
En el tan complejo tablero político español, Galicia se erige como una tremenda anomalía estadística y sociológica que desespera a la izquierda, a la vez que fascina a los analistas políticos. Mientras, en el resto de España la fragmentación y los bloques estancos parecen ser la norma, en el noroeste peninsular el Partido Popular ha logrado algo que parece propio de otros tiempos: una hegemonía ininterrumpida que no solo resiste, sino que se fortalece en cada ciclo electoral. Desde la era de Manuel Fraga, pasando por la consolidación de Alberto Núñez Feijóo, hasta la actual confirmación de Alfonso Rueda, el PP no solo gobierna Galicia; el PP es Galicia para una mayoría social que asocia sus siglas con la estabilidad, la identidad bien entendida y la gestión sin estridencias.
El mito del «voto cautivo» frente a la realidad de la «gestión previsible» es uno de los errores diagnósticos más recurrentes de la oposición —especialmente del PSdeG y, en menor medida, del BNG—: achacar los éxitos populares al clientelismo o a un electorado envejecido y dócil. Nada más lejos de la realidad. El Partido Popular de Galicia ha sabido construir un modelo de centralidad transversal que penetra tanto en las aldeas de la montaña lucense como en las clases medias de las ciudades.
La clave del éxito, que Feijóo perfeccionó y Rueda ha sabido heredar con inteligencia, reside en la «política de las cosas». Frente a los marcos ideológicos abstractos y, a menudo, importados de Madrid que intenta imponer la izquierda, el Partido Popular gallego ofrece una gestión previsible. En Galicia, el electorado premia la ausencia de sobresaltos. Mientras, el Gobierno central se ve envuelto en una aritmética parlamentaria imposible y en cesiones constantes a minorías, la Xunta de Galicia proyecta una imagen de isla de estabilidad. El gallego, pragmático por naturaleza, prefiere el «sentidiño» de una administración que funciona a la aventura de una amalgama de partidos de izquierda que solo parecen ponerse de acuerdo en su rechazo al PP, pero no en un modelo de país compartido.
De Feijóo a Rueda ha sido, sin lugar a dudas, una transición sin costuras. Muchos vaticinaban que la marcha de Alberto Núñez Feijóo a Madrid abriría una grieta en el sistema defensivo popular. Se hablaba de un «voto de autor» que desaparecería con su líder. Sin embargo, los resultados de las últimas elecciones autonómicas de febrero de 2024 fueron una cura de humildad para quienes esperaban el colapso. Alfonso Rueda no solo mantuvo la mayoría absoluta, sino que desactivó cualquier narrativa de fin de ciclo.
La estrategia de Rueda ha sido magistral en su sencillez: continuidad renovada, sabiendo personificar al «gallego de a pie», un perfil menos hierático que el de su predecesor, pero igualmente firme en la defensa de los intereses autonómicos frente a los agravios del Estado. Rueda ha entendido que para ganar en Galicia no hace falta ser un mesías, sino un gestor solvente que no cree problemas donde no los hay. El Partido Popular ha logrado absorber el sentimiento galleguista sin caer en el soberanismo, una fórmula que deja al BNG encerrado en su techo electoral de nacionalismo ideológico y al PSOE gallego en una irrelevancia creciente, convertido en una sucursal de Ferraz sin voz propia en el territorio.
La orfandad de la oposición es clave en todo. ¿Por qué la oposición no tiene éxito? La respuesta corta es su incapacidad para entender la psique gallega. Mientras el BNG ha logrado aglutinar el voto de protesta joven y urbano, sigue generando recelo en las mayorías silenciosas que temen las derivas rupturistas. Por su parte, el PSdeG vive en una crisis de identidad permanente, incapaz de ofrecer un líder que no parezca un delegado del Gobierno de Pedro Sánchez.
La oposición en Galicia comete el pecado de hacer política contra el PP en lugar de hacer política para los gallegos. Su discurso se centra, a menudo, en denunciar un «apocalipsis» de los servicios públicos que el ciudadano medio, a pesar de las lógicas demandas de mejora, no percibe como tal al compararse con otras comunidades autónomas sumidas en el caos administrativo. En cambio, el PP, como el «Partido de Galicia», ha logrado lo que todo estratega político sueña: confundir sus límites con los de la propia comunidad. Han sabido gestionar el idioma, las tradiciones y la estructura territorial con una naturalidad que desarma los ataques de la izquierda. No es solo que el PP gane; es que la alternativa no ofrece una seguridad mayor que la que ya existe.
En definitiva, desde Feijóo hasta Rueda, el éxito radica en haber convertido a la Xunta en un baluarte de estabilidad institucional. En un mundo de política líquida y polarización extrema, Galicia sigue apostando por lo sólido. El Partido Popular gallego no «arrasa» por casualidad o por inercia; lo hace porque ha comprendido que, en esta tierra, el éxito político no se mide por el ruido de los titulares, sino por la tranquilidad de los hogares. Mientras la oposición no entienda que Galicia no quiere ser «rescatada», sino bien gobernada, las mayorías absolutas seguirán teniendo el color azul de los populares.






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