos que no pueden tener cabida en la sociedad egoísta, sectaria y, al tiempo, individualista, donde el ego y el narcisismo son ensalzados, donde la familia tradicional es motivo de escarnio y donde los pecados capitales son un credo a seguir.
Por otro lado, ¿qué significa creer en Dios? Significa que esta vida es un trayecto, no el destino final; significa que hay un más allá mucho más enriquecedor y eso no conviene. Si estás convencido de que lo único que hay es esta carnal y terrenal existencia, será más fácil manipularte para que consumas, para que te amoldes a los falsos dictados de convivencia y forma de vida; será más fácil que intentes llenar ese vacío con cualquier elemento que los poderes fácticos quieran hacerte tragar.
Hay que matar a Dios y todo lo que significa. No hay muerte más definitiva que el olvido, así, infectando con el virus del consumismo la mente y el modus vivendi de la sociedad. La gente olvida que hubo un hombre que era más que carne y huesos, un hombre que fue enviado por una divina entidad, omnipresente y omnipotente; un hombre que, como afirman las Sagradas Escrituras, murió por nosotros. Ese hombre, cuyo nacimiento y todo lo que significa, conmemora la Navidad.
Olvidando el origen de las tradiciones, se va matando a Dios, siendo los propios ciudadanos los sicarios; hasta los propios cristianos forman parte, precisamente, por su tibieza… ¿Qué hay de malo en comer turrón en octubre? El mal reside en la pérdida de identidad, en cubrir con el crespón del “no pasa nada” el significado del momento. La tibieza de ese “no pasa nada” está cavando la tumba de nuestra civilización cristiana, del mismo modo que ha cavado la tumba de nuestros Reyes Magos de Oriente, fagocitados por el americanizado Papá Noel.
Naturalmente, este es un alegato de un cristiano; sí, lo soy, ya podéis crucificarme. Pero también toca a los no creyentes, a esos que se ríen, se mofan, pero que son tan hipócritas que no renunciarán a estos días de fiestas cristianas. Ilusos, también os las quitarán. Cuando se mate a Dios, no tendrá sentido ningún día libre cristiano; a todos, de igual manera, nos quitarán la ilusión de una festividad de luz, de encuentros con familiares y amigos.
Nos quieren autómatas… ¿qué ilusión puedes tener si desde septiembre puedes consumir todo aquello típico de ese diciembre señalado? Sí, ya desde septiembre tu boca puede saber a Navidad, pero, ojo, no así en enero: tras el fin de año, después de las uvas, ya retiran todo, no reponen porque es el camino que lleva, como he dicho, a la tumba de los tres Reyes y a finiquitar “las fiestas” mucho antes. Seguid así, siendo tibios; seguid así, sin defender las tradiciones que nos caracterizan. Seguid así, necios, mientras defendéis otras formas de vida y civilizaciones, matáis las vuestras.
No me tachéis de fundamentalista; yo celebro Halloween, he pasado gran parte de mi juventud en países anglosajones, forma parte de mi legado de vida. También me fascina todo aquello fantasmagórico, pero eso no me incapacita para defender, más allá de mis creencias religiosas, lo que forma parte de mi legado cultural. No sé si Dios nos vomitará de su boca, pero, sin duda, veo cómo inexorablemente un ente llamado globalismo nos está devorando.






No te preocupes. Pronto celebraremos el ramadàn.